La industria del espectáculo estadounidense es así, perfeccionan sus productos. Stranger things, la sensación de la temporada de Netflix y objeto de debate sobre su verdadero valor artístico y alcances generacionales, ha concentrado como ninguna otra producción dramática, notorias citas a la cinematografía hollywoodense de los ochenta, cuando las fórmulas de Steven Spielberg y George Lucas gobernaban. La etapa en que el cine familiar, la modalidad que hoy dicta la cartelera, sentó su reino. Y si ese tributo no es suficiente, se aseguran con una elegante cuota de pleitesía a la literatura de Stephen King. Así, esta es una serie de terror y suspenso para adultos ambientada en la primera mitad de los ochenta, protagonizada por niños que están a las puer tas de la adolescencia. Como bonus track para reforzar la nostalgia: Wynona Ryder, ícono juvenil de los noventa, es una de las protagonistas, y la banda sonora incluye una fina selección del rock ochentero con The Clash y Joy Division, entro otros.
Algunos juicios olisquean algo así como una trampa con los guiños y no dejan de tener cierta razón. En algún minuto tanta referencia entorpece la trama de Stranger things. Al comienzo puede ser divertido dar con el vínculo original —las abundantes escenas que prácticamente calcan a E.T., por ejemplo—, pero el guión divierte, tensiona y atrapa sin necesidad de montar en paralelo esa especie de concurso de trivia en el que se convierte Stranger things para el espectador que creció en aquellos años. Tampoco es grave y terrible, no desdibuja a la serie, sino que provoca la misma sensación de una gambeta de más en un crack. Los ocho episodios se hacen la nada, señal inequívoca de entretención.