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EDICIÓN | Septiembre 2016

La risa y la simpleza

Alejandro Fernández y su “Ruta de la Felicidad”

Vivió todo el 2015 recorriendo Chile arriba de una combi. Su objetivo era descubrir qué hacía felices a los chilenos. En el camino se encontró con grandes personajes, con historias marcadas por la simpleza, la no competencia y la sana relación con el entorno, pero también con un país distinto, con uno que lo hizo replantearse su propia vida. Y que lo hizo ser mucho más feliz.

Por Mónica Stipicic H. / fotografía Ruta de la Felicidad.

El “Pollo” Fernández no es un tipo común y corriente. Nunca lo ha sido. Es abogado de la Católica, pero parece que hasta ahí llega su “cuadratura” con la sociedad.

Recién se había titulado cuando le ofrecieron trabajar en el gobierno de Sebastián Piñera. Tenía veintiséis años cuando asumió como jefe de gabinete de la ministra Schmidt en el SERNAM y treinta cuando terminó el período en el mismo cargo, pero en el MINEDUC. Entremedio, la idea de ser autoridad no le acomodó demasiado y sintió que era necesario darle un espacio a su vocación social, por lo que agarró su ropa, desocupó su departamento y partió a vivir a la población La Bandera.

De traje y corbata de día, en el Congreso y en La Moneda. De short y polera en la noche, jugando futbol con los niños de la calle. Con chofer a ciertas horas y en micro en otras. En almuerzos políticos al mediodía y terminando de servir la comida en la hospedería de la parroquia a la medianoche. Esa era la doble vida que disfrutaba. Y la que le hizo pensar y descubrir muchas cosas.

“Aunque suene cliché, me di cuenta de que muchas veces la gente no tiene resueltas sus necesidades básicas, pero tiene relaciones personales que los hacen muy felices. Yo fui inmensamente feliz durante el año y medio que viví ahí, me sentí parte de algo, querido. Me di cuenta de que nos volvemos locos hablando de crecimiento económico y de trabajo, pero sin preguntarnos el para qué… y cuando tu foco está puesto en crecer, terminas habitando una ciudad gigante, con personas que andan cuatro horas al día en una micro para moverse entre el trabajo y la casa. Y que, objetivamente, tienen trabajo y plata, pero ni siquiera tiempo para ver a sus hijos. Eso no te hace feliz y esa es la mirada que hay que cambiar”, explica.

Fue entonces cuando comenzó a darle vueltas a la idea de saber cómo vivían los chilenos este tema, descubrir qué los hacía felices y si existían algunas características comunes sin importar el lugar en que vivieran. Era el año 2012 y algo se estaba empezando a hablar del tema alrededor del mundo, había algunos estudios de grandes universidades y ciertas empresas empezaban a preocuparse de eso. “Me metí a internet buscando autos para viajar y encontré una combi. Ni siquiera tenía claro cuándo lo iba a hacer, pero igual la compré y la remodelé completa. Era una liebre amarilla, que pintamos con los colores de Chile”, recuerda.

Entusiasmado, comenzó a contarles el tema a sus amigos. Hasta que un día la idea llegó a oídos de un editor de La Segunda, quien quiso mostrar su historia. La nota anunciaba que el jefe de gabinete de la ministra viajaría, durante el 2013, a hacer un censo de la felicidad. Aparte del reto de su jefa y la promesa de que no iba a renunciar a su trabajo porque el viaje no tenía una fecha clara, este anuncio le sirvió para que algunas empresas se acercaran a él y le ofrecieran ser parte de su proyecto. Así llegó a Coca Cola, que a través de su Instituto de la Felicidad le ofreció trabajar juntos y financiar el viaje, que se transformaría en un programa, transmitido vía web a través de las redes sociales y Emol TV y, potencialmente, en un futuro show de televisión. Fue en esa etapa donde se sumó al proyecto Nicolás Casanova, historiador y productor audiovisual, quien se transformaría en la otra mitad de esta ruta, a cargo de la producción y la realización audiovisual.

NOS FUIMOS…

Partieron el 13 de enero de 2015. La combi cargada hasta el techo con ropa, comida, cocinillas, sacos de dormir, cables, luces y cámaras. Alejandro y un camarógrafo llegaron tres días después para tomar un ferry a Puerto Natales. La idea era aprovechar el verano y empezaron el recorrido de sur a norte.

Al principio no fue fácil. Había una mezcla de ansiedad y de mucho nervio frente a lo desconocido, además de las dificultades propias de convivir 24/7 y dentro de un auto con alguien a quien no conoces demasiado. De hecho, en Coihaique tuvieron una pana muy grande y parte del equipo volvió por unos días a Santiago. Ahí aprovecharon de realizar algunos cambios y viajó otro camarógrafo, el “Chema” (José María de la Vega), quien acompañó al “Pollo” hasta el final.

¿Cuál era la mecánica de trabajo?

