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Columnas » Pilar Sordo

EDICIÓN | Noviembre 2016

MIGRANTES

MIGRANTES
Ya no somos un país que queda al final del planeta. Nos hemos vuelto interesantes para vivir, para conocer y para explorar, lo que nos exige mejorar nuestra capacidad de aceptar y aprender de la diversidad que llega a nuestro país; a enriquecernos y a desafiarnos todos los días a ser mejores personas, a mejorar nuestros servicios y nuestra capacidad de relacionarnos desde una sonrisa y una calidez, que los migrantes tienen de sobra.
En Latinoamérica no sólo es cada vez más frecuente el tener que aprender a convivir con nuestra propia diversidad dentro de cada territorio, sino que, además, hoy tenemos el maravilloso desafío de aprender de hermanos de otros países que llegan a los nuestros, con el sueño de tener mejor calidad de vida o de poder mandar a sus países originarios dinero suficiente para que los que se quedan en sus tierras tengan mejores oportunidades.
 
En Chile, por ejemplo, tenemos el regalo de recibir colombianos, venezolanos, dominicanos, ecuatorianos, argentinos y otros, quienes en su propia naturaleza nos aportan en la entrega de la sonrisa fácil, amabilidad y cordialidad constante que hoy los hacen líderes  en casi todas las empresas de servicios. Es probable que la mayoría de los  call centers se encuentren llenos de ellos, porque no necesitan capacitación para ser amables y gentiles. Lo llevan en la sangre y es parte de su cultura desde siempre. 
 
El tema de las migraciones es relativamente nuevo en Chile. Nosotros no teníamos mucha experiencia con la diversidad tan notoria de acentos, color de piel, costumbres y religión. Todavía sigue siendo “novedad” y, por lo tanto, un desafío a nuestra ignorancia y prejuicios que reflejan nuestra poca exposición a la diversidad de distintos tipos en Chile.
 
En el norte de Chile es donde más colombianos de color han llegado, quienes han padecido mal trato y discriminación a causa de estos prejuicios.
 
Es lamentable que nos cueste tanto vivir en la diferencia y no poder aprovechar todas las experiencias que ellos y ellas nos tienen que enseñar desde sus propias realidades. Seguramente, en poco tiempo más tendremos la maravilla de tener niños negros chilenos que vendrán a enriquecer y aportar al desarrollo del país.
 
Ya no somos un país que queda al final del planeta. Nos hemos vuelto interesantes para vivir, para conocer y para explorar, lo que nos exige mejorar nuestra capacidad de aceptar y aprender de la diversidad que llega a nuestro país; a enriquecernos y a desafiarnos todos los días a ser mejores personas, a mejorar nuestros servicios y nuestra capacidad de relacionarnos desde una sonrisa y una calidez, que los migrantes tienen de sobra. A cambio, nosotros les enseñaremos nuestras fortalezas, que seguramente les hará autoexigirse más y ordenar mejor sus vidas.
 
Ojalá todos y todas se sientas bienvenidos a nuestro país y nos abramos a la posibilidad de aprender del otro y formemos países más diversos y enriquecidos desde toda esa diversidad.
 
Se habla tanto de la migración en Europa y de las tragedias que ocurren a causa de ella, que creo que también debemos mirar las nuestras que están aquí para quedarse y para transformar nuestro país para siempre. Es una manera hermosa de aprender a ser menos racistas, clasistas y tantas otras discriminaciones que arrastramos por años.
 
Bienvenidos y ojalá vean “como quieren en Chile al forastero”. 
 

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