Hoy está empeñado en incorporar el mundo digital en el rescate patrimonial y en el desarrollo turístico en diversas ciudades de Chile y en proponer políticas públicas. Desde la Alianza Francesa, promueve los valores de la francofonía y el intercambio profesional y estudiantil.
En su remodelada casa serenense, las reminiscencias mediterráneas impregnan sus rincones. Un estilizado minarete, ventanas, mosaicos y patios de luz moriscos, pinturas propias, jazmines y buganvillas, recuerdan su infancia. Sentado al lado de la chimenea, narra con humor y pasión, pasajes de su vida, sin abandonar, de vez en cuando, esa sonrisa bogartniana que ilumina su rostro.
Integraba una delegación de mi país, en octubre del 2001. Veníamos a firmar un convenio de cooperación con Valparaíso. El intendente de entonces, Raúl Allard, nos invitó a una cena de recepción. En medio de ella, él se levantó y recitó. Lo siguió un CORE con un poema de Pablo Neruda, el de “amo el amor de los marineros que besan y se van” (Farewell).
Tomé una guitarra, como nunca lo había hecho en público, y canté. Encontré maravilloso el poder expresarme sin el miedo a la mirada del otro, en un ambiente de poesía, confraternidad y amistad. Para mí fue como un aire de libertad.
¿Y qué pasó cuando regresas a Francia?
Me llevé algo de esa chilenidad. Sucedió que en los encuentros con mis amigos comencé a sacar la guitarra y cada vez que regresaba y pasaba por Santiago, cantaba con Eduardo Peralta en el Mesón Nerudiano, donde él canta todos los lunes desde hace trece años. Eso fue parte de mi autodescubrimiento y mi enamoramiento de Chile. Acá era yo mismo. Siempre tenía como regla tratar de “ser “y no “parecer”, pero a veces el entorno, el convencionalismo social, te lleva al “parecer”.
¿El amor te trae definitivamente a Chile?
Sí. Teresa, claramente. Un ángel me lanzó un flechazo en la Intendencia de La Serena. Venía como director de Relaciones Internacionales del Consejo General de L’Hérault, por un convenio de cooperación con la región de Coquimbo, por el tema del agua. La poesía me permitió descubrir y amar este país, pero nunca pensé vivir en Chile ¡Tan lejos, al fin del mundo! Tenía un muy buen trabajo, sueldo, estabilidad y viajaba por el mundo. Pero, definitivamente, el flechazo fue más fuerte y estoy muy feliz.
¿Y cuál es tu diagnóstico de esta región como “médico de territorios”?
Creo que esta región tiene las mismas dificultades de muchos territorios, como por ejemplo, el éxodo campo-ciudad. Acá hay más segregación socioespacial que Europa y los barrios están muy marcados.
Cuando trabajé por primera vez en Chile, debía pagar el diez por ciento en impuestos, pero al año siguiente me los devolvían. En Francia, pagaba el cincuenta por ciento, pero tenía acceso gratuito a educación, salud, etc. Acá se debe pagar todo. Esta diferencia para mí es enorme en sus impactos sociales. Por eso el índice de ini de Chile refleja tanta desigualdad. Pese a todo, creo que la gente globalmente vive bien, pero algunos con dificultades. alta un rol más activo del stado como regulador, ordenador o árbitro entre las grandes empresas privadas y los habitantes de los territorios para mitigar algunos impactos negativos. Que todos ganen. Mucho se deja librado a la responsabilidad social empresarial.
¿Eso afecta la salud del territorio?
Afecta la salud de la gente y del territorio. Genera “enfermedades” sociales y medioambientales. Cuando los niños juegan en los cerros de relaves mineros, cuando la comunidad se divide por un tema de indemnizaciones por contaminación, cuando se instalan faenas y llegan muchos trabajadores que no respetan a los pueblos, su cultura, costumbres y tradiciones. Nadie regula eso. No hay herramientas.
¿Es una enfermedad curable?
Estoy seguro de que eso cambiará. Hago un paralelo de lo que pasó en Francia y lo que pasa en Chile. Soy de la generación del sesenta y ocho. No estaba en las barricadas, porque tenía dieciséis años, pero he visto pasar los tanques por mi ventana, en Fontainebleau, a sesenta kilómetros de París. Habían pasado veintitrés años desde que terminó la guerra y la nueva generación no quería hablar más de eso porque no la vivieron, no entendían de lo que hablaban. Es como la dictadura en Chile. Los que nacieron en el noventa no la vivieron y no quieren hablar de eso. En Francia hubo un cambio en la sociedad. Creo que está pasando lo mismo en Chile sobre el cambio de visión del ideal de vida. Los jóvenes se preguntan si sus padres son felices con deudas, con trabajos interminables y con jubilaciones mínimas. Quieren un cambio estructural. O se hace o habrá tensión social. Y para que un país se desarrolle debe haber paz y cohesión social. Chile no se está muriendo, apenas tiene un resfrío, en comparación con otros países, como Brasil que está con neumonía.
DOLOR POR MASACRES
¿Cómo te afecta el terrorismo en Francia?
Lo que pasa en Francia es muy duro por dos razones. Una, por las víctimas y sus familias, y otra, porque Francia ha sido un país de libertad y de acogida a todas las culturas. Hay personas que están locas de poder. La religión es un pretexto porque el Estado Islámico lo que busca es tomar un territorio estratégico por su petróleo y el agua.
¿Los motiva el poder?
Así es. Ellos quieren poder, enriquecerse y para eso utilizan la religión. Eso sirve para decirle a jóvenes fragilizados que los demás son los malos. Les dicen: por favor, ve a matarlos. Si lo haces, vas directamente al paraíso y ahí te esperan doce jóvenes vírgenes. Es un alto nivel de locura, una especie de lavado de cerebro.
¿Afecta esto sus valores universales?
En Francia existe la costumbre de tener las puertas abiertas. Lo que está pasando está quebrando la confianza, porque la gente empieza a dudar y eso genera fracturas en la tolerancia, la convivencia y el respeto del otro. Entonces, para mí eso es también una amenaza a sus valores esenciales como la igualdad, la fraternidad y la libertad. Sufro por la gente que fue víctima, por sus familias, y también por los valores que rancia defiende y promueve en el mundo desde 1789.