La vocación minera de Chile es inextinguible; la región de La Serena es donde el oro, el cobre y la plata permiten la formación de un capital que alimenta las redes comerciales interregionales mediante préstamos, a mediano y corto plazo.
Las economías periféricas, dependientes y complementarias al sistema económico español, son tributarias de materias primas, sujetas y dominadas por un monopolio comercial ejercido por la Corona, a través de sus instituciones y los intereses de las familias de nobles y comerciantes que viven en España o en los centros virreinales. La Capitanía General de Chile, solo cuenta con una pequeña región con valor económico, ubicada entre el desierto de Atacama y el valle central, hasta el río Bío Bío. En resumen, Chile es un reino pobre, con súbditos infelices cargados de deudas, a quienes el virreinato peruano debe enviar permanentemente socorros y, de vez en cuando, el rey los libera de pagar impuestos.
Sin embargo, la vocación minera de Chile es inextinguible; la región de La Serena es donde el oro, el cobre y la plata permiten la formación de un capital que alimenta las redes comerciales interregionales mediante préstamos, a mediano y corto plazo. Esta industria minera afincada entre el valle de Aconcagua y Atacama, siempre estuvo sujeta a métodos y técnicas primitivos de producción divorciados de lo que necesitaban los yacimientos. En el último tercio del siglo XVIII, las mayores innovaciones se dieron en el ámbito de la administración fiscal cuando se crean los Reales Tribunales de Minería y los gremios de mineros, quienes optimizan el aprovisionamiento del azogue; precios asequibles para comprar hierro y acero importados de Vizcaya, y así fabricar llaucanas, aporreadoras, barretas y picos; las maderas eran importadas desde Ecuador o desde Valdivia y Chiloé. Un avance significativo fue la construcción de estribos y puentes al interior de las minas de socavón.
¿Qué ocurre con el proceso industrial para producir barras de cobre de alta pureza? La Corona impulsa la creación de expediciones científicas para reconocer directamente la realidad de la minería, sobre todo de la plata en el Alto Perú, pero en desmedro de Chile. Ambrosio O’Higgins solicita al virrey Loreto de Buenos Aires, uno o dos de quince peritos metalurgistas que iban al Perú a innovar y crear escuelas técnicas de minería. Petición apoyada por los mineros de Copiapó y La Serena, pero denegada. Solo en 1794, la Real Administración de Minería contrata a Jorge Pasler, mineralogista alemán, experto solo en minerales de plata. El genio e inventiva de los empresarios y trabajadores mineros produce ciertas innovaciones como es el caso del trapiche inventado por Juan Francisco Herrera, minero de Coquimbo, quién habilita una máquina para facilitar la fundición del cobre. La innovación consistía en que los trapiches no necesitaban agua para mover la chancadora que trituraba el mineral y disminuía significativamente el tiempo de molienda. Un invento muy apropiado para la zona semiárida de nuestra región y en tiempos de sequía.
Pese a todas las dificultades, la producción global de cobre en chile, hacia 1700-1720, alcanza las 4,5 toneladas. En 1741-1760, las reformas administrativas elevan la producción a 15 toneladas. Y entre 1761 y 1800 se estaciona en las 20 toneladas, cada dos decenios. Su decadencia es inminente, pues disminuye la ley y se deben implementar nuevos métodos y técnicas y esta vez con el respaldo de estudios científicos. Así es como en La Serena aparecen dos grandes interventores de la minería regional: Claudio Gay e Ignacio Domeyko y el empresario privado y metalurgista, Carlos Lambert. La crisis de la economía cuprífera y de la plata se posterga hasta 1870. El interregno termina en 1902, pues comenzará el imperio financiero, científico y tecnológico de los Estados Unidos.