Robert Allen Zimmerman se crió en Hibbing, un pueblo minero en el norte de Minnesota, dentro de una familia judía de clase media. Aprendió a tocar la guitarra, empezó a escribir canciones e inspirado en el poeta galés Dylan Thomas cambió su nombre para siempre.
Bob Dylan es escritor de canciones; canciones que por mucho tiempo lo encasillaron en la canción de “protesta”, canciones que apelan a los derechos civiles, a la guerra fría, a la carrera armamentista, a las agrupaciones políticas radicales, a los derechos de las minorías. Sin embargo, su preocupación fundamental estaba en el rumbo general que estaba tomando su país y en la poca sensibilidad del ciudadano medio a esos cambios.
En 1962, escribiría la que sería una de sus canciones más famosas, Blowin’ in the Wind (Soplando en el viento). En ella se preguntaba: ¿cuántos caminos una persona debe de caminar antes de que lo llames un hombre?, ¿cuánto tiempo tienen que volar las balas de cañón antes de que sean prohibidas para siempre?, ¿cuántas veces un hombre puede voltear la cabeza pretendiendo que él no ve?, ¿cuántas veces un hombre debe de alzar la vista antes de que pueda ver el cielo? Y la respuesta era siempre la misma: Soplando en el viento.
El escritor y periodista Pablo Gil comenta: “La riqueza de su vocabulario, su capacidad para evocar, el impacto de sus palabras dispuestas en ese orden y en ningún otro no son simplemente hallazgos para la historia de la música popular, sino la sublimación del uso expresivo del lenguaje”.
Y así llegó el Nobel de Literatura, nunca antes entregado a un músico popular, porque Bob es escritor de canciones, pero esto es sólo un accidente, porque, y en esto coinciden todos, si no hubiera aprendido a tocar la guitarra escribiría poesía.