Somos los adultos los responsables, no los padres. Yo no estoy de acuerdo con que la sexualidad se eduque en casa. Los adultos somos responsables en la medida que no sabemos, entonces en vez de educarnos para educar, damos por hecho que la sexualidad es espontánea, que va a suceder. Entonces pasa que los niños acceden a la pornografía, a internet y finalmente copian o imitan un modelo que es irreal y que lo único que va a crear es frustración.
“Si yo no miro la sexualidad como solo un encuentro, sino como un ser sexuado que tiene que encontrarse a sí mismo, que quiere tener autoestima, que se siente cómodo con su cuerpo y con sus sensaciones, entiendo también que se trata de salud y bienestar. Hay que dejar de ver nuestros órganos sexuales como zonas raras o escondidas del cuerpo que en algún minuto se van a activar solas. Hay que educar para saber”.
En la actualidad existe una ley que dice que todos los establecimientos deben tener educación sexual, pero no tenemos un ente regulador de políticas públicas, así que no sabemos si esta ley se cumple a cabalidad o no. Yo sí puedo hablar por la Municipalidad de Santiago, porque coordinoese programa y puedo certificar que tenemos el sesenta por ciento de nuestra población con educación sexual, y que a fines de años vamos a cumplir con la totalidad. Es de Prekinder a Cuarto Medio, entendiendo que en los cursos pequeños no vamos a hablar de coito sino de las partes del cuerpo, de los límites, de prevenir abusos sexuales, mientras que a los más grandes les tenemos que hablar de violencia en el pololeo, de proyectos de vida; generar proyecciones para que ellos sepan cómo cuidarse. Hace poco hicimos una feria de educación sexual y resultó una maravilla. Hablamos de transgénero, de familias diversas, todo contado por los propios niños a los transeúntes… eran ellos los que enseñaban.
Entonces, la clave está en educar más allá del riesgo de embarazo…
Por supuesto, la sexualidad no se puede acotar a un embarazo adolescente… si te fijas ya es terrible hablar de embarazo adolescente y no de paternidad adolescente. Hay que ser contemporáneos y entender que las responsabilidades son mutuas, porque si no todo sigue recayendo sobre las mujeres.
EN SU CONSULTA
En los quince años que lleva impartiendo terapias sexuales individuales o de pareja, ha escuchado de todo. “Atiendo sólo adultos y veo que hay mucho desconocimiento, mucho miedo. Lo bueno es que la gente quiere aprender y está dispuesta a hablar. No sabe cómo, pero está tratando de hacer algo al respecto”.
¿Les cuesta mucho llegar a la consulta?
Sí, normalmente son tres cancelaciones antes de llegar… (se ríe).
¿Y cuándo llegan?
Hay quienes encuentran que soy un poco confrontacional. Pero es que trabajo mucho desde abrir una realidad. Los tabúes y los mitos no son espacios que como terapeuta voy a contener, por lo tanto, soy bastante directa en el trabajo que vamos a realizar y ellos deben comprender que es su realidad. Suele suceder que la pareja llega por un tema y terminamos trabajando por otro. Una mala sexualidad suele ser el resultado de otras cosas, a no ser que me haya acompañado toda la vida y que nunca en diez años de matrimonio lo haya pasado bien.
¿Y pasa mucho?
Sí, pasa porque nunca supieron hacerlo. Dos personas que no pudieron leer sus cuerpos, que pensaron que todo era natural, que supusieron que la penetración les iba a dar placer, pero no se atrevieron a dialogar y que han acarreado miedos. Llegan a mi consulta porque sus maridos les dicen que tienen un problema y ninguno de los dos sabe lo que está haciendo. ¡Si la sexualidad no siempre se va a dar de manera espontánea! Hay gente que la disfruta, pero no es así en el ciento por ciento de la población.
¿Se culpan unos a otros?
El hombre muchas veces dice que el problema es de su mujer, pero cuando yo les hago ver que su pene no es una varita mágica, atinan. Cuando les hace sentido lo que les dices son más mateos que las mujeres, que suelen ser más flojas en los ejercicios. Un hombre en terapia suele ir como caballo de carrera.
¿Siempre hay resultados positivos?
No, algunas veces las parejas se separan. Pueden llegar a la consulta por un tema sexual y después darse cuenta de que hace cinco años que no se aman. Hay veces que uno hace separaciones preciosas, desde el cuidado y el cariño, sin daños. Pero hay otros casos en que sólo es sexualidad, entonces se ponen las pilas y tienen resultados increíbles. Uno no puede hablar solo de sexualidad en terapia, porque se trata de un tema integral al ser humano… es como que te hablara de pena y sólo de pena, sin pasar por las angustias, los miedos, las alegrías. No puedo pensar que hablar de sexo es solo resultado de un encuentro. Si pienso así, estoy muy equivocado.
¿Has vistos grandes cambios en estos años?
Parece que la gente se atreve más con el tema… Hoy recibo consultas más directas, antes la gente se iba más por las ramas. Años atrás consultaban mucho por falta de deseo en la mujer —comúnmente llamado frigidez— y, en el caso de los hombres, las dudas más frecuentes tenían que ver con cuánto duraba una erección. Ahora las consultas tienen relación con el estrés y la ansiedad, con cuánto estos problemas afectan la respuesta sexual. Veo que la gente está súper ansiosa y no disfruta el proceso de la relación. Todos los temas pasan por un inicio, que es la falta de deseo, o por un final, pero lo que a mí me gusta trabajar es el intermedio.
¿Todavía hay un “deber ser” en el sexo?
Es lo que más hay. Hay formas condicionadas, toca aquí, toco allá y terminamos. La meta sigue siendo el orgasmo y no disfrutar. Quienes no tienen un orgasmo, por consecuencia, sienten que tienen una dificultad, un problema o que sencillamente están dañados, que vienen mal de fábrica. Y acarrean mucha frustración, por lo que hay que reestructurar toda la situación… Cuando no hay temas de pareja, de comunicación, cuando no hay daños o infidelidades, sino que sólo problemas sexuales, uno desmitifica ciertas cosas y se resuelve.
“Como terapeuta, yo no puedo decidir qué es lo mejor para una pareja. Tengo pacientes que llegan contándome que otro profesional les recomendó separarse, pero yo no le puedo decir eso a una pareja que está luchando. Más bien los invito a luchar juntos. Me llegan pacientes súper diversos y yo me debo adaptar a lo que ellos necesiten, les voy dando herramientas en relación a la realidad del otro, a los dolores del otro. Cada vez que doy una charla trato de que sea simple, no uso grandes autores, ni pretendo validarme intelectualmente. A la gente le sirve entender que esto es más amplio, más libre. Creo que la clave está en no enjuiciar, en ser abierto a las necesidades del otro”.