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EDICIÓN | Octubre 2016

Un barrio en París

Desde el metro Jaurés al Parque de la Villette

La vieja puerta de entrada a la ciudad de la luz, frente al canal de L’Ourcq, antiguo lugar de desembarco y abastecimiento de los parisinos, es hoy el punto de partida de un casual y sencillo panorama para hacer en familia. Al norte, justo antes de que termine la capital, el Barrio XIX supo reinventar sus viejas construcciones y transformarlas en atractivos focos de diversión y cultura. El baile, el arte, la comida, el café, la música, los deportes acuáticos, el cánopi, las bochas y el ajedrez son algunas de las opciones para pasar un día con historia.

Texto y fotografía Constanza Fernández C. conifernandez@gmail.com

“Tengo la intención de hacer de París la capital más hermosa del mundo, quiero hacer algo grande y útil”, decía el científico Chaptal en sus conversaciones con Bonaparte. “¿Cuáles son sus pensamientos?, preguntaba Napoleón. “¡Darle agua a París!, varias fuentes y un gran río desembocando en la ciudad”, afirmaba el químico durante los primeros años del 1800. El proyecto consistía en la creación de tres bombas de fuego y mover las aguas del río L’Ourcq más cerca de la ciudad, lo que implicaba trasladarlo a la parte superior de la Villette para, desde allí, distribuir sus aguas. Días después de esa conversación, quinientos hombres cavaban el canal, según narraciones del historiador George Parsons, concretando el sueño de Chaptal que le dio vida a la red de canales de París, parte importante de su paisaje e identidad. El mismo canal que hace dos siglos sirvió para la navegación de fletes y el transporte de toneladas de víveres, hoy es la columna vertebral del popular y versátil Barrio XIX; los enormes y pesados barcos de ataño dieron paso a pequeñas y coloridas embarcaciones para la diversión.
 
El desembarco ocurría en La Rotonda de Canaux, un espacio abierto cuyo nombre hacía alusión  a la intersección de los canales Saint-Denis y de L’Ourcq, allí los feriantes exponían sus productos, se organizaban para distribuirlos por la ciudad y pagaban sus impuestos. Construido en 1788, el edificio de La Rotonde es un Monumento Histórico que sobrevivió a la Revolución Francesa y a la construcción del metro; al parecer, el tiempo y la historia han ido enalteciendo su presencia y, aunque pasó cuarenta años abandonado, la municipalidad abrió una licitación adjudicada al arquitecto Claude Nicolás Leudoux. 
 
Su restauración implicó la fabricación de puertas y ventanas, para cerrar el lugar, y el diseño de una cúpula de cristal en el centro del comedor principal, para que la luz natural fuese la encargada de iluminar este naciente bar restaurante, que también incorporó una sala de arte en la que actualmente se ofrecen exposiciones mensuales, gratuitas y guiadas. La ubicación es la misma de antes, coronando la antigua puerta de entrada a la capital en el 6-8 Place de la Bataille de Stalingrad, 75019 de París, justo frente al canal y a dos pasos del metro Jaurés. Inaugurado en 2011, su especialidad es la cocina francesa que se puede degustar en los verdes jardines interiores y exteriores. Reconocidos por los parisinos y cada vez más por los turistas, es que cada tarde de verano los DJ van preparando el ambiente para que, poco antes de la media noche, todo se vuelva una fiesta. 
 
Se dice que en una de las riveras del canal, durante largos años, vivió una solitaria mujer cuyo trabajo era abrir y cerrar las compuertas del canal; muchos pensaban que la locura rondaba por su cabeza, así como también la hostilidad y algo de extrañeza, quizás por pasar tantos años de soledad. Lo interesante es que algo de su presencia parece haber quedado impregnado en la vieja casa, impulsando a Stephane Vatinel, su actual dueño, a crear, en el mismo espacio, un café para mujeres. La línea es el arte y la fotografía dialogando entre mujeres; la ambientación “casera” y arriesgada, podríamos decir, por la originalidad de sus piezas. Además de la comida, Stephan ha trabajado cada espacio en detalle con la idea de hacer arte a partir de la venta de productos que, además de decorar, inspiran a quienes pasan por un buen té. Es la decoración de una casa tradicional que ocupa distintos muebles y elementos heterogéneos con mucho color y contrastes entre los diversos ambientes y salones. La oferta es exclusivamente natural y orgánica, no hay espacio para las bebidas de fantasía porque en el café Pavillon des Canaux, inaugurado el verano de 2015, sólo se sirven jugos de fruta fresca y dulces hechos en el lugar, los té son de hoja y el café orgánico, de primera calidad según su dueño, y el chocolate caliente, un espeso manjar que se puede disfrutar en la cocina, en una pequeña mesa de madera apoyada en el pasillo de casa, en uno de los salones de descanso, en la terraza bajo una colorida sombrilla o, incluso, en el baño, donde una tina antigua se usa como base para una divertida mesa con vista al canal.
 
