Tell Magazine

Entrevistas » Deporte

EDICIÓN | Noviembre 2016

Terapia en las altura

Margarita Arabia Espinoza montañista
Terapia en las altura

A punta de tropezones y apoyada de sus inseparables bastones, esta joven sicóloga serenense aprendió que la voluntad es tanto o más importante que la condición física a la hora de conquistar las altas cumbres del Valle de Elqui. Comenzó escalando pequeñas montañas, como el doméstico Cerro Grande hasta el cerro Las Tórtolas, el segundo más alto de la región. Y ahora va por más: el cerro Olivares, con más de seis mil metros de altura.

Por Iván Fredes G. / fotografía Patricio Salfate T.

Nunca imaginó que en la punta del cerro encontraría el amor y la pasión de su vida. Amor por su compañero, el periodista, fotógrafo y también andinista, Paulo Olivier Hanshing.  Y pasión por las montañas multicolores que bordean el fértil y generoso valle elquino.

Junto a Paulo creó la mayor comunidad regional de senderismo o trekking Cumbres del Elqui, actividad que define como un estilo de vida, una instancia de reflexión y un viaje de autoconocimiento que la conecta con la naturaleza.

Muy distinta a su cotidiano escritorio, repleto de informes conductuales, sociales y judiciales, desde donde, como sicóloga, Margarita Arabia (33), orienta, evalúa y trata a adolescentes infractores de ley atendidos por el Servicio Nacional de Menores.

“Tenemos una región privilegiada. Todo es súper diverso y accesible. El mar, el valle y la cordillera están casi juntos. Es una zona bella e inexplorada. Por eso tratamos de acercar los cerros a las personas y rescatar nuestro patrimonio natural. A veces, los chilenos miramos más hacia afuera y no hacia nuestro entorno”, afirma la andinista.

Recuerda que descubrió la montaña hace cuatro años, cuando comenzó a practicar trekking con el hermano de su pareja, quien había formado su propio grupo. Pero su experiencia iniciática fue desastrosa. “Me caí muchas veces, doblé un bastón, pero me gustó mucho y quedé encantada. Más tarde nos independizamos y formamos nuestra propia comunidad”.

DESAFÍOS ALCANZABLES

Cuenta que no tenía ningún conocimiento previo de lo que era el montañismo. “Entre todos comenzamos a ver lo que necesitábamos. Una chaqueta más abrigada, zapatos y los bastones que son indispensables. De a poco me fui equipando y me di cuenta de que los desafíos eran alcanzables”.

¿Te sentías preparada para desafíos mayores?

Sí. Antes había hecho varias cumbres, pero de menor complejidad y altura. Subí los cerros La Fortaleza (1.170 msnm), Peralillo (2.150 msnm), Mamalluca (2.309 msnm), Porongo (2.928 msnm) y Montegrande (3.500 msnm). Después de seis meses de montañismo, decidí subir al cerro Las Tórtolas (6.165 msnm).

¿Qué sensaciones experimentaste al alcanzar la cumbre?

Tuve una sensación de mucha felicidad. Una gran satisfacción de lograr algo. Pese al esfuerzo y al cansancio, cuando ya estás en la cumbre se olvida todo: los dolores de piernas, el hambre o el frío. La satisfacción es muy grande porque es el resultado del propio esfuerzo. Es una la que saca fuerzas para continuar avanzando y lograr el objetivo.

¿Debe ser una experiencia muy gratificante estar en el techo del valle del Elqui?

Eso tiene que ver con la perspectiva de lo que uno logra ver. Estar en la cumbre de Las Tórtolas era sentir y ver que estábamos en el lugar más alto. Veía las cumbres de los otros cerros y eso es maravilloso. Los colores que uno logra ver ahí son hermosos, unos verdaderos cuadros de acuarela. Es un lugar muy tranquilo, con mucha paz. En ese cerro se encontraron vestigios incas y hay una especie de pirca donde encontraron estos restos. Es un lugar muy espiritual, a mi parecer. Fue muy bello, emocionante y es inevitable llorar cuando uno llega a ese tipo de altitud.

¿Y cómo fue pasar de un cerro pequeño al segundo más alto de la zona?

Siempre en la vida me gusta ir paso a paso. No era algo que quería lograr en tan poco tiempo. Se dio de modo súper natural. Me adaptaba bien a la altura, pese al cansancio. Fueron mis compañeros los que planificaron el ascenso. Ni siquiera pensaba subir hasta la cumbre. Me conformaba con los cinco mil metros. Pero al final llegué. ¿Si los demás podían, por qué yo no? Fueron cuatro días y tres noches. Eso implicó armar dos campamentos entre cuatro personas, más que nada por la altitud. Uno tiene que aclimatarse previamente para evitar la puna.

¿También cumpliste el desafío de la ruta inca-diaguita?

