Cuando estaba en el último año de universidad, desarrollamos con unos compañeros —y amigos— el proyecto Movici: un servicio de préstamo automatizado de bicicletas públicas para centros urbanos. El proyecto requería una inversión importante que no teníamos, por lo que nos vimos enfrentados al difícil desafío de conseguir los recursos necesarios. Así fue como empecé a conocer el asunto más débil del entorno emprendedor en Chile: el acceso al financiamiento.
Muchas personas tienen una buena idea, pero no la llevan a cabo porque no tienen el capital y no saben cómo conseguirlo. Miles de emprendedores se ven obligados a terminar su proyecto luego del primer año, —como más del cincuenta por ciento de los emprendimientos, según diversos estudios—, acusando que se les acabó la plata y que no lograron acceder a ningún tipo de financiamiento externo. Ambos casos dejan entrever el poco apoyo financiero que ofrece el ecosistema emprendedor para los que están comenzando.
Él último Global Entrepreneurship Monitor de nuestra región, arrojó que un 97% de los expertos consultados percibe que no hay suficientes fuentes de capital para financiar las empresas nuevas y en crecimiento, y un 71% que no hay suficiente financiamiento procedente de inversionistas privados. A partir de esta última percepción, y conociendo un poco la realidad empresarial y la cantidad de gente que invierte su capital en distintos instrumentos, es inevitable preguntarse ¿dónde están los inversionistas que dicen apoyar la actividad emprendedora?
Este tema es bastante complejo y tiene que ver con la calidad de los emprendimientos, la conformación del ecosistema, y el riesgo que está dispuesto a tomar el inversionista. Con Movici sabíamos que toda buena idea llevada a un proyecto serio, visionario y con un buen equipo, no tendría la barrera del financiamiento para las primeras etapas. Por eso nos propusimos construir un plan de negocios y salir a buscar el capital semilla. Fue toda una aventura.
La primera inversión, de un millón de pesos, fue de los cuatro socios. Provenía de ahorros y préstamos de familiares y amigos. Con eso hicimos nuestro primer prototipo para mostrar lo que queríamos hacer. Luego participamos en dos concursos que otorgaban dinero: Jump Chile —de la PUC y la empresa Sura— y otro de la Fundación Chile. No ganamos ninguno, pero pasamos a la segunda etapa y nos sirvió para perfeccionar nuestro proyecto. Después fuimos a tocar la puerta de empresas que representaban las mayores inversiones: bicicletas y tecnología. No teníamos ningún contacto y llegamos un día con el proyecto un poco más maduro y la ilusión intacta de conseguir su apoyo. ¡Y lo logramos!
Nuestros nuevos aliados, Oxford Bikes e Ingeniería Solem, no sólo aportarían financieramente, sino además con sus conocimientos y contactos. Eso nos permitió sumar a otra empresa regional: Dhemax Ingenieros. A esa altura ya había pasado casi un año sólo armando un proyecto decente que consideraba un prototipo, un piloto que hicimos en Reñaca, una serie de alianzas y las primeras ventas. Aún estábamos lejos del punto de equilibrio y ya teníamos comprometida parte de los eventuales beneficios futuros con los socios que se sumaron. Finalmente lo presentamos a CORFO para concursar por una subvención que nos permitiera crecer.
La experiencia vivida me permite confirmar que hay muchos más inversionistas de los que imaginamos dispuestos a apoyar emprendimientos en etapas iniciales. Están ahí, al alcance de todos. Algunos entre la familia y amigos, y otros detrás de una puerta en alguna oficina. Es cierto que son muy pocos los que participan activamente en el ecosistema emprendedor, que es difícil encontrarlos y que están concentrados sólo en sus negocios, pero también es verdad que si reciben proyectos de calidad, afines a sus intereses, con un buen producto o servicio, análisis de riesgos, estimación de flujos de caja y rentabilidades, la incertidumbre para el inversor se reduce y aumentan las probabilidades de que aporten capital semilla.