Acabo de ser parte de uno de los paneles en fiiS Antofagasta. Cuando me invitaron a conversar sobre identidad en los muros, sentí una mezcla de orgullo y nervios. Dudé sobre cómo lograría que la audiencia entendiera que una pintura mural es mucho más que eso y que hacerla nace de una necesidad por comunicar, dejar un testimonio sobre algo que inquieta el espíritu del que pinta.
Estaría sentado junto a Jorge Wittwer y Camilo “Zopa” Barra, moderados por Lorena Cisternas, cada uno especialista en lo suyo, con gran trayectoria y muchos argumentos.
Cuando nos reunimos acordamos que seguiríamos el espíritu de este Festival y que más que conclusiones técnicas, lo nuestro sería hacer reflexionar, inspirar a potenciales creadores que desde el público podrían contagiarse de nuestra locura y decidir hacer sus sueños realidad.
Así fue haciéndose la magia. Cada uno contó su historia, entregó sus puntos de vista y su forma de ver las cosas. Los asistentes recibían nuestro mensaje y muchas caras atentas le daban sentido a nuestra conversación.
Imaginar Antofagasta llena de colores fue la excusa para hablar de proyectos, financiamientos y objetivos. Así se genera una sinergia que mueve nuestro mundo.
Entendimos que este lenguaje muralístico nos une con otros países, otras culturas y otras épocas, porque desde que el hombre es hombre ha sentido esa imperiosa necesidad de dejar una señal de su paso por el mundo. Un mural, con la técnica que sea, siempre es el reflejo de una temática que interesa a una comunidad.
Las oportunidades de hablar de cultura e identidad jamás serán suficiente pues es solo en estos espacios donde surgen cada vez más y mejores iniciativas.