Con martillo, cincel, carrofle, fuerza y talento, este artista transforma un bloque de piedra caliza en obras que rinden tributo a la familia, a la mujer y a diversas expresiones de culturas latinoamericanas. Nunca estudió arte y con una respuesta atávica de sus conocimientos, afirma que cuando la piedra llegó a su vida, esta cambió para siempre.
Por Verónica Ramos B. / fotografía: Patricio Salfate T.
Aun costado de la carretera —muy cerca del puente La Garza en Coquimbo— este “Picapiedras”, como se autodenomina, es reconocido en la zona no solo por su larga permanencia en este lugar, que se ha convertido en su principal vitrina, sino además, porque Tomás Briceño (55) es feliz esculpiendo grandes trozos de piedra caliza a vista y paciencia de transeúntes, curiosos y amantes del arte.
En eso está, afanosamente, cuando me presento y con sus manos polvorientas extiende el brazo y saluda con cordialidad. Comenta que está haciendo unos maceteros a pedido. Toma el cincel, el martillo y, como un picapiedras, va ahuecando el interior y dando forma a una pieza que, afirma, no la hace con frecuencia, pues lo suyo son creaciones inspiradas en la familia, en la mujer, en la maternidad y en símbolos de culturas ancestrales.
Desde pequeños a grandes formatos, el artista va presentando sus obras como si fuesen sus hijos. Cabezas de león azteca y de león latinoamericano, mujeres embarazadas, alfareras y temporeras. “Mi pieza favorita es la familia y la esculpí en homenaje a la mía. Están mis padres, los ocho hijos y nietos”, agrega con orgullo el escultor porteño.
Durante el recorrido, comenta que la piedra llegó a su vida hace veintinueve años, cuando un amigo le pidió ayuda para demoler una antigua casa en el centro de La Serena. “En ese momento, conocí la piedra. Con el primer golpe de martillo me di cuenta de que tenía habilidad y decidí dedicarme al arte, pero mis padres se opusieron, entonces me rebelé, dejé mi familia y el trabajo. Me fui a vivir a la parte alta de Coquimbo, donde hice mis primeras diez esculturas. Fue una etapa difícil, pero me sentía feliz”, comenta Tomás.
¿Qué forma le dabas a la piedra, en ese entonces?
Eran abstractas. No tenía mayor conciencia de cuál era mi estilo y con el tiempo fui definiéndolo hasta lograr mi propio sello. La primera piedra que trabajé fue la conchuela. La traía desde La Herradura y la subía en carretilla hasta mi casa. Después comencé a trabajar la piedra caliza y el granito.
¿Qué te ayudó a definir este proceso creativo?
Leí mucho sobre la cultura de los mayas, aztecas, griegos y fenicios. Me inspiraba en sus simbologías y comencé a mezclarlas en mi arte. Después adopté el concepto de la familia, de la maternidad y de la mujer trabajadora.
¿Por qué eliges esta temática?
Porque mi familia es muy unida. Mis padres cumplieron cincuenta y cuatro años de matrimonio y de ahí viene ese arraigo a la familia generosa, grande y abrazadora.
Tu rebeldía de aquellos años, debió ser dolorosa
Después de dos años que me fui de la casa para dedicarme al arte, con mi padre nos dimos un abrazo y nos perdonamos. Recuerdo que cuando vio mis obras me felicitó.
TÉCNICA DEL CINCEL
El talento de Tomás lo llevó a construir su casa completa con piedra caliza. Esta es su obra y vitrina de mayor formato, pues hasta aquí llegan muchos interesados en conocer sus esculturas. Su habilidad para mutar la piedra, la utiliza también para otro tipo de creaciones, entre ellas, piletas, crucifijos, porta bonsái, soportes para pilares de pino oregón y bancas con incrustaciones de lapislázuli, óxido de cobre y madera petrificada.
Comenta que su principal insumo lo trae desde Juan Soldado y que lo compra en bloques porque las figuras quedan mejor definidas.
¿Qué tiene de especial tu técnica?
Han llegado a mi taller académicos y estudiantes de diseño y arquitectura para aprender a utilizar el cincel y a cortar la piedra. Es curioso que yo les enseñe, porque para mí este trabajo es pura intuición. Cuando vi una exposición en La Moneda sobre las culturas maya y azteca, estaba fascinado y sentí que, en un antepasado, mis manos habían trabajado en escultura. Los mayas le llamaban coquina a la piedra caliza y existe en gran parte de Latinoamérica, sin embargo, no hay muchos artesanos que la trabajen. En La Serena, casi todas la iglesias y la catedral están hechas con esta piedra, bloque por bloque, por eso me encanta ir al centro de la ciudad y observar estas construcciones.
¿Te sientes valorado por tu aporte al arte regional?
A veces me avergüenzo cuando la gente me reconoce en la calle y me felicita por lo que hago. Hace unos años, el municipio de Coquimbo me otorgó, en dos ocasiones, un premio a la trayectoria y recibí otro reconocimiento por mi participación en un taller para escuelas de la zona. Pero más allá de los premios, soy muy feliz trabajando la piedra y pese a que mi cuerpo se resiente con la fuerza, agradezco todos los días tener este espacio.
"Cuando vi una exposición en La Moneda sobre las culturas maya y azteca, estaba fascinado y sentí que, en un antepasado, mis manos habían trabajado en escultura”.