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EDICIÓN | Septiembre 2016

El conde de Caliboro

Conde Francesco Marone Cinzano viña La Reserva de Caliboro
El conde de Caliboro

Es el único conde del mundo que ha recibido tal distinción por su trabajo vitivinícola. Proveniente de la familia italiana Cinzano, quienes por más de quinientos años se hicieron cargo de este brebaje en Europa, Francesco no sólo siguió el trabajo de sus antepasados, sino que innovó, llegando a plantar parras de su tierra a la región del Maule, con el fin de hacer el mejor vino tinto, orgánico y biodinámico de nuestro país. Los especialistas dicen que ya lo logró.

Por María José Pescador D. / fotografía Francisco Cárcamo P.

Ya había escuchado hablar de este famoso conde que pasaba algunos de sus ajetreados días en una casona patronal de los campos del Maule, con el fin exclusivo de trabajar estas tierras para hacer el mejor vino tinto de Chile. ¿Pero qué lo trajo desde la maravillosa Toscana, en donde vive y tiene una de las viñas más apreciadas de Italia, a nuestro país? Bueno pues, la búsqueda incansable de un lugar en el mundo para hacer un vino absolutamente natural, orgánico y biodinámico.

Es sábado y con un par de días de anticipación me avisan que el conde está en Chile, y hará una cata organizada por La Cava del Pescador —tienda en donde vende exclusivamente sus vinos— en Caliboro, el pueblo en donde tiene la viña, a unos veinticinco minutos de San Javier hacia la cordillera, región del Maule.

Francesco, el único conde en el mundo que ha recibido esta denominación gracias a su trabajo en el vino, sólo viene a Chile dos veces al año, y permanece unos cinco días. Por fin llegamos a una casona de adobe en donde destacan los altos techos, y una parra en el entrepatio que tiene más de cien años. Vemos unas treinta personas, unos comen sopaipillas, otros, sopa de calabaza, mientras en el horno de barro se cocinan un par de lechones.

Busco al conde entre la gente y no lo veo. Hasta que de repente se me acerca un señor alto, de barba y bigotes frondosos y completamente blancos. Sombrero de huaso de un gris plateado y una manta en tonos cafés de alpaca que abrazaba todo su cuerpo. Con un acento italiano muy marcado, me ofrece unos chicharrones recién hechos y vino navegado exquisito. Él también toma. Atiende a sus invitados, está pendiente de todo. Hasta que logramos sentarnos a conversar con él.

¿Cómo fue tu infancia?

Yo he nacido en el vino, he nacido en el Vermouth, en los vinos espumosos, he nacido con toda esa herencia de muchas generaciones de producir vinos.

¿Cuántas generaciones?

Muchas, muchas, más de doce o catorce… y siempre buscando la calidad y la innovación. Entonces la innovación para mí ha sido venir a Chile… En un principio, Francesco no siguió la tradición familiar. Estudió economía en Ginebra y pronto empezó a viajar por el mundo siguiendo una de sus pasiones: el arte. “Empecé a trabajar en el mercado del arte, en las subastas y todo eso. Hasta que en un momento dado mi padre me dijo que me iba a pagar lo mismo que ganaba si me dedicaba a los negocios de la familia”.

¿Cómo empezaste?

Mi padre me preguntó dónde quería trabajar, y yo le dije que en Australia. Ahí teníamos una sucursal y donde también producimos vino, que en ese entonces era Cinzano–Vermouth, perteneciente a su familia por siglos, una especie de vino hecho con hierbas y que tomaban los romanos.

¿Qué pasó con este negocio?

Llegó el siglo XXI y empecé a dedicarme a los vinos tintos, hechos al estilo antiguo, tradicional.

LA APUESTA

Francesco fue el primer personaje que apostó por el Maule, y eso es lo que hay que aplaudirle. Buscó tierras y llegó a este fundo en Caliboro, que posee un clima secano, que permite que sus parras no sean regadas. Fue la primera persona en traer la mayor expedición de vino a Chile. En el noventa y cinco importó desde la región de Montpellier, Francia, veintidós mil estacas leñosas, las que por temas burocráticos pasaron tres años en cuarentena. Finalmente el material se liberó para ser plantado en estas tierras.

Con estas estacas, que fueron clonadas por los trabajadores del fundo —cabe destacar que sólo son técnicos agrícolas, pues aquí no hay enólogos ni agrónomos— se hizo el Cabernet Sauvignon, el Cabernet Franc y el Merlot. La primera cosecha sería el 2001. En esa época llovía más, hoy en cambio, una planta de este tipo —biodinámica— madura en seis años; una hecha al estilo moderno o tradicional, sólo tarda dos. De estas recién hoy están saliendo al mercado las cepas que seguramente van a causar más curiosidad: la Alicante, Mourvèdre, el Tempranillo, y el Petit Verdot.

¿Después de Australia?

Viví en muchos países, en Estados Unidos, en Europa, en las Américas hasta que finalmente decidí venirme a Chile.