ENTRE VIVOS Y MUERTOS
 
Al pasear por el canal es grato ver como todos, independiente de la edad, pueden disfrutar y convivir armónicamente en un espacio, los abuelos desafiándose con el juego de las bochas o en silenciosas manos de ajedrez, muchas veces interrumpidos por la risa de los niños que viajan sobre sus cabezas colgados de la cuerda del cánopi, algo impensable para los viejos. Cines, bares, librerías y diversos puntos de entretención que desembocan al otro extremo del canal en el Parque de la Villette, al noreste de la ciudad, un gigantesco espacio verde de cincuenta y cinco hectáreas, de las cuales veintidós están construidas sobre terrenos industriales abandonados y un antiguo matadero, donde se vendían animales hasta 1974. 
 
Si antes fue la muerte o la inercia, hoy es el baile y el movimiento, porque la música se tomó el espacio del matadero, único edificio que se conserva intacto y que hoy se conoce como el Hall de Bueyes, punto de encuentro para la libre expresión del cuerpo. Todo tipo de pasos se van mezclando al ritmo de la bachata y sus cuatro tiempos; en la otra esquina es el un, dos, tres de la salsa; al centro son los deslizamientos de pies hacia atrás y hacia el lado del breakdance; al centro, el tango, un poco más allá el vals y, a ratos, el rock and roll. Porque no hay edad para bailar, ni estilo, ni ritmo. Y si la música del vecino perturba, entonces los audífonos son ideales para la práctica de pasos en solitario. 
 
Para llegar se puede tomar la línea 7 del metro y bajar en estación Port de la Villette, o la línea 5 hasta Porte de Pantin. También es factible navegar por el Canal de L’Ourcq, que atraviesa el parque de este a oeste, caminar o pedalear por su ribera. El complejo, ideado por el arquitecto suizo Bernard Tschumi, es el parque cultural urbano más grande de París, una especie de ciudad del futuro con modernas y amplias construcciones que acogen todo tipo de espectáculos de arte y música. La Géode, el teatro Zénith, una pequeña ciudad para la Ciencias y la Industria conviviendo con La Philharmonie, estructura que incluye una sala de conciertos para mil personas, talleres, salas de ensayo y el museo de la Música. Entre sus eventos destaca el festival de cine al aire libre, encuentro que ocurre en pleno verano, entre julio y agosto. Son muchos los espacios comunes disponibles, las exposiciones y las posibilidades de encuentro cultural.
También ubicado en el Barrio XIX, en el número 104 de la rue d’Aubervilliers, el 104 o Le Cent Quatre, es un Centro de Arte Contemporáneo que utiliza los treinta y nueve mil metros cuadrados que, hace un siglo, servían para reunir a los muertos de París, para vivir el arte. La construcción data de 1873 y era el Servicio de Pompas Fúnebres Municipales, creado para que todo parisino tuviera su funeral; allí se hacían los trámites relacionados con la muerte y, en su reinvención, el silencio de los muertos dio paso a la expresión de los vivos. 
 
Las puertas de esta gigantesca e innovadora construcción se volvieron a abrir en 2008 y, hoy, el motor, es la expresión creativa de la vida a través del arte, la música y la cultura; todos son bienvenidos. Junto a las amplias salas de exposiciones, teatro, cine, danza y música están los llamados “estudios itinerantes”, dieciocho talleres a disposición de los artistas nacionales e internacionales que facilitan la estadía de creadores de cualquier parte del mundo, quienes llegan para cumplir residencias que van desde un mes a un año. Aquí todos trabajan en vivo, entonces el proceso creativo es un espectáculo espontáneo, libre y compartido. 
 
También existe un café, un restaurante, una librería y una original tienda con productos de los Traperos de Emaús. Muchos de sus amplios espacios comunes son ocupados por los bailarines de breakdance y por los mismos artistas dispuestos a compartir con el público las etapas y desafíos de sus procesos. Se ofrecen cursos de danza, algunos talleres deportivos y un sábado al mes ocurre el Bal Pop’: la jornada del baile popular, que mezcla estilos y edades, siendo un entretenido punto de encuentro para la familia. 
 
Se dice que en una de las riveras del canal, durante largos años, vivió una solitaria mujer cuyo trabajo era abrir y cerrar las compuertas del canal. Lo interesante es que algo de su presencia parece haber quedado impregnado en la vieja casa, impulsando a Stephane Vatinel, su actual dueño, a crear, en el mismo espacio, un café para mujeres.

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