Casi como una deformación profesional, este profesor decidió responder las preguntas de la gente. Y lo hizo a través del libro Maleducados: mitos y verdades sobre la educación en Chile, donde desenreda alguna de las dudas más frecuentes respecto del estado actual de este convulsionado sector. La gracia es que lo hace en un tono simple y cercano.
Por Mónica Stipicic H. / Fotos Andrea Barceló /Agradecimiento: Librería Qué Leo
Tiene la gracia de compartir dos mundos que se interesan por el mismo tema. Ricardo Martínez ha participado en el debate por la educación desde lo técnico, como miembro del equipo del Simce, y desde lo experiencial, con muchos años de trabajo en las aulas, tanto de colegios como de universidades.
“Tener contacto con la sala de clases te da una perspectiva distinta, es el equivalente a tener calle, y desde ahí entregarle una dosis de realismo a los datos”.
Desde ambos lugares, comenzó a percibir la existencia de muchas fuerzas involucradas en el debate y empezó a armar un mosaico que le permitiera enriquecer la visión del problema. Su idea, en ningún caso, fue escribir un gran ensayo ni decir la última palabra, sino simplemente responder preguntas, algunas simples y otras más complejas, pero intentando hacerse eco de las principales inquietudes del chileno promedio.
Para empezar, en el libro lanzas una frase que puede parecer controversial: la educación chilena no está en crisis, sino en medio de una revolución. ¿Qué significa exactamente eso?
Los datos hablan por sí solos. La matrícula de educación superior ha crecido de manera espectacular en los últimos años, y en veinte años hemos pasado de un diez por ciento de la población que podía acceder a ella a más de un cincuenta por ciento que estudia en la universidad. A mediados de la década del dos mil se estableció la obligatoriedad escolar hasta cuarto medio y hoy la cantidad de gente que termina el colegio es enorme; y uno ve las pruebas PISA que somos el país que avanzó más rápido… ¡así que tan mal no estamos! Hemos heredado la costumbre de decir que estamos en crisis constantemente, pero los datos aseguran que no, aunque sí es cierto que existe una revolución en cuanto al acceso y la calidad.
Pero las movilizaciones siguen y este sistema parece una verdadera olla a presión…
A mi juicio, las movilizaciones han sido súper importantes, particularmente las del 2006 y el 2011. Es evidente que sigue habiendo cosas que cambiar, pero hoy lo que se discute es la lógica general de la educación; si se trata de un bien de mercado o de un derecho público y ese es un debate enorme, con posiciones muy marcadas y tensionadas. Pero cuando uno ve el problema desde adentro se da cuenta de que existe mucho esfuerzo por hacer que esto funcione y que todo mejore. Yo siento que los problemas ya se instalaron y que hoy hay que trabajar en las soluciones. La reforma no es un momento en la educación, sino más bien un estado contínuo. Es como tratar de cambiar una rueda con el auto en movimiento: no es posible parar y empezar de nuevo, sino que hay que ir modificando sobre la marcha.
DE LA MAMÁ A FINLANDIA
¿Es la educación en la casa más importante que la del colegio?
Sí, por supuesto tiene sus matices, pero definitivamente el componente de la casa es fundamental, y eso tiene mucho que ver con el capital cultural: de qué se habla, qué se lee, los niveles de socialización y los servicios disponibles en el hogar.
¿Es cierto que el nivel académico de los hijos está directamente relacionado con la escolaridad de los padres y principalmente con la de la madre?
Hay muchos estudios al respecto, la escolaridad de los padres es muy fuerte en el desempeño de los hijos y particularmente la de la madre. Y esto puede parecer un poco machista, pero ella es la que acompaña más… basta conver los grupos de whatsapp que están dominados por las mamás.
Pero uno también encuentra excepciones, madres con baja escolaridad y con hijos profesionales. ¿Dónde está el punto en que esa tendencia se rompe?
