El arriero Justo Estay se contactó con San Martín para servir la causa emancipadora. El gobernador español Casimiro Marcó del Pont Ángel Díaz y Méndez, conocía el propósito de San Martín, pero ignoraba cómo se desarrollaba el proyecto. Estay se encargó de despistarlo más aún. Su estrategia consistió en hacer llegar cartas de asilados a sus parientes en Chile con informaciones contradictorias: en unas se aseguraba que el ejército estaba listo. En otras, lo inverso.
El Desastre de Rancagua (1814) terminó con las ansias de constituir una nación independiente del poder político de España. ¿Cómo escapar del ejército español? ¿Dónde mirar? Argentina era la única opción. El pueblo y sus principales líderes, O’Higgins y Carrera, traspasaron la cordillera y se establecieron en Mendoza. Allí se conectaron con el líder de la liberación argentina, el general José de San Martín, quien, a su vez, preparaba un ejército para consolidar la liberación de Chile y Perú.
Fue entonces cuando se hizo presente un hombre de pueblo, inteligente y astuto: el baqueano Justo Estay, un arriero que se ganaba la vida atravesando la cordillera con encargos para Chile y Argentina. Conocía la ruta como la palma de su mano y ningún rincón cordillerano le era ignorado. Estay se contactó con San Martín para servir la causa emancipadora. El gobernador español Casimiro Marcó del Pont Ángel Díaz y Méndez, conocía el propósito de San Martín, pero ignoraba cómo se desarrollaba el proyecto. Justo Estay se encargó de despistarlo más aún. Su estrategia consistió en hacer llegar cartas de asilados a sus parientes en Chile con informaciones contradictorias: en unas se aseguraba que el ejército estaba listo. En otras, lo inverso.
Luego, cuando las fuerzas realistas se dirigían a detener la invasión del ejército, Estay se ubicó en el puente donde pasaban las tropas y calculó casi exacto su número. Todos estos datos los comunicó a San Martín y fueron útiles para el triunfo de Chacabuco.
El paso de la Cordillera de los Andes a cuatro o cinco mil metros de altura, provocaba entre los soldados el temido soroche. Para prevenirlo, San Martín encargó a mujeres cuyanas un remedio para evitarlo. Ellas, buenas cocineras, prepararon una pasta de carne asada, molida y con toda clases de adobos, pero fundamentalmente con ajo y cebolla molida, todo convertido en una pasta con el nombre de Charquicán Cuyano, que los soldados debían de disolver en agua y servírselo. El remedio no sólo era para evitar el soroche, también para nutrirse, pues se le agregaba harina. Un profesor chusco que relataba el episodio a sus alumnos decía: “por eso no se sabe si los españoles caídos en Chacabuco murieron por las balas o por el tufo del enemigo”.
LAS ZORRAS DEL PADRE BELTRÁN
El padre Luis Beltrán era un hombre infatigable y, además, un factótum: sabía y hacía de todo. Cuando se organizaba el Ejército Libertador, San Martín lo nombró jefe de la maestranza. Allí hizo de todo, desde uniformes y zapatos para los soldados hasta reparar cañones averiados. El paso de los Andes representaba dificultades para el traslado de la artillería, porque las ruedas se atascaban en la nieve. Él inventó unos carros estrechos dotados de cuatro ruedas, que podían ser arrastrados por las mulas. Por su forma, los bautizaron como las zorras del padre Beltrán.
El triunfo de las tropas no sólo fue por la valentía de los soldados, la inteligencia de San Martín y O’Higgins, sino también por los aportes de Justo Estay, las mujeres y el padre Beltrán.