¿Por qué?

Porque vi una oportunidad muy grande en el mundo del vino; estamos hablando de los años noventa cuando Chile exportaba poco, pero se veía todo el potencial. Yo vi ese potencial y esto es lo que se dio...

¿No era un poco lejano y desconocido Chile?

No. Chile tiene su historia en el mundo del vino. Fue reconocido ya en los años veinte por la calidad. Y yo tengo la ventaja de venir de una familia vitivinícola por generaciones; ya sabía lo que iba a pasar aquí con el vino. Estaba todo muy claro, lo supe en cuanto llegué. No había duda que tendría renombre internacional.

¿Y viniste a hacer vino?

Llegué para fabricar el mejor vino que Chile pueda hacer. Para eso busqué el lugar en donde llegaron los primeros colonizadores, y está aquí, por eso la ruta que cruza este valle se llama Ruta del Conquistador, fue la primera que se construyó en este país. Esta es la zona que fue elegida como la más apta para vivir, plantar huertas, entre otros… Y sigue teniendo esa característica.

¿Cuando llegaste al Maule no había ninguna viña?

De estilo moderno, quizás no. Es decir, con bodega equipada y un conocimiento del terruño y del clima, del manejo de la viña con un cierto nivel de investigación y desarrollo previo… En el Maule hay mucha agricultura de estilo tradicional. Aquí tenemos parras centenarias absolutamente biodinámicas, que es más que orgánicas; por nuestras parras ni siquiera entra un tractor porque están todas chuecas, apenas pasa un caballo, y esa es una gran riqueza de Chile, ningún otro país del mundo tiene esto… Ningún país tiene la viticultura que practicaban los antiguos romanos… esto que es parte de nuestra cultura y civilización, este país lo tiene.

¿Y decidiste instalarte aquí?

Como ves, aquí estoy en mi casa. Me quedé diez años. Aquí nació nuestra hija, y ahora que tiene dieciocho años le voy a sacar pasaporte chileno. Chile es parte de nuestro ser familiar.

¿Por qué no te quedaste?

Porque tengo una viña muy importante en la Toscana —llamada Col D’Orcia, ubicada en Brunello di Montalcino, una de las regiones Italianas más cotizadas del mundo para hacer vinos—, entonces tenía que ocuparme de ella, por eso regresé, pero eso no significa menos atención ni menos cuidado a esta viña.

ERASMO DE CALIBORO

Si bien se importaron estacas de Europa, el Torontel de Erasmo se hace con parras centenarias ubicadas cerca del fundo, en tierras de un agricultor que las tiene y las usaba para hacer su propio vino blanco. Y aunque la historia cuenta que este hombre quiso sacarlas por su baja producción, fue Francesco quien descubrió estas parras, entonces le dijo al dueño que él siguiera trabajándolas de la forma artesanal y antigua que lo hacía y él le compraba la uva. De aquí entonces nace uno de sus vinos más icónicos. Fue de esta misma manera como el conde encontró en otras parras antiguas de la zona la posibilidad de hacer el Erasmo Barbera Garnacha Carignan, otro indispensable.

¿Por qué Erasmo?

Erasmo era el nombre del agricultor que vivía aquí y sabía todo sobre estas tierras. Él me enseñó sobre el clima y los secretos del fundo. Me ayudó a tratar los suelos y prepararlos para las plantas que importé de Europa. Yo lo conocí y me enseñó todo lo que tenía que aprender de este lugar.

Cuéntame de la bodega que es del siglo XIX

La bodega hoy es patrimonio nacional, hay muy pocas bodegas coloniales de adobe todavía funcionando para el fin original: una bodega de vino para abastecer la casa patronal del fundo Caliboro que queda aquí a pocos kilómetros. Nosotros la restauramos y la hemos mantenido en su uso original, lo que es bastante insólito y único.

¿Cuánto producen?

Unas cien mil botellas al año. Un veinte por ciento se queda en Chile y el resto se va a China, Brasil, EE.UU., Canadá, en fin a a muchas partes…

¿Por qué no quieren entrar al retail?

Es un vino exclusivo, sólo está en tiendas especializadas. Es un vino por descubrir, no es para todo el mundo, no se produce lo suficiente para abastecer todo. Es para quienes entienden de vinos, y han empezado a desarrollar su paladar y el conocimiento vitivinícola y quieren algo con una relación calidad-precio que no tenga competencia.

¿Lograste hacer el mejor vino de Chile?

Sin duda. Pero no he terminado la tarea. Queda mucho por delante.

¿Cuando vienes a chile te quedas solo en la viña?

¿Donde más voy a ir si este es el paraíso?

 

"Llegué para fabricar el mejor vino que Chile pueda hacer. Para eso busqué el lugar en donde llegaron los primeros colonizadores, y está aquí, por eso la ruta que cruza este valle se llama Ruta del Conquistador, fue la primera que se construyó en este país. Esta es la zona que fue elegida como la más apta para vivir, plantar huertas, entre otros…”.

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