La inteligencia emocional es una habilidad que se desarrolla a través del tiempo y los adultos somos las principales figuras para guiar este proceso durante la infancia. El fruto será niños reflexivos, seguros, empáticos, respetuosos de sí mismos y de los demás, con conocimiento de su mundo interno. Ellos serán los adultos sanos, equilibrados, libres y plenos del mañana.
En mis sesiones con papás, uso mucho “la metáfora de la semilla”. Sembrar una semilla requiere de un largo proceso. De la inversión, del cuidado, la atención y el tiempo que le dediquemos, dependerá el crecimiento del fruto. Asimismo, la inteligencia emocional es una habilidad que se desarrolla a través del tiempo y somos los adultos las principales figuras para guiar este proceso.
La mayoría de los niños tiene la fortuna de recibir esta educación para la vida en la casa, y los que no, dependerán de sus maestros o cuidadores (de ahí la importancia de elegir sensiblemente quiénes serán los cuidadores o el colegio para nuestros hijos).
Para alcanzar la regulación emocional en nuestros hijos, lo primero que debemos hacer es practicarla nosotros mismos —una ardua tarea—, porque de este acto ellos aprenderán o imitarán muchas herramientas y estrategias. Por ello, al convertirnos en padres resulta indispensable revisar nuestro propio control emocional (e inteligencia emocional).
Las neurociencias nos regalan tres aspectos o pasos que resultarían muy importantes a la hora del aprendizaje emocional:
1. Reconozcan y pongan nombres a las emociones, agradables o desagradables. Hacernos conscientes de lo que nos pasa en el cuerpo, resulta ser un aporte.
Tomando como ejemplo la emoción de la ira, al verbalizar “pareciera que estás enojado/a”, o “entiendo que estás enojado/a”, estamos brindando, a través del lenguaje, una valiosa herramienta que le permitirá al niño conocer esa emoción y poder acudir a la comunicación en cualquier situación similar futura.
2. Intenten regular la emoción: Siguiendo el mismo ejemplo, respiren profundo, intenten una pausa, no se contagien de la emoción del niño/a. Si fuera el caso y se ven sobrepasados, tómense unos segundos de time out (ustedes, nunca los niños) o busquen relevo de sus parejas.
Eliminen los gritos y las amenazas.
También recomiendo el uso de la propia experiencia personal real o inocentemente inventada: “Yo también me hubiera enojado mucho por eso” o “Cuando mamá/papá era niña/o una vez me enojé mucho con la abuela porque no me compró ese juguete que quería”.
Dejen fluir la emoción, reprimirla o acallarla no es el camino. Tampoco es momento del sermón.
Una vez que disminuya la intensidad de la emoción y aparezcan señales para poder hablar de lo sucedido, vendrá la reflexión y la búsqueda de soluciones entre ustedes y sus hijos.
3. Finalmente, resulta muy importante lograr asertividad en la expresión emocional. Es decir, ser capaces de manifestar la emoción manteniendo el respeto por sí mismos y por los demás, que nos conducirá, entre otros caminos, a la tan valiosa empatía.
Por ejemplo: podemos enseñarles a sacar la ira pegándole a un almohadón o a una bolsa de box, tocando el agua tibia; o sacar la tristeza o la ansiedad haciendo un dibujo o pintando mandalas.
Queridos papás, los invito a repetir el paso 1, 2 y 3 sistemáticamente en toda la infancia y así veremos el fruto: niños reflexivos, seguros, empáticos, respetuosos de sí mismos y de los demás, con conocimiento de su mundo interno. Ellos serán los futuros adultos sanos, equilibrados, libres y plenos.