Todos los caminos llevaron a Valentina Pino Quiroga a encontrarse con la flora nativa. Hoy no sólo se dedica profesionalmente a su propagación con su vivero y como paisajista, sino que, además, da a conocer su existencia a través de la ONG Pronativa.
Por Paz Moraga S. / fotografía Sonja San Martín D.
Mientras estudiaba Arquitectura en la Universidad del Desarrollo, Valentina Pino sabía poco o nada de la flora nativa. Reconoce que durante sus años de pregrado nunca profundizó en la diferencia de una especie u otra. Pero todo cambió cuando se fue a hacer un postgrado de Arquitectura del Paisaje en la Pontificia Universidad Católica de Chile, “ahí se me abrió el mundo, en el sentido de la identidad nacional, que del cien por ciento de la flora nativa chilena, el cincuenta por ciento es endémica”.
Este encantamiento se reforzó aún más durante los nueve meses que Valentina estuvo trabajando en Estados Unidos, en una empresa de paisajismo y diseño urbano. “Ahí, fue mucho más el refuerzo sobre la importancia de diseñar partiendo de la base paisajista y no al revés, que es lo que estamos acostumbrados acá. Uno observa el terreno, planifica dónde van las construcciones, el área verde, la orientación y luego aparece el arquitecto a diseñar la construcción en sí. Acá es la construcción primero, y ahí se ve qué se hace con el entorno”.
Con una visión un poco más amplia, la joven arquitecta regresó a Chile con una idea más o menos clara de lo que quería seguir haciendo, que era incluir flora nativa en sus proyectos de paisajismo. Investigando, se dio cuenta que en Concepción no había viveros especializados. “Mis papás tienen un campo en Chaimávida. Con el espacio definido, empecé comprando plantas chicas para ver cómo producir flora nativa. Investigué para aprender a propagar y abrir así un vivero, partiendo con árboles nativos. Además, el campo tiene un pequeño bosque autóctono, con alrededor de doce especies distintas. Empecé sacando semillas de ellos y me conseguí otras”, explica Valentina. Así, construyó naves para unas ochenta mil plantas y alrededor de cinco mil árboles en bolsa.
“¿CÓMO LO DOY A CONOCER?”
De familia de médicos, Valentina recuerda que de niña su abuela la llevaba a podar las plantas. En ese simple acto, conoció un poco más de cerca el trabajo con la tierra. Reconoce que su generación está un poco más alejada de conceptos, como paisajismo y entorno.
Luego de iniciado su proyecto y al darse cuenta de lo poco que sabía sobre plantas autóctonas, la población en general, se decidió a crear la ONG Pronativa. “Había que hacer difusión de lo que tenemos, de la identidad regional y nacional con la flora nativa. Y la única forma de que a uno la escucharan las empresas o los colegios, era estar constituido de alguna manera”.
Con un grupo de trabajo, que incluye a su socia Alejandra Soto, definieron tres líneas de acción para la ONG: paisajismo comunitario, educación ambiental y conservación y restauración. Además, Valentina encontró un muy buen partner en la Facultad de Ciencias Forestales de la Universidad de Concepción, quienes la apoyan con semillas.
Con las líneas de acción definidas, se acercaron a los colegios, donde han tenido muy buena recepción. “Comenzamos con la Escuela de Tumbes, y les propusimos limpiar la playa. Paralelamente, les hicimos un taller de educación ambiental, donde los niños reconocían los tipos de hojas de los árboles nativos, y plantamos árboles en el colegio”.
A lo anterior se suma lo que han conseguido en una de las laderas quemadas del Cerro Caracol. Allí, con dos establecimientos de la ciudad, han estado plantando árboles, acción que pretenden retomar prontamente. “Organizamos todo en el marco de la flora nativa, de lo que podemos mostrar a la gente. Dependiendo de qué institución sea, decidimos el tipo de actividad”, cuenta la paisajista.
Valentina apuesta a que hay un cambio de conciencia, en general, en las nuevas generaciones, por eso cree tan importante llegar a los colegios particularmente, “ellos (los colegios) están conscientes de que hay que salir a terreno, que los niños sientan la tierra, el olor, las hojas”.
UNIDOS EN UNA PASIÓN
Valentina explica que hace lo que más le gusta, y que puede dividirlo en estos tres proyectos: ONG, el vivero y sus proyectos de paisajismo. “Trabajo en la ONG, pero paralelamente tengo proyectos de paisajismo privados y no privados. En ambos trato de incluir flora nativa”. Aunque reconoce que le encanta el trabajo de difusión de la flora nativa, el entusiasmo de los niños es lo que le llena el alma y lo que la incentiva a seguir adelante.
A pesar de que no se trata de una iniciativa familiar, Valentina cuenta con el apoyo de su hermano, Jorge Pino y, en comunicaciones, con su marido Paulo Muñoz, además de un equipo de diez personas, que asumen diversas tareas. Todos con un objetivo común que es sensibilizar a la gente con los problemas medioambientales, comprometerse en la solución y tomar acción para mejorar el hábitat común. “Queremos concientizar y sensibilizar sobre nuestros entornos y la problemática socioambiental que nos afecta. Motivar y contribuir mediante diversas metodologías a la mejora de las áreas verdes a través de proyectos de reforestación, arbolados, restauración, plazas, control de erosión, etc.”.
En la difusión que realiza Pronativa, Valentina destaca que la flora nativa está presente en todas partes, e invita a las familias a conocerla. “Acá tenemos nuestro hermoso patio que es el Cerro Caracol, ahora convertido en el Parque Metropolitano, que tiene flora nativa por todo el camino hasta llegar al anfiteatro; la misma Universidad de Concepción; la Laguna de San Pedro de la Paz y, por supuesto, la Reserva Nonguén”.
"Comenzamos con la Escuela de Tumbes, y les propusimos limpiar la playa. Paralelamente, realizamos un taller de educación ambiental, donde los niños reconocían los tipos de hojas de los árboles nativos, y plantamos árboles en el colegio”.