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EDICIÓN | Noviembre 2016

APASIONADOS POR LA AVENTURA

Felipe Howard, socio y fundador de Latitud 90
APASIONADOS POR LA AVENTURA

Parece un sueño vivir de lo que apasiona, pero en Latitud 90 pudieron hacerlo. Y para eso Felipe Howard y Alberto Gana han pasado de todo: desde proyectos que fracasan hasta grandes ideas, socios que entran y salen y la dolorosa y sorpresiva muerte de uno de los suyos. Pero todo ha sumado en el aprendizaje para transformarse en una empresa que no ofrece viajes, sino que experiencia. De esas que se atesoran por siempre.

Por Mónica Stipicic H. / Fotos Andrea Barceló.

Felipe es periodista y Tito arquitecto. Pero eso nunca fue un impedimento para transformase en empresarios. Aunque la idea original de estos dos amigos y compañeros de colegio no partió por ahí.

 

La idea era dedicarse a lo que les gustaba. Y eso era la vida outdoor, el contacto con la naturaleza y los viajes. Por lo mismo, mientras eran estudiantes ya trabajaban haciendo actividades al aire libre, como guías de pequeños grupos de exploradores. Los dos son exalumnos del Notre Dame, un colegio al que definen como “muy particular”, que en esa época enseñaba mucha autogestión; “si queríamos irnos de campamento a Chiloé, nosotros teníamos que juntar la plata, organizábamos fiestas, vendíamos entradas y miles de cosas de ese tipo. Éramos scout y hacíamos mucha exploración, viajábamos, subíamos cerros. Y eso es Latitud 90”, explica Felipe.

 

La primera sociedad de la empresa también estaba firmada por un tercer compañero, el geógrafo Pablo Osses (hoy conocido por sus apariciones en TV hablando sobre terremotos). Al principio, los servicios que ofrecían fueron expediciones en bicicleta, en kayak o ascensión de cerros. Cada uno de los socios puso trescientos mil pesos y pasaron un par de años trabajando de manera más bien informal hasta 1999, año que ellos establecen como el del inicio oficial del negocio.

 

“No teníamos un plan de negocios. Hacíamos de todo para pagar las cuentas de la oficina. Hicimos consultorías, armamos unas guías de trekking y de a poco empezaba a aparecer gente que decía: ‘¿por qué no se llevan a estos niños de viaje?’ o ‘por qué no nos organizan las vacaciones?’. Y el Tito partía con quince cabros a las Torres del Paine… pero era por goteo”, recuerda Howard.

 

¿Cómo se organizaron considerando que ninguno sabía nada de negocios?

Lo más difícil fue partir. Los primeros cuatros años no teníamos recursos… y claro, hoy día tú ves que esta es una empresa consolidada, donde trabajan ochenta y cinco personas, con un hotel y cincuenta gallos más en Torres del Paine, pero en esos días la cosa era muy distinta. Nos sacábamos la mugre trabajando, tuvimos que aprender de IVA, de leyes y de una burocracia enfermante… cuando pudimos contratar a una contadora fue maravilloso.

 

¿Qué minuto recuerdas como el del despegue?

Hay dos cosas. Uno es el punto de inflexión en que dices ‘esta cuestión puede resultar’ y otro, muy distinto y posterior, es ‘puedo vivir de esto’. Yo diría que el 2000, cuando hicimos unas excursiones muy exitosas al desierto florido, nos dimos cuenta de que se podía, aunque en ese minuto alcanzara para pagarle el sueldo a la persona que teníamos contratada y las cuentas de teléfono, luz y agua.

 

La empresa ha pasado por cinco estructuras societarias distintas. Después de todas, los únicos que se han mantenido desde el comienzo son Felipe y Alberto. Hoy cada uno de ellos es dueño del treinta por ciento de la empresa, otro treinta por ciento corresponde a la familia Matetic y el restante está dividido en partes iguales entre Carolina Emhart (que se incorporó a la empresa en 2010) y Pablo Guarda, miembro del directorio.

 

El 2008 fue, quizás, el año más duro para esta empresa. Ese verano, mientras practicaba buceo en el lago Panguipulli y a los treinta y seis años, murió Nicolás Boetsch, emprendedor, fundador de importantes empresas como Bazuca y, en ese momento, socio y gerente de Latitud 90. Se nota que a Felipe el tema le sigue conmoviendo y prefiere no hablarlo demasiado. “Nos marcó mucho, pero ya pasó”, sentencia, sentado junto a un mueble en que se apoya una gran foto del Nico, justo al lado de la de sus tres pequeños hijos. En el lugar de honor.

