Mucho se habla de la identidad y de manera cotidiana usamos este concepto en diferentes contextos, principalmente refiriéndonos a lo que nos caracteriza como individuos. ¿Qué tiene que ver entonces la identidad con el desarrollo?
Tradicionalmente se ha entendido el desarrollo como un proceso de crecimiento económico. De hecho, en Chile, durante mucho tiempo se pensó, desde la academia y las instituciones gubernamentales, que para llegar al tan ansiado desarrollo era necesario generar riqueza. La tendencia siempre fue mirar hacia afuera, importando modelos foráneos para hacerlos funcionar en los territorios, pese a que estos poseían culturas, instituciones, geografías y sociedades distintas. En el pasado, nadie se detuvo a reflexionar sobre las particularidades socioculturales de los territorios, mucho menos se detuvieron a preguntar sobre los intereses de quienes allí habitaban. Es que, precisamente, estos territorios llamados “subdesarrollados” han sido vistos como espacios vacíos y carentes, omitiendo e incluso anulando las riquezas que ellos poseían.
Afortunadamente, pese a que este paradigma de desarrollo aún sigue vigente, han comenzado a emerger otras formas de entender el desarrollo que no solo reconocen las particularidades de los territorios, sino que además las potencian, como una forma de mejorar las condiciones de vida de las personas que allí habitan. Es aquí donde la identidad adquiere gran importancia. A diferencia del paradigma tradicional, estos nuevos modelos comprenden que el capital económico no es el único recurso del cual se pueden valer las sociedades para su progreso e, incluso, no es el recurso más importante.
Existen otros tipos de capitales que son de gran importancia y riqueza; hablamos de los capitales intangibles, aquellos que no se ven, pero que son trascendentales para la supervivencia de las sociedades. Por una parte, se encuentra el capital social, que refiere a la confianza entre las personas, y el capital simbólico, es decir la cultura e identidad de una comunidad determinada. Aquí hay conocimientos, saberes, patrimonio, relaciones con el entorno, cosmovisiones, formas de organización, que son tan válidos como los del llamado primer mundo. Desde el enfoque del desarrollo endógeno, se reconoce que las comunidades poseen recursos que deben ser reconocidos y validados, pues desde estos recursos es posible el desarrollo, pero también desde los territorios.
En términos prácticos, esto se traduce en que las políticas públicas no instalen soluciones de manera vertical y exógena, pues así el resultado probablemente será el conflicto y la erosión de identidades y culturas. La invitación que nos hace el desarrollo endógeno, es a solucionar los problemas de los territorios con la participación de las comunidades.
¿Cómo sabemos cuáles son los recursos intangibles de las personas, si no generamos espacios para poder reconocerlos? La identidad es el principal recurso intangible de las comunidades. Al alero de esta es posible generar un “nosotros”, reconocer las particularidades y lo que nos diferencia de otros. A través de la identidad, es posible la pertenencia a un territorio y a un grupo, lo cual es de gran relevancia para la participación social. La identidad es el combustible para el desarrollo endógeno: sin ella, no es posible el andar, porque esta y la cultura, dan el sentido a las trayectorias.
En la Región de Coquimbo, como en todas las regiones, hay gran riqueza esperando a ser reconocida, tanto en el campo como en las ciudades. Las comunidades poseen recursos que pueden ser potenciados y las instituciones (tanto públicas como privadas) deben avanzar hacia la valorización de las identidades que le dan sentido al andar de la sociedad. Es momento de dejar de mirar hacia afuera y buscar estrategias de desarrollo desde el territorio, potenciando los capitales intangibles que estos poseen, empezando por el reconocimiento de las identidades que allí habitan.