Sí. Es la trilogía de los cerros Las Tórtolas (6.160 msnm), Doña Ana (5.650) y Quebrada Seca  (4.426 msnm). En los tres se encontraron vestigios precolombinos. En el mundo del montañismo es conocida como la trilogía inca-diaguita. Y por lo mismo, son montañas consideradas sagradas por el mundo indígena.

¿Hay alguna conexión especial por esa carga espiritual de sus cumbres?

Creo que inevitablemente uno se conecta con eso. Uno sube preparado, entrenado, con equipos. Y uno piensa que los indígenas subían descalzos, ataviados con cueros y no tenían problemas. Uno se conecta con lo natural, lo cultural, lo espiritual. Uno aprende a desprenderse de las cosas materiales y disfrutar el aquí y el ahora.

HACIA LOS OJOS DEL SALADO

¿Qué lecciones deja en lo personal enfrentar esos desafíos, superar etapas, cumplir objetivos?

No veo el montañismo como una actividad deportiva. Me permite conectarme conmigo y mi entorno. Es una actividad bien introspectiva, de autoconocimiento. Puedo desconectarme del trabajo, del mundo y de los problemas. Nunca lo he sentido tampoco como un deporte competitivo. No estoy tomando el tiempo ni evaluando cuánto me demoro. Solo disfruto el ascenso, la cumbre y el descenso.

¿Entonces es para ti una terapia?

Sí. En ocasiones, he estado con mucha sobrecarga laboral, con preocupaciones, tensiones y el cerro me permite despejarme. Puedo ver de otra forma lo que estoy viviendo. Por eso le doy este significado más introspectivo, más terapéutico, desestresante y de conexión. Soy agnóstica, pero creo mucho en las energías y creo que estar conectado con la naturaleza a uno lo equilibra en lo espiritual. Soy una persona común y corriente. No tenía ninguna experiencia previa y tenía la intuición de que podía gustarme esta actividad y en realidad me enamoré de los cerros. Creo que es ciento por ciento recomendable. No hay ningún requisito previo, sino voluntad de explorar y ver hasta dónde uno puede llegar.

¿Y hasta dónde quieres llegar?

Tengo algunos desafíos. Me gustaría alcanzar la cumbre más alta de la región que es el cerro Olivares. Y después, el Volcán Ojos del Salado (6.893 msnm), en la región de Atacama. Es el volcán más alto del mundo, por lo tanto, un desafío mayor. El cerro Olivares me atrae por su altura y porque tiene muy pocos ascensos conocidos. Es un ascenso más duro, con mayor tiempo de permanencia en la montaña. El tema climático es fuerte y no hay muchos registros de mujeres que hayan hecho su cumbre.

¿Ascender una montaña también pone a prueba el trabajo en equipo?

Claramente en estos desafíos, una no está sola. Si bien el desafío es personal, individual, en el sentido de valerse por sí misma, el ascenso es un trabajo de equipo, de planificación, de preparación. Es importante con quien subes la montaña. Y en ese sentido, Paulo, que es mi compañero de vida y de cerros, ha sido fundamental para superar los desafíos autoimpuestos.

¿Ahora tu interés es promover el montañismo, acercarse a las cumbres de la región?

Sí. Las personas que se suman a nuestros grupos quedan sorprendidas de todo lo que uno puede dar en un cerro. Cuando ascendemos, Paulo va abriendo la ruta y yo la voy cerrando y esperando a las personas que van quedando atrás o que les cuesta más. Muchas dicen: “no creo que pueda más, estoy cansado”. Les digo que no hay apuro. Uno puede llegar hasta donde considere que es su cumbre. Y la mayoría logra llegar a la cima. En realidad, creo que si les hiciera caso, todos se quedarían abajo, pero se dan cuenta de que con un poco de perseverancia, de paciencia y de conocer su propio ritmo, logran buenos resultados. En nuestra agrupación Cumbres del Elqui, llevamos a la montaña a personas sin experiencia, pero con la voluntad de explorar y superar nuevos desafíos.

¿Y valoran estas experiencias?

Las personas que participan con nosotros sí lo valoran. Interactuamos mucho para desmitificar el concepto de que el montañismo es solo para los deportistas o que deben tener una condición física increíble ¡Nada de eso es cierto! Se trata de caminatas. A veces las personas no se atreven porque tienen esa imagen del montañista con la nieve y con el equipo y, en realidad, partimos subiendo lo más sencillo. Otros piensan que es un deporte extremo, pero yo lo veo como volver a lo natural, volver a caminar. Y ahí uno va viendo si le gusta o no y se van planteando desafíos, adquiriendo equipo, etc. Por eso la invitación es atreverse a participar, caminar y disfrutar de la naturaleza que está al alcance de nosotros. 

 

“No veo el montañismo como una actividad deportiva. Me permite conectarme conmigo y mi entorno. Es una actividad bien introspectiva, de autoconocimiento”.

Otras Entrevistas

» Ver todas las entrevistas


OPINA

  • Verificación Anti SPAM, Ingrese el resultado de la siguiente operación2+6+8   =