En tiempo de proyectos y postulaciones a fondos, nuevamente surgen voces que analizan el origen, el propósito y el modo de subsistir del arte. ¿Cómo puede un artista moverse en las siempre variables corrientes del mercado, sin hipotecar sus motivaciones y principios?
A mi entender, y antes que todo, sincerando su condición de trabajador. Al optar por la creación como forma de vida, también se toma el camino de la autogestión, la independencia y ese concepto cada vez más usado: el “emprendimiento”. Nadie mejor que un artista sabe lo que significa concebir un proyecto que busca la reflexión a través de las formas y, luego, tener que recorrer instituciones, empresas y organizaciones en busca de financiamiento, el que deber ser rendido, justificado y presentado con conceptos financieros que muchas veces están fuera de la órbita de acción de quien crea.
Es por ello que este debate es tan amplio y profundo, pues nace desde la misma concepción de qué es el trabajo. El diseñador textil inglés, nacido en 1834, William Morris, señalaba que la finalidad de la vida no es trabajar. Para él un oficio es una forma en que una persona pueda desarrollar todo su potencial y su creatividad.
“El trabajo es un bien cuando le acompaña la esperanza debida de descanso y de placer”, dice Morris en su ensayo Trabajo útil o esfuerzo inútil. “El trabajo valioso lleva consigo la esperanza del placer en el descanso, en la utilización de lo producido y en nuestra habilidad diaria y creativa. Cualquier otro trabajo carece de valor. Es un trabajo de esclavos, un mero esfuerzo para vivir, un mero vivir para esforzarse”.
Morris continúa “todo lo que el hombre hacía era embellecido por él mismo, así como todo lo que hace la naturaleza lo embellece ella misma”. Quizás de eso se trate, de entender el profundo concepto de lo que significa ser un trabajador del arte.