Acabo de estar en Buenos Aires. ¡Qué ciudad tan encantadora! Con librerías a cada paso, abiertas hasta las tantas y con toda clase de ediciones, formatos, temáticas e incluso usados, pero lo mejor de todo fue retornar a la Feria de San Telmo.
Debo reconocer que hace veinte años que no la visitaba, solo he sido fiel a la de Recoleta ¡esa no me la pierdo! En las siguientes visitas siempre había desechado la opción, basada en la idea de que seguía siendo solo de antigüedades ¡craso error! Es una feria de por lo menos diez cuadras, repleta de toda clase de productos que se mezclan sin antipatías ni odiosidades. Se pueden encontrar bastantes joyas, si bien muchas son las clásicas de siempre, hay varias muestras de excelente diseño, propuestas súper creativas y atrevidas. El metal más utilizado es la alpaca y para la composición utilizan desde aplicaciones en madera y metal, esmalte quemado en horno con pigmentos hechos de tiza y resina o delgados cortes de lápices de colores.
También, dentro del trabajo en papel maché, había varios excelentes expositores. Aplicado en esculturas donde se mezclaba el papel, cinta de enmascarar, alambre y esmaltes para recubrir, el resultado eran propuestas muy bellas y lúdicas. Cerámica muy poca, la verdad; del resto, lo usual: ropa, suvenires e importaciones.
Lo más entretenido es el ambiente, con música callejera, tamboriladas, simpatía y cháchara. Y es que la vida se disfruta en grupo, tal como se ve en la playa: familias de argentinos jugando bocha y cartas y tomando matecito caliente ¡Qué buen ambiente! Me gusta ese concepto de la vida en conjunto y de sana convivencia.