Hoy por hoy, Jorge Fatigatti es el triatleta número uno en Chile en su categoría. Fueron años de perseverancia y entrenamiento pero, por sobre todo, de una impresionante capacidad de sacar lo mejor de sí mismo, aunque las circunstancias sean adversas.
Nació en Antofagasta y cuando chico sus “patios” eran la explanada de las Ruinas de Huanchaca y la playa, lugares donde podía pasar largas horas. Era una pandilla de cinco que inevitablemente llenaba sus tardes de pichangas en tierra o mar.
Tiene un título en cocina internacional, pero fue mientras estudiaba esa carrera que adquirió lo que conceptualiza como “disciplina deportiva” y decidió que cambiaría ollas y recetas por bicicletas y balones. Estudió Pedagogía en Educación Física y comenzó a ingresar en el mundo de las competencias donde, poco a poco, ha logrado escribir su nombre con letras de oro.
Hace clases en el Liceo Andrés Sabella, donde su máxima aspiración es lograr que niños y niñas aprendan que la “vida sana” es más que una moda y que desde los hábitos más básicos hasta vencer los propios obstáculos son aprendizajes que los acompañarán toda la vida.
Suena que tu infancia fue muy entretenida…
Teníamos todo cerca y cuando llegábamos a la casa hacíamos las tareas rapidito para tener más tiempo para jugar. Íbamos a la playa a hacer competencias de piqueros, jugábamos a la pelota, corríamos en bicicleta.
¿Eras de los que pedía puras pelotas para la Navidad?
Nunca me gustaron las consolas ni los juegos de interior. Lo mío era andar en la calle y aunque trataba de respetar los horarios para que no me retaran, muchas veces me tenían que ir a sacar del agua o de la cancha.
Los viejos buenos tiempos de la vida de barrio…
Teníamos muy claras nuestras responsabilidades y límites, nos cuidábamos y respetábamos las reglas de la casa aunque nuestros papás estuvieran en el trabajo.
DEPORTE Y DISCIPLINA
A los quince años, Jorge se dividía entre el bodyboard y el ciclismo. Claro que entonces su pasión era el BMX, como casi todos los amigos de su edad. Sus hermanos mayores, también aficionados a todo tipo de deportes, ya estaban en “las ligas mayores”, participando en competencias universitarias o “más profesionales”. Hasta ese momento, todo para Jorge era por diversión; cuando cumplió veinte participó en algunos campeonatos y se dio cuenta de que lo suyo era talento y que lo podía potenciar.
“Me di cuenta de que era bueno para los deportes acuáticos y que tenía mucha resistencia en la bici. Mi hermano Carlos me llevó por primera vez al cerro y me enseñó la diferencia de practicar mountaibike, que requiere preparación, ropa técnica, casco… no era con jeans no más y listo, a pelusear”, recuerda.
¿Entonces ahí te empezaste a tomar más en serio el deporte?
Claro, me interesó el tema y entendí que para practicar mountainbike tenía que entrenar, preocuparme de detalles, aprender a usar el casco, llevar bloqueador, agua, herramientas básicas. Entre más me preocupaba, mejor me iba y me di cuenta de que tenía facilidad tanto en el agua como en tierra firme. Seguí la misma lógica de mi experiencia con la bici y tomé clases de natación para perfeccionar la técnica y aprendí mucho, mejorando el braceo, la respiración, la velocidad.
¿Y cómo empezaste a competir?
Cuando empecé aún estudiaba cocina y no tenía mucho tiempo disponible, pero cuando entré a Educación Física empecé a entender aspectos más técnicos, lo que pasaba con mi cuerpo y me di cuenta de las cosas que hasta ese momento estaba haciendo mal. Comencé a unir mi conocimiento experiencial con lo teórico y también derribé muchos prejuicios. De hecho, hasta ese momento pensaba que ir al gimnasio era solo para los musculines o para quienes se preocupaban por su apariencia, pero entendí que si quería, por ejemplo, mejorar mi rendimiento en bicicleta tenía que fortalecer mis abdominales… resultado: inscrito en el gimnasio. También incorporé una buena alimentación a mi rutina y aprendí la importancia de las proteínas.
¿Soñabas con ser profesional?
Más que eso, porque entiendo que son pocos los deportistas que pueden vivir solo de esto. Yo quería hacer bien las cosas. Si quiero vencer mis propias metas, tengo que hacer todo lo que esté a mi alcance para lograrlo. No saco nada con estar en competencias si no supero mis propios límites.
¿Cómo empezaste en el triatlón?
Mi hermano Carlos ya me había incentivado con el mountainbike y me habló de este deporte que combinaba mis aficiones. Mis primeras competencias eran en bici y al principio me iba súper mal, perdía casi siempre porque en mi categoría todos tenían dos o tres años menos y, además, llevaban más tiempo corriendo. Pero cuando cumplí la edad para subir de categoría, empecé a ganar, hasta que mis amigos me alcanzaron de nuevo.
¿Y no te desmotivaba perder siempre?
Nunca. La sensación de alcanzar el podio era intensa, pero no era el fin último. Lo que me interesaba era rendir al máximo. Y así me di cuenta de que en el triatlón tenía más opciones porque sabía nadar, sabía correr y, además, dominaba la bici. Eso era lo mío.
¿Cómo fueron las primeras competencias fuera de la ciudad?
Fueron momentos inolvidables, porque íbamos entre amigos a enfrentar un desafío común. Estabas tres días fuera de la casa, sin tus papás ni tus hermanos. Si uno se caía se tenía que parar y seguir pedaleando, luchando contra uno mismo para alcanzar y, ojalá, superar a los demás.
¡Es impresionante tu sentido de autosuperación!
Siempre he creído que la competencia es con uno mismo, asumiendo las propias fortalezas y limitaciones. Por ejemplo, yo nunca me pude sacar un siete en matemáticas. Mi máxima aspiración era un seis y eso era lo que trataba de conseguir. Pero si un día me sacaba un 6,5 analizaba qué había hecho de manera distinta: quizás estudié de otra forma, hice la prueba en un rincón para estar más concentrado o puse más atención en clases. Si una vez superaba mi meta, significaba que podía volver a hacerlo una y otra vez. Es lo mismo que hago frente a una carrera, me pongo metas realistas pero me esfuerzo para superarlas. Si para una carrera de treinta kilómetros me propongo un tiempo de hora y media y la completo en una hora con veintinueve minutos, me siento un completo ganador.
¿Ha sido complejo entrar al circuito nacional?
Son cuatro años de entrenamiento constante. Hoy en día me siento orgulloso de mis logros y espero seguir avanzando. En el deporte, en general, falta mucho apoyo, existen campeones mundiales en muchas disciplinas que pasan casi desapercibidas para la mayoría. Quizás por eso cuesta tanto conseguir auspiciadores. Muchas veces me han ofrecido apoyo, pero pocas veces se ha concretado. Pero a todos quienes me ayudan les agradezco profundamente porque competir es caro: las inscripciones, los pasajes, la ropa, el alojamiento, la alimentación. Cada peso que alguien me aporta, es un peso que yo invierto en un mejor resultado.
¿Cuál es tu máximo sueño?
Representar a Chile. En triatlón, ciclismo o trote, pero vestir la roja. Ese sería un gran orgullo.