Siempre me guió el solucionar conflictos en el colegio, entre compañeras, y cómo lograr acuerdos entre grupos y personas que piensan tan distinto. La sociología te da una amplitud inmensa para mirar el mundo, para aprender a mirar con cierto rigor lo que pasa entre los humanos. Y la volvería a elegir.
Chaqueteros. Nuestro deporte nacional es desprestigiar al que le va bien y eso implica envidia. Los profesores no enseñan a admirar. También somos pícaros y buenos para hacer teatro, para imitar, para caracterizar, para captar la singularidad del otro. Eso no lo hace cualquier cultura.
Kramer representa algo que no lo vas a encontrar en ningún otro humorista latinoamericano. Es una fortaleza que tenemos, igual que la habilidad para encontrar soluciones por el lado, como le digo yo. Por ejemplo, una vez hice un taller en Chuquicamata a un grupo llamado “Los Viejos” y uno de los más jóvenes me contaba que les tenían mucho respeto y que una vez estos viejos habían inventado una solución para arreglar una máquina que no podía parar de funcionar y cuyo repuesto podía tardar semanas en traerlo desde afuera.
Con una tapa metálica de bebida.
RODOLFO EL SUIZO
El 2012, Ivonne se encontró en la calle con Rodolfo Pümpin, el legendario florista suizo que le dio otro sentido a la Navidad porteña en la década del sesenta y setenta con sus maravillosos escaparates —que nada tenían que envidiarles a los de la Quinta Avenida, en Nueva York— y quiso entrevistarlo, registrar su historia y guardar sus recuerdos antes de que la muerte se los llevara para siempre. “Fue una conversación entretenidísima, él tenía un sentido del humor muy irónico, muy fino. Hablamos de cómo había hecho sus vitrinas, y me contó de Valdés, un viejo carpintero que era todo un personaje, algo así como su Sancho chileno”.
A la noche siguiente, Ivonne escribió un cuento de dos páginas basado en esa entrevista mantenida entre anécdotas y pisco sour. Fue pasando el tiempo y poco a poco, comenzó a alargar la historia, igual como se alargaron esos recuerdos de niña que la habían hecho tan feliz. “Como no tenía cómo explicarle a mi nieto que había existido esta florería en el puerto tan maravillosa, le puse ficción y me empeñé en describirla. Aparecieron personajes que no existen, pero también otros que hasta el día de hoy caminan por las calles porteñas. Visité lugares para poderlos palpar y cuando el relato cobró vida yo ya no fui dueña de este”.
Durante un año se dedicó a escribir, describir y ficcionar una realidad tejida de recuerdos. ‘Una mentira bien contada’, como dice Ivonne. “Yo quería mostrarle algo hecho a Rodolfo, porque a veces me llamaba para preguntarme qué había pasado con la entrevista, pero las cosas se hacen cuando maduran y de repente cuajó. El día que la tuve lista y quise mostrársela, supe que había fallecido”.
¿Por qué la convertiste en novela?
Fue una suerte de homenaje, de trasmitir su legado, porque la Navidad sin Pümpin no era Navidad. Esta es mi primera novela y disfruté mucho escribiéndola. Me demoré tres años en tenerla lista.
¿Te acuerdas del primer cuento que escribiste?
Era un poema y se llamaba Las manos de mi mamá porque ella tocaba piano.
¿Y cómo eran las manos de tu mamá?
Eran manos amigables, cariñosas, tibias, que bordaban con bastidor, planchaban, tocaban el piano y acordeón, y acariciaban con la misma amabilidad que hacían tortas, pasteles o mayonesa con un ajo en el tenedor.
PUNTO Y COMA
Ivonne mira de reojo la silla en la que estoy sentada. “Esa silla es peligrosa”, me dice, “es como un confesionario”.
¿Cómo así?
Cada vez que alguien entra a la librería busco que no sea el mismo cuando sale por la puerta, aunque no haya comprado nada. Tengo todo el tiempo del mundo para atenderlo, para conversar. ¡La gente tiene tanta necesidad de que la escuchen!
Entremedio de las estanterías, la creatividad de Ivonne irrumpe con pequeños carteles escritos a mano por ella. “En ojos cerrados no entran libros”, “más vale un libro en la mano que cien en nuestros armarios”, “sepa que la cepa se mejora con libros porque tiene vitamina sé”.
¿Por qué la gente ya no compra libros?
Las personas viven muy apuradas y para leer se necesita tiempo. Hay mucha oferta de muchas cosas. Es necesario estar solo, conversando con personas que no existen y que se meten en tu vida y para eso hay que disponer de tu silencio también. La gente no conoce el silencio. No hay que tener ruidos en la cabeza para leer. Además, siempre alegan por lo caros que son.
¿Y no es así?
Lo que me sorprende es la ignorancia que existe respecto de toda la cadena de personas u oficios que concurren para que un libro sea posible: autor, editor, diseñador, imprenta, distribuidor, el responsable del marketing, el crítico, el librero. Además, el mismo libro puede ser leído por muchas personas.
¿Eliminar el IVA aumentaría los compradores?
Contribuiría a que la gente tuviera más facilidad para comprar y leer libros, pero no creo que las librerías se llenen de clientes al día siguiente, porque un lector no se hace de un día para otro. Si bien el impuesto al libro es uno de los mayores de Latinoamérica, cuando comenzó a aplicarse estuvo acompañado de un período de apagón cultural donde se cerraron carreras humanistas en las universidades, se quemaron libros y se incentivó, con mucho más entusiasmo, la adquisición de un auto que la compra de un lro ora eesaos a la ela gritando “¡cómprate un libro Perico!”.
¿Qué opinión te merecen los libros “piratas”?
Más que incentivar la lectura promueven el “carepalismo”, es decir, la cultura de no pagar lo que corresponde, como sucede con el Transantiago, las boletas truchas y todas las malas prácticas que promueven la mentira y el engaño entre nosotros mismos.
¿Cuál ha sido el desafío más grande?
Mantener la librería abierta.
¿Los clientes más fieles?
Los jóvenes, los que compran sagas y se
inclinan por la literatura fantástica y de aventuras, les gustan de una manera casi militante. Es mentira cuando la gente dice que los jóvenes no leen. Los chicos entre los trece y dieciocho años son asiduos lectores.
¿Cómo lograr niños lectores?
Más que consejos, te voy a hablar de mi experiencia. Yo soy buena lectora, porque mi mamá me leyó cuentos desde muy chica. Como gozaba tanto las historias, cuando aprendí a leer se me abrió el mundo y nunca dejé de hacerlo.
¿Por qué Punto y Coma?
Lo eligió mi socia. Su hija, la Marula, cuando supo que abriría la librería le dijo “mamá, ponle Punto y Coma” y cuando Daniela me invitó a formar parte de este hermoso proyecto, recuerdo que le dije: bueno, y si nadie compra libros simplemente los devolvemos, ponemos un restaurante y le damos vuelta el nombre: Coma y Punto.