Todo su talento lo dejó fluir en la adolescencia cuando decide liberarse de sus ataduras y enfrentar una nueva realidad. De un tímido estudiante pasó a ser un connotado dramaturgo regional, referente para nuevas generaciones amantes de las tablas. Sus obras tratan sobre la sexualidad, la marginalidad, la pobreza, el abandono, la incomprensión y los prejuicios. Uno de sus grandes logros: contribuir a mantener una cartelera de teatro permanente en el puerto de Coquimbo.
Por Pamela Tapia S. / fotografías gentileza entrevistado.
Su origen se remonta a Cachiyuyo, pequeño poblado nortino de la región de Atacama, cuya población no supera los doscientos veinte habitantes y que pasó a la historia, luego de un spot publicitario donde se veía un hombre usar por primera vez una cabina telefónica en el pueblo. Recuerda este episodio porque fue un ícono de las comunicaciones para aquel entonces, y por primera vez, su querido Cachiyuyo se hacía conocido.
Durante sus primeros ocho años, este era su mundo, entre cerros, el ganado y su recordada escuela. Vivía junto a sus abuelos, pero la verdad es que todo Cachiyuyo era como “una gran familia”, así lo rememora Héctor, tras recordar que podía entrar y salir de las casas con total cambio radical en su vida que debió asumir a temprana edad, y que con el transcurso de los años aprendería a asimilar.
“Mi padre siempre fue una figura ausente. Mi madre trabajaba para sacarme adelante. Ejercía como asesora de hogar en Coquimbo y la veía muy poco. Por esa razón, cuando tenía nueve años, ella decidió traerme a vivir al puerto”, recuerda.
¿Un cambio fuerte y repentino?
Claro, Cachiyuyo inicialmente era una estación y habían majadas. Mis abuelos se dedicaban a la pequeña minería, al pastoreo y hacían carbón. Éramos una familia pobre, y el andar sin zapatos no era tema para mí, por el contrario, era parte de la vida. Allá nunca sentí carencias en el aspecto afectivo. Cuando me vine a Coquimbo, sufrí un fuerte cambio en mi vida, fue difícil adaptarme a una ciudad tan grande. La forma de relacionarse era muy distinta a lo que yo sabía. Además, llegué cercano a mi preadolescencia, por lo tanto, también fue un descubrimiento del mundo en otros aspectos, me marcó mucho.
¿Qué sentimientos afloraron en tu personalidad?
Pasé de sentirme un niño muy aplicado y aceptado, a un alumno regular e incomprendido. La ausencia de mi padre se transformó en una herida profunda al poco tiempo de llegar a Coquimbo. Como mi mamá trabajaba puertas adentro, yo vivía con unos tíos. Fue entonces que empecé a darme cuenta de muchas cosas, por ejemplo, de la precariedad en la que antes vivía, a conocer el mundo desde la adolescencia en un puerto que tiene diversidad. Ese cambio fue bien determinante en mi visión artística.
¿Qué estudiaste finalmente?
Estudié en un liceo técnico industrial y saqué la especialidad de electrónica. No me gustaba, pero lo hice por mi madre. Desde pequeño participaba en los actos, actuaba, cantaba y eso me encantaba. Recuerdo que a los cinco libertad. De su niñez atesora las mejores vivencias, luego vendría un años interpreté a un ángel en una actividad de la iglesia, con unas alas enormes y nunca tuve pánico escénico. Creo que todo el talento que tenía oculto quedó dormido durante todos los años de estudiante, y afloraron recién una vez que egresé del técnico.
PRIMEROS PASOS
Precisamente, cuando sintió que ya había cumplido con su madre, Héctor decidió darse una oportunidad. No fue fácil, pues no tenía estudios en actuación, solo las ganas, una gran pasión y talento de sobra.
¿Cómo llegas a la actuación?
Cuando egresé del liceo me invitaron a participar de una obra de teatro que se llamaba La desgracia de los travestis y en ese momento ratifiqué que eso era lo que yo quería hacer el resto de mi vida. Esta es una obra muy potente, fuerte y violenta. Recuerdo que invité a mi madre al estreno y quedó impactada al verme como pareja de un travesti que tenía un drama terrible y que se estaba muriendo de sida, tema tabú para aquellos tiempos.
¿Y sentiste el apoyo de tu madre?
Creo que mi madre pudo entender, a través de la obra, temas que tenían que ver con mi vida, con mi personalidad, con lo que soy esencialmente. Creo que ahí ella asumió que no era algo pasajero asistir a talleres de teatro, sino que era mi vocación, era algo serio para mí. Fue el primer paso para enfrentarme a ciertas realidades. El teatro ayudó a descubrirme y eso fue un regalo para mí.
¿Cuándo logras vivir de tu pasión?
