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EDICIÓN | Agosto 2016

Maestra de montaña

Heidi Knaus
Maestra de montaña

Esta carismática suiza, que esquía tocando el acordeón como si nada y que fuera instructora del clan Kennedy, divide sus días entre St. Moritz y Portillo hace más de treinta años. Hoy es considerada como una de las figuras más icónicas y esenciales en la historia del esquí en Chile. No por nada fue la primera mujer en unirse al equipo de instructores del centro invernal nacional.

Por Maximiliano Mills / fotografía Diego Munita C.

Un centro de esquí es la versión actualizada de un feudo. No tiene autonomía jurídica, pero en todo lo demás es una dimensión paralela al país. Funciona según el comportamiento de la atmósfera cuando descarga la nieve y toma decisiones favorables a su propio microcosmos. Y dentro de la diversidad social que agrupa Portillo cada invierno, desde 1961, los instructores de esquí han sido el linaje de ese título nobiliario que se adquiere enseñando a descender los Alpes europeos o los Andes sudamericanos.

En las primeras décadas bajo la administración de Henry Purcell, la escuela de esquí de Portillo se consolidó como una de las más reputadas del mundo porque sus directores eran excampeones olímpicos de Austria, Estados Unidos o Alemania. También la mayoría de los profesores de esquí venían de estos países. Y a este grupo llegó Heidi Knaus a integrarse en 1968; una carismática suiza traída por los vientos de la serendipia, encontrando aquí un destino que no imaginó de niña, pero que sí busco en la medida que se ampliaban sus ansias por esquiar y enseñar en otras montañas del planeta.

¿Tú encontraste al esquí en la vida o fue al revés?
Soy de un pequeño pueblo llamado Unterwasser, en el Cantón de San Galo, Suiza. El pueblo tenía unos mil doscientos habitantes y estaba cercano a un pequeño centro de esquí, colindante con las fronteras de Austria y Liechtenstein. Ya en la enseñanza secundaria me interesé en tomar mi primer curso de instructora de esquí.

¿Y en ese momento tu futuro como instructora se presentó claro?
Nooo… al terminar el colegio, alentada por mi mamá, viajé donde una familia amiga en Vevey para perfeccionar el francés, que ya había aprendido de niña. Después me enviaron a Londres para mejorar mi inglés. Al fallecer mis padres, regresé al campo familiar en Unterwasser para hacerme cargo con mi hermano. El lugar era tan hermoso que la idea de quedarme ahí cuidando de las vacas y produciendo leche
me parecía una vida maravillosa. Al siguiente invierno pregunté en la escuela de esquí cercana al pueblo si podía trabajar haciendo clases. Como ningún instructor hablaba francés o inglés, me contrataron de inmediato. Pasado un tiempo, todos me decían que debía ir a conocer Estados Unidos y hacer clases allá, que era muy lindo y distinto a Europa. Viajar a conocer Norteamérica pronto se transformó en mi mayor sueño.

¿Era fácil en esa época irse a trabajar a otro continente, en el lado opuesto del planeta?
Primero llegué a trabajar como instructora en Canadá. Finalmente, al año siguiente una amiga esquiadora que vivía en Norteamérica me invitó a ser instructora en un centro de esquí en New Hampshire, llamado Waterville Valley, cuyos dueños eran la familia Kennedy. Pasé a integrar un equipo de ocho instructores suizos y justo alcancé a conocer a Robert en ese invierno de 1967/1968… imagínate, nosotros veníamos de pequeños pueblos en los Alpes. Éramos jóvenes y muy impresionables ¡Y hacer las clases de esquí a toda la familia Kennedy fue algo inesperado! No lo podía creer. Le hice clases de esquí a Ted, a Joseph, a la esposa de Robert, Ethel y a todos sus hijos… ¡Maria Shriver Kennedy tomó sus primeras lecciones de esquí conmigo! Hasta el último día de la temporada no podíamos creer que todo el clan Kennedy tomara sus clases de esquí con nosotros.

¿Y cuándo apareció Portillo en tu horizonte?
Los Hubbard, un matrimonio de Nueva York que eran mis alumnos en Waterville Valley, me hablaron por primera vez de Portillo: “es un lugar hermosísimo Heidi, nos gusta tanto que vamos todos los años a esquiar allá. Deberías ir”. Por supuesto que al final de una semana escuchándolos alabar a Portillo les mencioné que también me gustaría conocerlo “Fantástico. Nosotros conocemos al dueño, Bob Purcell”. Sin saber si hablaban en serio, lo llamaron y le contaron que conocían a una instructora de Suiza que estaba interesada en ir a trabajar a Portillo. Que hablaba inglés y francés y que además tocaba el acordeón, lo cual podía ser muy entretenido para los pasajeros del hotel.

¿Le enviaste tu currículum a Bob Purcell y quedaste contratada de inmediato?
No fue tan fácil. Los Hubbard me escribieron que primero tenía que ir a Austria y presentarme con Othmar Schneider, un campeón olímpico y director de la escuela de esquí en Portillo. Para mi felicidad, decidió contratarme junto a un grupo formado únicamente por profesores de esquí austriacos y bajo la condición que me enviaba a Chile solo si iba con chaperón (escogió al mayor de los instructores, Arno). Zarpamos desde el puerto de Génova en un barco de pasajeros español, el ‘Cabo San Vicente’, rumbo a Buenos Aires. La travesía duró tres semanas.

