Arquitectura, belleza, historia, cultura, arte, música, baile… todos los conceptos parecen revolotear en el aire de este histórico edificio. Desde la calle que lo rodea, hasta las personas que lo habitan, todo parece detenido en un curioso espaciotiempo donde lo único que importa es el goce, la libertad y la creación.
Por Mónica Stipicic H. fotografía Andrea Barceló A.
El principal escenario de nuestro país, aquel en que se concentran las más importantes muestras de ópera, ballet, conciertos y espectáculos, realiza más de trescientas funciones anuales y su edificio fue declarado Monumento Nacional en 1974.
Inaugurado el 17 de septiembre de 1857 con la ópera Ernani de Giuseppe Verdi, los terrenos en que se levanta fueron cedidos desde la ex Universidad de San Felipe al municipio de Santiago y las obras se iniciaron en 1853, bajo las directrices del arquitecto Francisco Brunet de Baines, quien falleció en la última etapa del proceso, y fueron finalizadas por Lucien Hénault y Manuel Aldunate.
Desde sus primeros años, llamó la atención por su estilo neoclásico francés y su decoración romántica. Pero a poco andar, la noche del 8 de diciembre de 1870 y después de una exitosa función, un incendio destruyó el edificio y cobró la vida de un tramoyista y del primer mártir del Cuerpo de Bomberos de Santiago, Germán Tenderini (en cuyo honor se nombró la calle que limita con el lado oriente del recinto). Muchos de los registros de los primeros años del teatro se perdieron ese día, incluso hay algunas pinturas y esculturas que aún existen y cuyo origen se desconoce.
Los desastres han sido parte importante de la historia del Municipal. Tres incendios y dos terremotos han ido modificando su estructura original y hoy de los primeros detalles queda muy poco: sólo algunas molduras en el techo de la sala principal. El terremoto de 1906 destruyó el foyer y la sala, después de eso se incorporó la energía eléctrica, se reemplazó el adobe por ladrillos cimentados en piedra y envigados en madera.
La platea originalmente era plana y los asientos podían moverse, ya que el teatro sirvió también, en un principio, para ofrecer bailes de gala. Desde sus inicios se le concibió como un espacio de gran importancia social, ideal para “mostrarse” y lograr reconocimiento. Hoy este espacio tiene una leve inclinación y las butacas están fijas. De todos sus costados aparecen los palcos, que son los balcones ubicados en el segundo y tercer piso. Cada uno de ellos está adornado por una pareja de querubines que sostienen un óvalo con el nombre de algún artista.
Los palcos más importantes son el presidencial y el municipal, ubicados uno frente a otro y al costado del escenario. Son los más llamativos, pero también los que poseen la peor ubicación, con una vista parcial del escenario y una acústica muy pobre. La razón para ubicarlos así respondía sólo a la necesidad de visibilidad social: en esos años era más importante ser visto que ver bien.
El techo de la sala principal es una las joyas del teatro. Realizado tres años después del primer incendio por el alemán Ernesto Kirbach, representa con alegorías la música, la danza, la tragedia y la comedia. Aunque da la sensación de ser una cúpula, lo cierto es que el techo es plano y sus ilustraciones no son frescos, sino que están pintadas sobre una tela, lo que ha permitido recuperarlas cada vez que ocurre un desastre, como lo fue el segundo incendio, ocurrido en 1924, y que comenzó en una de las cortinas del escenario. El centro está coronado por una impresionante lámpara de cristal, con noventa y ocho luces y 2,40 metros de diámetro, que fue instalada en la década del cincuenta y que se salvó providencialmente del terremoto de 2010 porque justo había sido bajada para su limpieza.
La actual capacidad del teatro es de mil cuatrocientos espectadores, que se reparten entre la platea, los dos pisos de palcos, balcones, galería y anfiteatros, que según los entendidos presenta la mejor relación precio calidad para el público, pues entrega una visión completa del escenario y una altura adecuada para disfrutar del espectáculo. Durante el año, el Municipal realiza cuatro tipos de espectáculos: grandes pianistas, conciertos, ballet y ópera.
El escenario es el lugar en que más se notan los avances de la tecnología. Sistema de sobre titulaje para las óperas, métodos computarizados de iluminación y sonido y plataformas móviles para el foso de la orquesta, que permite elevarlo o bajarlo según los requerimientos del espectáculo. En 1995 se cambió el telón, que databa de 1926, por el actual, de terciopelo rojo, que pesa mil doscientos kilos y mide más de catorce metros de alto. La sala se encuentra temperada de manera uniforme de acuerdo a los espectáculos que allí se presenten, porque el ballet requiere temperaturas de 25°C para evitar lesiones de sus artistas, mientras que los conciertos exigen calefacción de 21°C para que no desafinen los instrumentos.
COMUNES Y PRIVADOS
La fachada del teatro ha sufrido varias modificaciones a lo largo del tiempo. Al principio ostentaba un pórtico adornado por arquerías e iluminado por siete faroles a gas. Después del primer incendio se abrieron siete arcos, correspondientes a las puertas de acceso y se colocaron una serie de estatuas, que se perdieron en el terremoto de 1906. En la reconstrucción se rehízo el frontis, unificando el pórtico con el resto de la fachada principal, que se extiende sobre la calle Agustinas.
