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EDICIÓN | Noviembre 2016

Erbil y, a propósito, acerca de si hay que cambiar lo que por sí mismo va cambiando

Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D. Profesor en la Universidad de Chile Director China & India Intelligence Reports smcarrasco@vtr.net
Erbil y, a propósito, acerca de si hay que cambiar lo que por sí mismo va cambiando

Erbil, en el Kurdistán iraquí, es la más antigua ciudad aún habitada, y gracias a ios, todavía intacta. Su nombre original fue rbilum, o rbilum, y así figura en tablillas sumerias del año 2.300 a.C., cuando ya tenía mil años de existencia.  Erbil, plaza de comercio y centro religioso, era una de tantas urbes que conformaban la red económica en la región del Cercano-Medio Oriente.

El templo de Arbil fue reconstruido varias veces y alojó distintas expresiones divinas; pero, como pasó también en otras urbes, la cosa sagrada se diluyó y extendió a la ciudad completa. Arbil fue un santuario vibrante y bullicioso. Mantenía una importante población femenina que ejercía aquella antigua profesión, que en la Mesopotamia de entonces era un oficio muy respetado. Las sacerdotisas atendían a los piadosos feligreses, y los devolvían felices a sus labores en las aldeas y los campos. Por meses, los hombres trabajaban la tierra, juntaban cientos de talegas de trigo, ánforas de vino y aceite, anhelando llevar sus ofrendas a Ishtar, y luego gozar de dulces y cariñosas recompensas.
 
Arbil está construida arriba de una suave colina, que fue aplanada y protegida por todo su rededor con muros y fortificaciones. El recinto existe hasta hoy, y si bien el estado de conservación es deficiente, a lo menos está intacto. Arbil fue declarada Patrimonio de la Humanidad (2014) y no obstante las complicaciones de esa región del mundo, atrae a los visitantes como abejas a la miel.
 
Las callejuelas de Arbil huelen a magia, las piedras gastadas con las pisadas del tiempo, devuelven el eco de siglos. Los vetustos edificios, arcadas, pilones, son el resultado de la mezcolanza estilística y el encuentro de culturas. Las pequeñas ventanas con vitrales de colores intensos, recuerdan que estamos en la zona donde se cruzó la civilización persa con la romana. Evidentemente, nada queda de la época más remota. Aunque se sabe dónde estuvo el primer templo de Ishtar. Es una amplia plazoleta, que no ha cambiado mucho. Ahí, Zaratustra enseñó su filosofía; en el mismo lugar se realizó la ceremonia en que se proclamó a Alejandro Magno gran rey de Media y de Persia (año 330 a.C.). Varios siglos después, en esa plaza se instalaron misioneros cristianos a predicar el Evangelio. Arbil quedó bajo la égida bizantina; después, fue parte del Califato de Bagdad. Por aquel entonces, se construyeron mezquitas y la ciudad se 
hizo pequeña, desbordándose fuera del perímetro de los muros. Vinieron los otomanos, el imperio Turco; y los siglos corroyeron a Arbil, pero ni la han vencido ni agotado. El siglo XX la dejó entre fuegos amigos y enemigos. Pero, como dije, hasta ahora, el Altísimo ha querido preservarla y ha pasado desapercibida ante los ojos de todas las hordas furiosas.
 
Me he acordado de Arbil a propósito de Valparaíso, única ciudad chilena que es patrimonio de la Humanidad, y de pronto objeto de sesudos análisis políticos. Sé bien que ambas tienen grandes diferencias. Uno es un puerto, alguna vez el primero de la república; la otra, una ciudad de tierra adentro que nunca fue cabeza de ningún reino (quizás eso la preservó). Uno tiene cuatro siglos, la otra cinco milenios. Pero hay interesantes semejanzas: ambas nacieron y se nutrieron del comercio. Ambas están llenas de vigorosas, y a la vez, sabrosas contradicciones: piedad, fervor, una potente religiosidad sencilla en su población. El gusto por tradiciones propias e irrepetibles (¿en qué otra parte de Chile se quema a Judas?); de noche, la pasión enciende las luces de Arbil y de Valparaíso, como fuego que se ve desde el horizonte y que acelera el corazón del que viene de lejos, hambriento de amores.
 
Como auténtico hijo de Valparaíso, respetuosamente recordaría al que asume de jefe, que Alejandro Magno fue uno y ya pasó. Sus émulos, han sido —todos— muy malas copias. Zaratustra predicó el bien y llamó a buscar el Espíritu Bueno. Arbil ha sobrevivido a los líderes extranjeros y a los milenios porque es auténtica, por su comercio; y sigue en pie a pesar de los ataques de bárbaros que más de una vez la asaltaron. Arbil nunca invitó a quedarse; prefiere a los que están de paso. Arbil de día es sitio sacro, de noche es pagana y mundana. Inigualable lugar para la bohemia; para soñar y volarse con revolucionarios y cósmicos cambios, no para comenzarlos. A la mañana siguiente vuelve a salir el sol que retuesta latas y tejados. Entre bostezos, la ciudad se despabila, y mira otros cinco milenios hacia delante. Si hay que cambiar algo, se irá por sí solo cambiando.
 

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