Si no existieran esos quiebre tendríamos que ser pesimistas y concluir que esto no tiene arreglo. Los puntos de inflexión más estudiados tienen que ver con las escuelas efectivas, es decir, aquellas que aportan algo más. Los liderazgos de los directores son claves, igual que las expectativas en los resultados: expectativas altas —pero realistas—, hacen sentir a los alumnos que ellos pueden. La motivación juega un rol muy importante, pero tampoco se puede caer en el “quijotismo educacional”; ese que se ve en las películas, del profesor nuevo, que rompe con todo y resulta en puros niños exitosos.
¿Es posible adaptar modelos extranjeros, como el finlandés del que tanto se habla?
Si creemos que sólo importando el método y no el sistema social de esos países lo vamos a lograr, estamos muy equivocados. Finlandia tiene 5,5 millones de habitantes, un per cápita altísimo y los índices de desigualdad más bajos del mundo, o sea, el método puede funcionar si se ajusta a nuestra realidad.
¿Qué pasa con las tareas? Hay un movimiento ciudadano gigante pidiendo su disminución…
El sistema está muy demandado. Hablamos de la sociedad del cansancio y el mejor ejemplo son los estudiantes: si un niño entra al colegio a las ocho de la mañana, sale a las cuatro de la tarde y además tiene tarea uno se da cuenta de que algo está pasando. El problema es que todos lo vemos como algo natural. Los escolares están particularmente sobrexigidos, y este es un movimiento mundial, incluso en algunos países las tareas están desapareciendo. A veces hay ciertas demandas que cuajan, en que el sentido común de la población y las voces de los expertos sintonizan… y esos son los movimientos que logran resultados más rápido. Y eso puede estar pasando en este caso.
¿Existen buenos y malos alumnos o es sólo que el sistema los quiere a todos iguales?
Cuando uno habla de aprendizaje existen niveles. Uno como profesor lo que debe hacer es que los estudiantes se desplacen por esos niveles, aunque sus velocidades sean distintas. El problema es que no siempre existe conciencia de esa diferencia, de que en un mismo curso pueden coexistir hasta cinco grados educacionales. Aunque yo no sería tan crítico, creo que cada vez valoramos más la diversidad y eso se nota en la oferta de carreras universitarias: hoy se ofertan más de mil opciones, muy diferentes unas de otras. Aunque los estereotipos dicen que hay tres o cuatro carreras más tradicionales, siento que eso va a ir cambiando.
¿Las pruebas estandarizadas como el Simce no colaboran a esa uniformidad?
Evidentemente si uno simcifica todo, hay un problema. En un momento nos empezamos a llenar de Simces, pero hoy el péndulo se está moviendo hacia una nueva simplificación. La prueba estandarizada es buena como instrumento, es de gran calidad y entrega información valiosísima, pero no es lo único. El problema de fondo es que la educación en Chile es de las más segregadas del mundo, acá los que tienen dinero estudian en ciertos colegios y los que no en otros y eso se transmite después en la universidad y en los trabajos. Una de las preguntas es cómo corregimos eso y una de las respuestas es: a través de un instrumento. Por eso es importante la introducción del ranking: si a un estudiante lo premias por su ubicación dentro de su colegio, la motivación entra a competir.
¿Y la selección?
Con la nueva ley de inclusión, los colegios con fondos públicos no van a poder seleccionar. Y eso puede marcar la diferencia. Soy de los que cree que a veces ciertas políticas públicas pueden cambiar el rumbo de las cosas, y estoy convencido de que cuando hay mayor diversidad en la sala de clases los resultados mejoran.
La educación superior en Chile es cara, ¿crees que la gratuidad es la solución?
Sí. Y para entenderlo hay que verlo desde el problema: una persona puede llegar a gastar el 73% de su sueldo en la educación de sus hijos. Es un esfuerzo y una fragilidad enorme y la gratuidad aliviaría ese estrés. Si se puede implementar o no, ya es otro problema… yo no tengo una respuesta que vaya más allá de mi ser ciudadano y profesor; y desde ese lugar la gratuidad universal es una buena opción.
"Soy de los que cree que a veces ciertas políticas públicas pueden cambiar el rumbo de las cosas, y estoy convencido de que cuando hay mayor diversidad en la sala de clases los resultados mejoran”.