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EDICIÓN | Septiembre 2016

Plaza de Armas de Santiago: Un corazón que no deja de latir

Leonardo Mellado Docente de Pedagogía Media en Historia y Geografía Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad San Sebastián. Profesor de Historia, Geografía y Educación Cívica. Máster en Museología de la Universidad de Vall adolid, España.
Plaza de Armas de Santiago: Un corazón que no deja de latir

Existe un lugar único en la ciudad de Santiago que, por su historia, riqueza arquitectónica, diversidad cultural y valor patrimonial, toda persona que viva o transite por la capital debe conocer: la Plaza de Armas.

Todo parece indicar —pruebas arqueológicas e históricas de por medio— que previo a la llegada de los conquistadores españoles, el lugar donde hoy se encuentra la Plaza ya habría sido utilizada con fines políticos, administrativos, religiosos y comerciales por los incas a modo de un “tambo”, integrado al Tawantinsuyu (nombre dado al territorio sometido por dicho imperio).

Ello hace sospechar que finalmente el conquistador Pedro de Valdivia, decide convertir ese lugar en la capital del Reino de Chile, realizando un rito de fundación, el 12 de febrero de 1541.

Este emplazamiento vendría a cumplir la función de base militar (razón que justificaría su nombre “de armas”), sede administrativa y lugar de comercio. Era la Plaza Mayor, donde se realizaban procesiones, enjuiciamientos, ejercicios militares y deportivos. Y en su entorno fueron ubicados los símbolos de la dominación hispana: el Cabildo, La Real Audiencia y la Catedral.

Era una plaza dura, carente de toda vegetación u ornamentación, un espacio baldío, cruzado por acequias malolientes; hasta que hacia 1671 fue mandada a fabricar por el gobernador Juan Henríquez de Villalobos una fuente de bronce que hoy se encuentra en el patio de Los Naranjos de La Moneda.

Con el fin de la Colonia, Bernardo O’Higgins reafirma el cambio al llamar a la plaza “de la Independencia”, con una marcada orientación político-administrativa, con la presencia del entonces Palacio de Gobierno (Real Audiencia) y la residencia oficial de los mandatarios.

En 1835, el Intendente Cavareda mandó empedrar el espacio de la plaza y, hacia 1838, se instaló en reemplazo de la vieja fuente de bronce, la estatua de mármol blanco llamada “A La Libertad de América”, conocida popularmente como la “Estatua de los Lagartos” y que continúa refrescando los veranos de quienes se le acercan.

Tras el traslado de la sede de gobierno al palacio de La Moneda en 1845, la plaza perdió algo de protagonismo. Hacia mediados de 1850 se le añaden árboles, prados, jardines, esculturas, rejas y faroles; dándole un aire más europeo, siendo visitada por nuestra afrancesada elite de la época y volviendo a una de sus denominaciones más populares: “Plaza de Armas”.

En la década de 1870, sufre nuevas remodelaciones paisajísticas por parte del entonces intendente Vicuña Mackenna. En sus alrededores surgieron los primeros hoteles de corte internacional, así como diversos tipos de comercios como los que ocuparon el portal Fernández Concha.

Hacia el siglo XX veríamos nacer en la plaza, y particularmente en sus cocinerías, una serie de platillos que hoy forman parte de nuestra gastronomía moderna: en la década del veinte, un comerciante chileno llamado Eduardo Bahamondes Muñoz, tras una estadía en EE.UU., abrió un local de comida rápida conocida como “Quik Launch Bahamondes”, importando la receta del hot dog y dando origen a nuestro tradicional “completo”.

En la actualidad, ve el transitar de cientos de miles de personas, vestida de múltiples colores y con la presencia de artistas callejeros, es el cobijo de jubilados y extranjeros de distintas latitudes, lo que le da un dinamismo singular.

La Plaza de Armas se rehace todos los días. Punto de encuentro natural, kilómetro “0” de la capital, corazón urbanístico y patrimonial que late desde que la ciudad de Santiago existe con este u otros nombres, hace quinientos años o más.

 

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