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EDICIÓN | Agosto 2016

Ricos y pobres a través de un siglo de vida republicana

Por Cristián Urzúa Aburto, creador y editor del sitio Memoria de la Sexta Región, Licenciado en Historia, Universidad de Chile.
Ricos y pobres a través de un siglo de vida republicana

Existe una fuerte crítica a la clase política por una conducta poco ética que ha mermado la confianza ciudadana. Pareciera, pues, que los políticos no respondieran a la voluntad popular, sino a los beneficios que pueden obtener del cargo público y los favores a la gran empresa. Y el empresariado por su lado busca sus propios beneficios. Pero nada nuevo hay bajo el sol, se han vivido escenarios similares.

Durante la república parlamentaria (1891-1925) ocurre una crisis social y política que junto a una insensibilidad general frente estos problemas, auguraba un oscuro porvenir al país. En este contexto aparece Luis Emilio Recabarren (1876-1934), importante dirigente obrero que en uno de sus más elocuentes discursos, formula una crítica a la celebración del Centenario de Chile.

La noche del 3 de septiembre de 1910, en el poblado de Rengo, dicta una conferencia titulada Ricos y pobres a través de un siglo de vida republicana. Recabarren inicia su disertación confesando que hablará desde su realidad, la del proletariado. Él no se empapa, pues, de la alegría general por el centenario del país, ya que lo que observa no le da motivo para celebrar.

Recabarren parte observando la situación social y moral de la burguesía señalando que ha tenido un progreso económico más no moral, pues “vive habituada en un ambiente vicioso e inmoral”, dada la explotación hacia los trabajadores. Existe un progreso, ciertamente, pero es para unos pocos. Con respecto a lo que llama “la última clase” (gañanes, jornaleros, peones, etc.), dice que viven exactamente como hace cien años, y que a pesar del avance económico no hay un progreso social evidente. El sistema judicial y carcelario es corrupto o no cumple su deber: “Yo he llegado a convencerme de que la organización judicial sólo existe para conservar y cuidar los privilegios de los capitalistas”.

En los conventillos y suburbios los pobres reproducían su miseria crónica y generacional, al lado de la prostitución, el alcoholismo y la delincuencia. “La clase rica no sufre por esto. Ella compra en sus grandes almacenes los frutos escogidos de la producción mundial. Se fabrica y se produce especialmente para ella. El monopolio de la producción en sus propias manos y la posesión de la riqueza le garantiza este privilegio”, decía.

La clase media para Recabarren no se encontraba mejor. Si bien tenía cierta posición social mantenía igualmente necesidades. Expresaba que “es la que vive más esclavizada al qué dirán, a la vanidad y con fervientes aspiraciones a las grandezas superfluas y el brillo falso”. No obstante, reconocía que es el sector donde se encuentra la mayor parte “de los descontentos del actual orden de las cosas y de donde salen los que luchan por una sociedad mejor que la presente”. Sólo el empleado público se encontraba en una situación más o menos acomodada.

Cerramos esta columna con las palabras de este, uno de los dirigentes sociales más grandes que ha visto el país: “¿Dónde está mi patria y dónde mi libertad? ¿La habré tenido allá en mi infancia cuando en vez de ir a la escuela hube de entrar al taller a vender al capitalista insaciable mis escasas fuerzas de niño? ¿La tendré hoy cuando todo el producto de mi trabajo lo absorbe el capital sin que yo disfrute un átomo de mi producción?”

Cualquier semejanza con la actualidad es sólo mera coincidencia.

 

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