No pude vivir de lo artístico sino hasta diez años después de experiencia, es decir, en el año 2000. Nunca estudié en una universidad. He conocido a muchos actores chilenos importantes de quienes he aprendido como Juan Madrigal, Luis Barrales y Paulina Urrutia, entre otros. La clave ha sido el perfeccionamiento constante.
CREADOR DE ATEL
El año 2000 marca un antes y un después en su carrera artística, pues ya no solo actúa sino también dirige. Tras el éxito del montaje de los travestis hace un giro rotundo incursionando en la obra La Odisea, del dramaturgo José Ricardo Morales. “En este montaje me transformo en un hombre que trabaja en una oficina y que se siente agobiado por el progreso”.
¿Cómo se va desarrollando tu trayectoria?
En Chile, el teatro va evolucionando y deja de ser costumbrista, para pasar al experimental, y luego al del absurdo. De hecho, mi mayor referente hasta aquel entonces, José Ricardo Morales, se considera uno de los iniciadores en América del teatro del absurdo. Con el tiempo, con la trayectoria, empecé a tomar conciencia de lo que implicaba actuar, lo que significaba una puesta en escena… ¡lo disfrutaba mucho!
El año 1997, pasé a integrar el grupo Teatro del Viento de la actriz Claudia Hernández. En eso estaba, a mediados de 1999, cuando nació la idea de tener una organización teatral, una especie de movimiento independiente. Fue así como, en el año 2003, se constituyó la Agrupación de Teatristas de Elqui (ATEL), reuniendo en aquel entonces a diez compañías de La Serena y Coquimbo.
¿Cuáles han sido los logros de ATEL?
Consolidar un movimiento teatral en la región, con una cartelera constante, ofreciendo temporadas teatrales, itinerancias por distintas localidades, también ha dado pie a la realización de talleres, y obviamente, ha permitido adjudicarse importantes proyectos regionales y nacionales.
¿Formaste tus propias compañías?
Sí claro, en el año 2001 cree las compañías Colectivo Teatro Con-zumo y Las Tablas. Estaba feliz porque hacía muchas cosas. Entremedio, también me dediqué a la cuentería. En este periodo comienzo a escribir e incursiono en la dramaturgia, porque antes solo tomaba textos de otros autores. En el 2001 me adjudiqué un proyecto financiado por el Gobierno Regional de la Región de Coquimbo, con la obra El invitado. Ahí realmente sentí que podía vivir del teatro.
PREMIO FONDART
En el año 2003, empieza a trabajar con la connotada dramaturga Ángela Domas, en la obra El desayuno, con quien sigue ligado en las tablas hasta la actualidad. En el 2004 da vida a la primera obra de su autoría llamada Perro Puerto, historia que se desarrolla en Coquimbo y que versa sobre la identidad sexual, la incompatibilidad de dos personas que buscan amarse libremente en un contexto lleno de prejuicios.
¿Por lo visto ha sido un camino intenso?
Desde entonces no he parado de escribir y dirigir. Luego vinieron El éxodo, Errantes, Chango Cabaret, Chuchetas, Rosas, Las Marilym y Lambert. Para este año tengo en carpeta terminar las obras: El Calvario y El Buen Pastor, esta última es una historia verídica que relata episodios que acontecen en una cárcel de mujeres en el período de la dictadura.
¿Cómo ha sido la recepción del público?
Siento que cuesta mucho conseguir público para el teatro, pero hay que ser persistente.
¿Y cómo acercarlos al teatro?
Actualmente, estoy realizando un proyecto que busca acercar el teatro a las poblaciones con talleres dirigidos a las dueñas de casa y trabajadores. Esta es una experiencia que hemos venido replicando en los últimos años, dando vida a compañías de teatro en los sectores de Las Compañías en La Serena y San Juan en Coquimbo; con ambas estamos llevando a cabo la Temporada de Teatro Obrero en Coquimbo.
En la vida de Héctor las obras suman y siguen. Uno de los honores más recientes ha sido participar en el montaje de Gabriela y Pablo, en la cual interpreta al poeta Pablo Neruda y su compañera, Ángela Domas, a Gabriela Mistral. La obra nació como proyecto GORE. Luego, en el año 2012, reciben el premio Fondart, que les permitió llevar la obra a distintos puntos de la región. Dado el éxito, el montaje también se presentó en un festival en Francia, a partir de una invitación cursada por la Alianza Francesa.
Activo promotor de la cultura y las artes en la zona, su trabajo ha sido diverso e intenso, dedicando también, parte de su tiempo, a obras infantiles e importantes documentales, algunos de ellos próximos a estrenar.
"Me invitaron a participar de una obra de teatro que se llamaba La desgracia de los travestis, en ese momento ratifiqué que eso era lo que yo quería hacer el resto de mi vida”.