Con intensidad, texturas y mucho colorido, los dibujos de Nicolás dan vigor a las historias, seduciendo a grandes y pequeños. En cada proceso de creación, va matizando sus técnicas, con un lenguaje propio y espontáneo. El resultado de sus obras está plasmado en una serie de libros y, en otros tantos, que algún día espera publicar.
Por Verónica Ramos B. / fotografía: Patricio Salfate T.
Recorriendo el Pueblo Artesanal de Horcón, en el Valle de Elqui, nos sentimos atraídos por una tienda, donde gran parte de las piezas artísticas reflejan el espíritu pueril de su creador. Títeres, dibujos, pinturas sobre tela y un grupo de libros con ilustraciones que nos remontan a la infancia, son obras que su autor, Nicolás Candia (38), ha ido realizando de manera inquieta, lúdica e instintiva.
Desde pequeño estudió en escuelas artísticas experimentales, pues tal como él afirma, los colegios tradicionales no eran acordes a su personalidad. Ingresó a estudiar arte en la Universidad de Playa Ancha en Valparaíso, pero le bastó un año para darse cuenta de que el conocimiento ya lo había adquirido y que su expresión de arte fluía espontáneamente. Se retiró y se dedicó a pintar en óleo, luego en acrílico.
“Realicé varias exposiciones y estaba en esto, cuando conocí al pintor Mario Murúa, quien había sido discípulo de Matta. De él aprendí diversas técnicas, a preparar la tela y el uso de color. Con el tiempo, Murúa me pidió que hiciera veinte pinturas las que fueron expuestas en una muestra colectiva en la galería Marisa Portugués, en Madrid. Tenía veintiún años en ese entonces y la experiencia fue muy enriquecedora”, relata Nicolás.
Un viaje por Sudamérica, durante tres años, lo llevó a vivir del arte durante todo su periplo. En su regreso a Chile, optó por alejarse de las grandes ciudades y llegó a Alcohuaz, donde vive hace cinco años. “Me autodefino como un creador artístico. Hago títeres, grabados, serigrafía, escribo libros y hago las ilustraciones, es decir, soy multifacético y no veo los límites en el arte”, enfatiza.
¿Y cómo llegas a las ilustraciones?
Siempre he escrito textos y poesía. La ilustración nace de la necesidad del libro, es decir, acompañar las letras con imágenes y dibujos. Mi idea es ayudar al lector a visualizar lo que expreso en palabras. Hice un taller con el escritor y artista plástico Pedro Lemebel. Fuimos muy amigos y de él aprendí todo lo que sé de crónica urbana.
¿La publicación de libros se dio azarosamente?
Sí, la verdad es que no lo busqué. Lorenzo Aillapán es un poeta mapuche de Puerto Saavedra, que conoció mi trabajo y me pidió que hiciera las ilustraciones de su libro Árboles nativos: Universo montañoso, el que se publicó en el 2007. El objetivo era dar mayor fuerza a los textos con imágenes alusivas.
¿Y cómo te documentaste?
Visité comunidades mapuches, quienes me llevaron a conocer los treinta árboles nativos que existen en el sur de Chile. Además de ilustrar el árbol, la idea era mostrar todo lo que genera esta especie dentro de la cultura mapuche, por ejemplo, los árboles medicinales.
¿Sumas a esta una nueva obra?
Después vino La maravillosa historia del mundo y Del fundo de Segundo, escrito por Álvaro Prieto. Esta es una historia escrita en décimas y trata de la génesis de la vida, pero de una manera alternativa. Los dibujos son xilografías, es decir, un tipo de grabado en el cual las matrices son talladas en madera. Esto se imprime en prensas y se sacan muchas copias; antiguamente se hacía en la lira popular chilena, un tipo de estética con dibujos en blanco y negro.
TEXTURA Y COLOR
En el 2010, Nicolás publicó su propio libro, titulado El niño mosco. Un texto educativo dedicado a las nuevas generaciones y al desarrollo sustentable. “En una ocasión, el editor de Planeta Sostenible, Juan Francisco Bascuñán, visitó mi tienda en Horcón, y quedó fascinado con mis ilustraciones. Fue así como surgió la idea de publicar este libro, un trabajo que está inspirado en mi hija Venus y que por sus enseñanzas me permitió llegar a diferentes colegios del país”, señala Nicolás.
¿Cada libro tiene su propio proceso de creación?
Sí, en el primer libro los dibujos fueron hechos en acrílico y en formatos pequeños, para luego ser digitalizados. En otra publicación me demoré más de un año, porque cada dibujo estaba hecho en acrílico o sobre tela. Es muchísimo trabajo, porque están llenos de detalles. He ido creando un lenguaje y buscando un estilo que pasa por el cambio de materiales. Como tengo distintas maneras de crear, voy matizando en cada uno de los procesos.
¿Estás preparando un nuevo material?
Ya tengo la maqueta lista de un libro que se llama El camino de Pasifloro. Aquí la técnica es el dibujo a mano alzada con lápiz, luego los digitalizo con un scanner. Voy tomando diferentes texturas de la naturaleza, las escaneo y con un programa voy rellenando los dibujos ¡El resultado es increíble! Con este proyecto me gané un FONDART de creación y espero publicarlo pronto. Mi meta es lanzar un libro por año.
¿Y siempre inspirado en el mundo infantil?
Es que es el edén. Los niños viven en el paraíso y toda esa espontaneidad la rescato en mis trabajos.
"La ilustración nace de la necesidad del libro, es decir, acompañar las letras con imágenes y dibujos. Mi idea es ayudar al lector a visualizar lo que expreso en palabras”.