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EDICIÓN | Agosto 2016
On the Town Oscar Peterson Trío

La columna de hoy recuerda con nostalgia la última grabación del trío Peterson (con Sam Jones en bajo y Bobby Durham, en batería) en el conocido bar homónimo de Toronto; y tiene, en verdad, ribetes de homenaje póstumo a la carrera del gran pianista y compositor canadiense, Oscar Peterson. Alabado por otros por su indudable talento, la figura y la historia de este músico afro-americano en el universo del jazz es de aquellas que no deja indiferente.

En efecto, la historia de estudio, esfuerzo y dedicación a la música bajo la guía de su padre, un trompetista amateur, y posteriormente de su hermana, profesora de piano, le llevaron a destacarse tempranamente, por ejemplo, al ganar un concurso de la Canadian Broadcasting Co. A poco andar, Nat “King” Cole, James P. Johnson y, sobre todo, Art Tatum dejarían una impronta indeleble en el joven Peterson, a quien ya se le habían abierto las puertas de los elegantes clubes nocturnos de Montreal. Fue precisamente en uno de estos donde conoció al empresario del sello Verve, Norman Granz, cuando este desvió su camino al aeropuerto para conocer al pianista que escuchaba por la radio de su taxi. Este fue el inicio de una fructífera relación comercial y de amistad para ambos; pero también, en buena medida, la fuente de las críticas que acompañaron a Peterson durante su formidable carrera: se atribuía a Granz y a su claro enfoque comercial una influencia poco favorable sobre el talento creativo de Oscar Peterson, en aras de favorecer el gusto de las masas.

Peterson, fue un músico tremendamente dedicado, que se codeó con los mejores: Ellis, Count Basie, Ray Charles, Herbie Hancock, Duke Ellington, Ray Brown y Louis Armstrong. El público hizo lo propio y lo premió a lo largo de su carrera: ocho Grammy fueron a parar a sus manos, ingresó al Salón y al Paseo de la Fama de la Música Canadiense, recibió el premio de música de la UNESCO y premio a la trayectoria de vida musical de la BBC-Radio, por mencionar algunos de los galardones que obtuvo. Además de la fantástica (y nostálgica) grabación que da pie a esta columna, con gran entusiasmo referimos al ávido lector y auditor al álbum “Oscar Peterson plays the George Gershwin Songbook” (1959).

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