 

 

NO SÓLO DE VIAJES

 

Latitud 90 hoy tiene cuatro líneas de negocio. Una de ellas es el turismo receptivo, es decir, aquella que recibe extranjeros contactados a través de agencias de turismo y con los que trabaja en organizar verdaderas experiencias, más que simples viajes. “Puede ser desde una pareja que se aloja en el Ritz, hasta otra que elige una experiencia boutique, que se toman un crucero o se van al Explora”, dice Howard.

 

Otra de las líneas es el área de educación. Ahí se han transformado en líderes en la organización de viajes de estudio, basados en el concepto de educar al aire libre y es ahí donde tienen un marcado sello outdoor, con viajes a la Patagonia o la Isla de Pascua y un largo listado de colegios que ya los han transformado en su proveedor exclusivo.

 

La tercera área tiene que ver con la producción de eventos. Partieron realizando viajes y experiencias para empresas hasta que se dieron cuenta de que ellos mismo podían diseñar el trabajo completo, agregando valor a través de un servicio de primer nivel y organizando desde convenciones para seis mil personas, hasta el viaje de ciento cincuenta ejecutivos ultra Vip que llegaban en sus propios aviones. La última línea es la del turismo social, en que básicamente realizan los paseos turísticos a una Caja de Compensación, un negocio con un volumen muy grande.

 

¿Nunca tuvieron miedo de que una cosa se comiera a la otra?

Al principio nos pasó que un evento grande significaba que entraba harta plata, mientras educación era como el pariente pobre. Pero hoy ese negocio es nuestra base, nuestra imagen y nadie se atrevería a cuestionarla.

 

Pero en ese empeño hay algo filosófico, que tiene que ver con la misión que desde el principio le dieron a la empresa…

Es una discusión que tuvimos hace unos diez años, cuando movíamos muchos menos alumnos que hoy y lo decidimos así.

 

 

GRANDES PROYECTOS

 

Patagonia Camp es una de las joyas de Latitud 90. “Teníamos la idea de lo que habíamos visto, por ejemplo, en África, donde existen los luxury camps, que están insertos en el hábitat. Y eso se nos metió en la cabeza: queríamos tener un hotel con esas características”.

 

¿Por qué en Patagonia?

Primero, por un tema de negocio. En ese momento se habían abierto muchas cosas en San Pedro de Atacama, explotó la hotelería. Y la Patagonia siempre ha sido un destino con el que nos hemos relacionado desde el principio, aunque sabíamos que íbamos a tener el tema de la estacionalidad.

 

¿Y están pensando expandirlo?

Sí, lo hemos pensado harto. Incluso estuvimos cerca de abrir uno en Isla de Pascua. Pero por el momento estamos concentrados en expandir Patagonia Camp y eso hicimos este año: invertimos un millón de dólares en mejorar la red de servicio y construir nuevos yurts, que son estas especies de carpas. Hoy tenemos veinte, que pueden juntarse para hacerlos familiares.

 

¿Cómo hacen para innovar constantemente?

Desde el año pasado tenemos un departamento de innovación, que llamamos el Lab de Latitud 90 y que busca mantener la frescura. Con los viajes de estudio, por ejemplo, llevábamos diez años haciéndolos, y nos hemos dedicado a incorporarles cosas nuevas… porque además nos han copiado mucho, itinerarios completos.

 

¿Crees que la industria turística ha cambiado mucho en estos años?

Cuando partimos estaba todo es pañales, los manuales de turismo que había mostraban el reloj de flores en Viña como gran atracción… creo que hemos estado justo en el momento en que la industria pasó de ser algo muy tímido a tener el peso específico que tiene hoy, pero sin olvidarnos que lo básico en este negocio es alojar y comer.

 

¿Cuáles son los próximos desafíos?

Creo que el desafío está en desarrollar mejor esta industria en el área del servicio. Los chilenos tenemos un déficit en la cultura de servir, de atender. Eso es más importante que cualquier consideración técnica: servicio, servicio, servicio.

 

“En el colegio si queríamos irnos de campamento a Chiloé, nosotros teníamos que juntar la plata, organizábamos fiestas, vendíamos fiestas y miles de cosas de ese tipo. Éramos scout y hacíamos mucha exploración, viajábamos, subíamos cerros. Y eso es Latitud 90”.

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