Los espacios comunes o “foyeres” son tres. El principal es el Foyer Agustinas, que, hasta 1920, lució una monumental escalera imperial de mármol blanco. Este espacio cumple dos funciones: que la gente se encuentre y se reúna y prepara a los asistentes para ingresar a la sala principal, lejos del ruido de la calle. Adicionalmente, posee algunas pantallas para que quienes hayan llegado tarde a la función, puedan esperar hasta el intermedio para entrar sin perderse lo que adentro ocurre.
El Foyer de Tenderini, también conocido como la Sala La Capilla, es el que mejor conserva la estética original del teatro. En los inicios era el espacio en que se reunían las mujeres (separadas de los hombres que se encontraban en el Foyer Agustinas), y hoy funciona como una sala multiusos. En sus paredes cuelga un gran cuadro llamado El Carro de Apolo, cuya información se perdió en el primer incendio, por lo que ni siquiera se sabe su autoría.
El tercer espacio común, y quizás el más utilizado, es el Foyer de San Antonio, ya que funciona como acceso principal para funcionarios y artistas. Destacan en él los vitrales del techo y el piso de cerámica que imita al original.
En el tercer piso del teatro se encuentra la Sala Claudio Arrau, antiguamente llamada Salón Filarmónico. Su techo era originalmente el del Foyer Agustinas (que se encuentra justo debajo y que hace un siglo redujo su altura). Se trata de un espacio muy útil, en que se realizan ensayos, audiciones, encuentros coreográficos y charlas. La rodean y observan desde la altura los rostros de ocho compositores que, aunque no llevan nombre y durante años generaron algunas dudas, hoy se cree que corresponden a Beethoven, Ponchielli, Gounod, Verdi, Bellini, Wagner, Berlioz y Mozart.
Dentro de los espacios privados que esconde el Teatro Municipal, existen dos que realmente son mágicos y están llenos de historias que contar. El primero de ellos es el taller de pinturas, donde se confeccionan a diario los telones para las escenografías y las molduras. Casi la totalidad de las obras escenográficas se realizan a mano, no con proyectores de luces, por lo que resulta mágico cómo se pulverizan los colores sobre telas que pueden llegar a medir veinte metros. Los artistas trabajan todos los días desde una pasarela de altura, que les permite ver de manera completa el avance de su trabajo.
Quizás uno de los lugares más atractivos de este espacio es el taller de vestuario. El espacio desde donde nace la magia, donde se diseñan, se cortan, se cosen y se prueban otras vidas, personalidades paralelas, mundos diferentes. El taller, que hace pocos meses volvió a funcionar con normalidad y en su espacio de siempre, luego de verse seriamente afectado por el incendio del 2013, se divide en: sastrería, zapatería, vestuario femenino y tocados y sombreros. En él trabajan veintidós personas y la que menos tiempo lleva ahí ha trabajado por trece años… ¿la más antigua?: cuarenta años. Todos laboran arduamente para el estreno de La Traviata, y en sus mesas y máquinas pasan rasos y sedas que darán vida a elegantes vestidos. La ópera es el espectáculo que más trabajo implica en términos de vestuario, peluquería y maquillaje. Todo a cargo de este departamento.
El recorrido termina en la zona de los camarines. Un cuadrado rodeado de balcones en que los artistas pasan los instantes antes y después de cada espectáculo. Los del primer piso siempre corresponden al director de orquesta y, en el caso de la ópera, a la voz principal, y en el ballet a los primeros bailarines. De ahí van subiendo de acuerdo a su importancia dentro del montaje y van accediendo a camarines compartidos o individuales. Al costado está la puerta que marca el camino hacia el escenario. El último punto para dejar por un momento de lado sus vidas comunes y corrientes para entrar en el universo de la fantasía, de la música y de la perfección.
El Teatro Municipal ofrece visitas guiadas a todos quienes se interesen por conocerlo (visitasguiadas@municipal. cl). Existen varias modalidades:
VISITA FIJA
Recorrido por los foyer más la sala principal y anfiteatro con el acompañamiento de un guía. Lunes, miércoles y viernes a las 11:00, 13:00 y 16:30 horas, con una duración de cincuenta minutos. Los valores son de $5.000 (general), $2.000 (adulto mayor), $1.500 (niños y estudiantes).
VISITA PRIVADA ESPECIAL
Los tres foyer, la sala principal, el anfiteatro, el palco presidencial, foyer de artistas y, siempre que la programación lo permita, algún rincón sorpresa. Se planifica previa inscripción y dura aproximadamente una hora. Vale $25.000 para grupos de hasta cuatro personas y es posible hacerlo en español, portugués e inglés.
MISTERIO DE LA PARTITURA FAMILIAR
Abierto a familias, grupos de amigos, parejas o cualquier persona interesada en una visita distinta. Acompañados por Gertrudis, una distraída cantante de ópera, o Giovanni, un excéntrico director de orquesta, los asistentes deben encontrar las notas musicales extraviadas mientras recorren el teatro. Se realiza los fines de semana, está disponible para cuarenta personas y dura aproximadamente una hora. Vale $5.000 para los adultos y $2.500 para niños.