El estudio de la sociedad regional del norte semiárido nos revela una constante histórica: la escasa población originaria desde los tiempos prehispanos hasta nuestros días. La invasión del Inka significó una caída violenta de la población autóctona en los valles debido a la resistencia militar y a los crueles castigos aplicados sin considerar edad ni género.
El terror como instrumento de dominación de esta Teocracia Totalitaria cuyo Dios viviente es el Inka, amo y señor de todo lo creado, donde nadie podía tomar iniciativas personales, entre 1475 y 1532, estableció dos territorios administrativos: el Huamani del Norte, entre el desierto de Atacama y el Choapa, y el Huamani centro sur desde el Choapa hasta el Maule. El traslado de pueblos rebeldes sobrevivientes de la invasión, hacia el Cuzco y los valles de Lima, obligaron a repoblar los dos Huamanis, trasladando contingentes de población desde todos los rincones del Tahuantinsuyu, creando mitimaes funcionales a los requerimientos del Imperio y para aprovisionar la sociedad en construcción, además de bienes y riquezas que se debían tributar al Cuzco.
Así es como llegan los Churrumatos, Poyas, Pamas, Guanas, Sotaquíes, Samos, Diaguitas, Juríes, Calchaquíes, Coyas, Guanhualíes, Lampas, Uros, Camanchacas, Rencas, Guaicocheas, Talagantes, quienes generan una complejo proceso de panmixia o mestizaje biológico, y la respectiva transculturación material y espiritual con nuevos rituales y simbolismos mágico-religiosos. El nuevo orden del poder dual de los Guamanis con un Kuraca principal u Orejón y los valles administrados por Caciques principales en la parte alta y baja, dinamizan la integración cultural, ejemplos: Copayapo o San Fernando y el pueblo de la Iglesia. Huasco Alto (San Félix) y Huasco Bajo (Paitanasa); Tequirque o Altovalsol y el Tambo en el Elqui, Imari y Sotaquí, Guamalata, Pachingo, Camarico, Chalinga y Punitaqui en el Limarí; además de Guana, Combarbalá y Quilitapia. En Choapa la Alta (Millapel o CuzCuz y Chalinga) y Choapa la Baja (Mincha); en el Mapocho, Michimalonko y Tanjalonko en el Aconcagua.
La alimentación de la población dinamiza la producción del maíz, la papa, la calabaza, el poroto pallar, el fruto del Chañar, la miel silvestre y todos los productos de los ríos y el mar deshidratados; la crianza de las ovejas de la tierra: llamas, alpacas y vicuñas proporcionan lana para los telares; la carne, el charqui y los cueros para confeccionar ropa y vestimentas de guerra. La vida cotidiana estaba regulada hasta el último detalle; las relaciones de pareja requerían permiso, si se transgredían las normas el hombre era azotado y la mujer apedreada. La convivencia premarital era autorizada, si había infidelidad de la mujer esta era colgada de los pies hasta morir y el hombre azotado, a la segunda falta era lapidado y, a la tercera, colgado de los pies. Los castigos eran más benevolentes con el hombre, pues las mujeres eran consideradas objetos reproductivos, económicos y de placer. Las niñas al alcanzar la pubertad eran arrancadas de sus familias y distribuidas a los soldados para su servicio personal, o bien, se repartían en aquellos ayllus con déficit femenino.
En los templos del sol se recluía a las doncellas para ser regaladas a los altos oficiales del ejército como premio. No existe la esclavitud al modo europeo pero la servidumbre es absoluta, cada individuo es funcional al sistema imperial, desde su nacimiento hasta su muerte. La esperanza de vida depende de la obediencia y la alimentación, basada en proteínas vegetales y animales de pequeña envergadura, lo cual permite un trabajo suave y estacional ceñido a las reglas y rituales sagrados del año solar y lunar. El único mercado está regido por la redistribución y la reciprocidad.