¿Y cómo fue conocer después de tanto tiempo a Henry Purcell, el gerente?
Llegamos como a las diez de la noche y Arno, mi chaperón, ya me había instruido cómo presentarme ante él con gran formalidad. Entró todo el grupo de instructores donde hoy está el autoservicio y Arno me dice: ‘el que está junto al ventanal es Henry Purcell’. Yo lo miro y pienso ¿en serio? ¿Ese de verdad es Henry Purcell? No lo podía creer porque lucía muy joven, representaba unos dieciocho o veinte años… así nos conocimos. Después de dos semanas sin que cayera nieve sobre Portillo, Henry tomó la decisión de instalar un andarivel portátil más arriba, cercano al Cristo Redentor.

Claro, yo había escuchado esa historia ¡y ahora cobra sentido! ¿Sabías, Heidi, que 1968 fue el segundo invierno más seco del siglo XX, después del invierno de 1998?
Te creo. Para mí fue una paradoja que mi primer invierno trabajando aquí no cayera nieve. Se instalaron dos andariveles; el otro fue ubicado en la parte más plana para realizar las clases a los niños y principiantes. Ahí realice mi primera clase en Chile. A pesar de este plan alternativo, en agosto decidimos regresar a Europa por la falta de nieve, cuando justo recibo una invitación para volver a Estados Unidos y hacer clases de esquí en Aspen. Pasé los siguientes diez años combinando mi trabajo de instructora de esquí entre Portillo y Aspen.

¿En qué momento cambiaste de aires y te fuiste a hacer clases de esquí en St. Moritz?
Bob Purcell iba todos los inviernos a esquiar allá y me recomendó como instructora con el dueño del hotel Palace, quien era su amigo. Desde hace unos treinta años que divido mi existencia haciendo clases de esquí entre Portillo y St. Moritz.

¿Cuánto ha cambiado la enseñanza del esquí?
Con los esquís parabólicos ahora es mucho más fácil esquiar y aprender a esquiar.

¿Nunca pensaste en estudiar una carrera más formal?
La educación más formal que me interesó fue tomar clases de acordeón, inspirada por una tía que era concertista.

¿Y un trabajo itinerante como el de instructora de esquí no fue obstáculo para que te casaras?
Nunca me casé, pero sí estuve a punto de hacerlo más de una vez… Pero con mi vida con un pie en dos continentes era difícil mantener una relación y que fuera duradera. Europa y Sudamérica quedan muy lejos. Además, estaba mi libertad… siempre ha sido muy importante para mí.

La otra faceta tuya muy admirada y conocida es ser la instructora de Yoga en Portillo… ¿Cómo llegaste a practicarlo y enseñarlo?
Desde niña me llamaron mucho la atención los faquires en la India. Me maravillaba que pudieran dormir sobre una cama de clavos. Después, un amigo me invitó a España a un retiro en su Spa. Aquí había un belga instructor de Yoga. Fue toda una revelación para mí. Comencé a ir todos los días y después regresé todos los años. Además se practicaba ayuno y limpieza. En forma paralela conocí a una instructora de Yoga en Aspen, quien fue la que me llevó a la India para tomar mis primeros cursos de Yoga Sivananda. Ahora es parte de mi esencia. No dejo pasar un día sin practicarlo. Te puedo decir que es la mejor inversión como seguro de salud, en mi caso desaparecieron todos los dolores de espalda.

¿Hoy te consideras más chilena que suiza o es al revés?
En el corazón soy suiza. Es donde nací y ahí está mi origen y mi sentido de pertenencia ¡pero me encanta regresar todos los inviernos a Chile!

Y siempre me gustaron las empanadas, claro que hace un tiempo las dejé porque ahora soy casi vegetariana.

Heidi debe ser una de las personas más realizadas y vitales que conozco. Y pregona con la noacción. Participar de una conversación con ella siempre será un privilegio y un aprendizaje. Y si hay algo que siempre me ha intrigado de Heidi es la dualidad en que vive residiendo entre Portillo y St. Moritz, dos polos opuestos en la montaña, por magnitud, por tradición y por sabiduría…

“Portillo es el lugar del mundo donde mejor me siento. Aquí soy muy feliz y mi existencia siempre se encuentra elevada. Entre estas montañas hay algo muy diferente, único. Emana un tipo de energía palpable que me alimenta y que no encuentro en ningún otro lado ¿Tú sabes que más abajo, a orillas de la Laguna del Inca, hubo un asentamiento indígena? Durante siglos los incas realizaron aquí ceremonias muy importantes. Este era un lugar sagrado… ¿Será por eso?”.

 

"Una instructora de Yoga en Aspen, me llevó a la India para tomar mis primeros cursos de Yoga Sivananda. Ahora es parte de mi esencia. No dejo pasar un día sin practicarlo. Te puedo decir que es la mejor inversión como seguro de salud, en mi caso desaparecieron todos los dolores de espalda”.

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