Hacia comienzos del siglo veinte, la ciudad de Viña del Mar comenzaba a dar sus primeros pasos, en donde contrastaban las grandes mansiones de familias adineradas radicadas en la zona, frente a casas y poblaciones que carecían de todo tipo de salubridad.
Las autoridades comunales y del Estado frente a tal situación, entre 1915 y 1930, buscaron diversas fórmulas para resolver este gran problema que surgía en la comuna con las habitaciones obreras, cités, conventillos, campamentos y cuartos diablos. Cabe señalar la falta de conciencia y de visión frente al problema. En aquella época, algunas de las familias más pudientes y la prensa de la época, opinaban: “una vez más tendremos que decir que los conventillos de Viña del Mar, salvo algunas escasas excepciones, son una nota infamante para el progreso local. Es sencillamente vergonzoso que en las vecindades de suntuosos chalets y en calles centrales existan habitaciones inmundas donde viven nuestros obreros en medio de la mugre, sin luz ni aire ocupando cuartos estrechos e insalubres, en los cuales las ratas sienten asco de vivir”*.
La ciudad contaba con un gran número de estas viviendas, la gran mayoría concentradas en las céntricas y principales calles de la ciudad como Arlegui, Viana, Álvarez y calle Valparaíso. Las más conocidas eran “La Lora”, “Las Pulgas”, “La Cárcel”, “Jaugeri”, “Valdivieso”, Lambruschini” y “Gandulfo”.
En 1929 se desarrollará una fuerte campaña de salubridad e higienización y la creación de una junta municipal de sanidad compuesta por el alcalde de la ciudad, un delegado municipal, Ernesto Ewertz, prestigioso farmacéutico, y por los distinguidos médicos García Tello y Cesar Morelli Costa.