La idea era llegar a los lugares y generar vínculos, sentarse a conversar. Estábamos cuatro o cinco días en un lugar, la misma gente nos iba dando datos, tratábamos de mantener las cámaras lejos al principio porque las entrevistas tenían que ser reales y naturales.

En lo concreto, la combi recorrió Chile desde Puerto Toro hasta Visviri, incluyendo la Isla de Pascua, desde el 13 de enero al 22 de diciembre de 2015. El auspicio vino a través de la Ley de Donaciones Culturales, lo que significó que todo el proyecto se manejara con mucho orden y seriedad. El equipo tenía un presupuesto diario, una planilla excel y un cuaderno en que iban pegando todas las boletas, además, todos los días debían pasar un par de horas descargando cien gigas de material. Una rutina muy marcada, nada de sabática. “Podríamos dar clases de producción después de esto”, bromea el Pollo.

Honestamente, ¿cuántas veces agarraste a patadas la combi y dijiste que querías irte a tu casa?

La combi la pateé varias veces, cuando se quedaba en pana. Pero nunca quise parar, realmente lo disfruté. Claro que había días más cansadores, pero toda la mala onda se te pasaba en dos segundos cuando compartías con la gente.

LOS PERSONAJES

La idea de La Ruta de la Felicidad siempre fue mostrar qué hacía felices a los chilenos. Por lo mismo, se construyó sobre la base de personas y personajes, de historias que Alejandro fue rescatando durante su periplo. Obviamente, hubo algunas que lo marcaron más que otras.

El primero de ellos fue Jari, un finlandés que salió del país con uno de los modelos económicos más exitosos y dejó allá un alto puesto gerencial que terminó costándole el matrimonio y la relación con su hija. Casi a los cincuenta se compró un pasaje para viajar por el mundo y en la India conoció a una chilena. Se enamoraron, se fueron a Puerto Natales y montaron un hostal. Él es feliz porque ahora todos lo saludan, tiene más amigos y porque descubrió que con sólo dedicarle un minuto a alguien puedes conocerlo y conectarte.

“También, en Villa O´Higgins conocimos a Mauricio Melgarejo, un gallo de Temuco que agarró sus cosas y se fue al último punto de la carretera austral, donde al principio se instaló en una carpa y después fue construyendo una casa con los materiales que tenía a mano. No tiene electricidad, recarga su teléfono andando en bicicleta, no paga ninguna cuenta, no conoce las deudas… su aporte al PIB es cero, pero vive extraordinariamente bien”, recuerda Alejandro.

Durante el camino fueron poniéndole cara y sentido a todo lo que habían leído en teorías acerca de la felicidad. Se dieron cuenta de que efectivamente existían elementos comunes entre todos los que se consideraban felices, como el desapego hacia lo material, la no competencia, los vínculos de calidad, la relación con la naturaleza y la cercanía con la divinidad, fuera esta Dios o cualquier otra fuente de desarrollo espiritual.

“También nos llamó la atención el lonko Cristián Chiguay, en Yaldad, al sur de Chiloé. Él nos invitó a dormir en su ruca y nos contó que era feliz porque no necesitaba competir con nadie, no tenía que ganarle a otro para disfrutar de lo que tenía”, recuerda.

Me imagino que no sólo descubrieron felicidad en casos tan extremos… no hay que ser Robinson Crusoe para ser feliz… ¿o sí?

No, para nada, esos casos se dieron mucho más en el extremo sur. En el Lago Ranco, por ejemplo, Margarita Leiva tenía una cocinería mapuche e hizo unas reflexiones tremendas respecto de la familia de hoy, de cómo las nuevas tecnologías han significado que la gente deje de conversar. Otro de los aprendizajes fue que muchas de las buenas conversaciones las tuve con gente mayor y que, por lo mismo, deberíamos escuchar más a nuestros viejos. En esa misma línea, también fue maravilloso el encuentro con Bernardo Blanchard, el Hermano Pacho, en el Valle del Elqui, un viejito muy místico, con una energía increíble y que habla del amor como la única religión, como la energía que mueve al mundo.

¿Cómo se vuelve a vivir normalmente luego de un año así?

No sé todavía… me ha costado mucho enchufarme de vuelta, ha sido raro. Es rico ver a los amigos, la familia, tener tu ducha y tu lavadora, pero me ha costado volver a entrar.

¿Qué queda del Alejandro de antes? ¿Puedes ponerte una corbata y partir a tribunales después de una experiencia como esta?

No, definitivamente no. Tampoco se trata de pasarse la vida en movimiento ni escapándose… el desafío ahora es recoger esa experiencia y generar los cambios acá. Ojalá desde la política pública y la sociedad civil poder construir un mundo un poco mejor

 

"Nos volvemos locos hablando de crecimiento económico y de trabajo, pero sin preguntarnos el para qué… y cuando tu foco está puesto en crecer, terminas habitando una ciudad gigante, con personas que andan cuatro horas al día en una micro para moverse entre el trabajo y la casa”.

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