El pasado 28 de agosto, a los ochenta y nueve años, nos dejó el más grande pintor informalista de América: José Balmes Parramón, nacido el 20 de enero de 1927 en Montesquieu, Cataluña, España. Llegó a las costas de Valparaíso cuanto tenía apenas doce años a bordo del Winnipeg, junto a sus padres y a un grupo grande de refugiados españoles.
Desde niño supo que iba a ser pintor, sus primeras clases fueron en España, una España en esa época sacudida por la guerra civil. Luego, a los dieciséis, empezó sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile, donde con el tiempo llegó a ser profesor, director y decano, cargo que ejerció hasta 1973, cuando partió al exilio junto a su familia a Francia. Así vivió un doble exilio, el que formó el carácter de este hombre que mediante su pintura quiso entregar una visión testimonial y crítica de las acciones humanas a veces incomprendidas, no sólo como parte de su historia, sino que como parte de una memoria colectiva, de un compromiso y denuncia de la realidad de su época.
El uso del color aplicado a través de brochas, pinceles, spray y rodillos, la pintura aerosol, su cuestionamiento del bastidor como soporte, los objetos que se fueron incorporando a sus obras como bolsas de plástico, pedazos de género, hojas, periódicos, y otros elementos cotidianos, son parte de su expresividad extrema y que generaron obras de un fuerte cuestionamiento sobre nuestra realidad inmediata y sobre la sociedad que queremos construir.