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EDICIÓN | Julio 2016

Aprendió a escuchar

Pilar Sordo psicóloga y escritora
Aprendió a escuchar

Oídos sordos es quizás su libro más íntimo, aquel donde pudo escuchar por primera vez a su cuerpo, que lloraba a gritos un poco más de atención. Justo antes del colapso, Pilar tomó conciencia, buscó terapias alternativas y volvió a comunicarse con cada parte de su organismo

Por Mónica Stipicic H. / fotografía Andrea Barceló A.

Hace rato que Pilar Sordo funciona como una verdadera empresa. Libros, charlas y viajes copan su agenda. La diferencia es que el producto que ofrece, el método para conseguirlo, la estrategia comercial y el resultado final siempre es uno: ella misma. Su cabeza, su cuerpo y su energía están completamente volcados en libros y decenas de viajes por Sudamérica, que la tienen la mitad del mes fuera de su casa.

“Llevo seis años con ese estilo de vida, al que hay que sumarle las charlas, los libros y las investigaciones que los sustentan. Y como me encanta lo que hago, no tengo muchas claves para reconocer el cansancio”.

¿Hoy puedes reconocerlas?
Hoy me doy cuenta de que el primer nivel de síntoma es emocional: más o menos llorona, irritable, ansiosa o somnolienta. Para mí todo eso significaba sólo estar cansada, subir y bajarse de aviones, dormir con quince almohadas distintas en un mes, siempre con una maleta… eran como las reglas del juego.

Hace dos años, y luego de descubrir que sus alertas no eran escuchadas, el cuerpo de Pilar comenzó a mostrar nueva sintomatología. Partió con derrames en los ojos. Fue al oftalmólogo y todo estaba bien. Siguieron las arritmias cardíacas. El cardiólogo y los exámenes no mostraron nada alterado. Siguieron las alergias, como nunca, si se comía un maní se le inflamaba la lengua. Simplemente dejó de comerlos. Al final, tres meses de sangramiento vaginal la llevaron a la consulta de una amiga ginecóloga, pensando en la menopausia. “Cuando le empecé a contar todo lo que me había pasado, vi cómo se paraba de la silla y me decía ‘Tú estás muy grave’. Recién ahí caí en que todos mis síntomas eran explosiones, que me estaba reventando por dentro. Y me di cuenta de que podía caer en el túnel de la medicina tradicional, hospitalizarme y llenarme de pastillas u optar por algo más alternativo”.

¿Qué tenías exactamente?
El diagnóstico final fue un trastorno metabólico severo, que ya se produjo y puede volver si no lo evito. Es como un circuito que se cortó. El tema es que como yo llevaba treinta años hablando del tema de los afectos y el autocuidado, no podía pararme frente a un auditorio lleno de personas asumiendo que a mí no me había resultado y que necesitaba una pastilla para funcionar. Sentía que tenía una responsabilidad frente a lo que estaba haciendo y había hecho durante toda mi vida. Por lo mismo, tenía que descubrir qué me había pasado.

Igual eso implicaba ponerte más presión…
Puede ser, pero es que siempre he sido autoexigida. Hoy he descubierto que me jodo la vida sola, porque los estados de comodidad no me gustan. Así que el desafío fue empezar a investigar el tema desde mí, para que además la gente se diera cuenta de que nadie tiene nada resuelto y que yo misma soy un ser humano común y corriente, que vive los mismos procesos, con la diferencia de que yo podía utilizar mi trabajo para descubrir lo que me había pasado.

MI CUERPO

“Decidí no hospitalizarme y comenzar a buscar la forma de mejorarme. Desde lo físico necesitaba acelerar mi metabolismo. Lo más obvio era el ejercicio, pero yo soy una floja intrínseca así que el gimnasio no era una opción. Me compré unos DVD de zumba y me puse a bailar. Recuerdo que la primera clase me la lloré completa, porque me sentía realmente mal…”.

¿Algún profesional te ayudó en este proceso?
Yo misma comencé a estudiar y a conocer gente en la misma. Dentro de mi propia fundación hay un iridólogo y una maestra de reiki que me fueron asesorando. Me metí en el tema de la alimentación, dejé el azúcar y aprendí a meditar. Gradualmente me fui dando cuenta de que tenía una relación muy peleada con mi cuerpo, exigente, donde siempre lo estaba retando: por no ser capaz de levantarse temprano, por tener sueño, por adelgazar o engordar mucho...

Por no ser el cuerpo perfecto.
Claro, obvio. Y también descubrí que los únicos espacios de descanso que yo tenía era cuando estaba enferma. O sea, para descansar, me enfermaba… era la única forma que tenía mi cuerpo de hacerme parar. Al final me di cuenta de que todo esto era una alerta de que venía otra fase para mí y para mi relación con el resto. Por lo mismo, nunca dudé que esto me fuera a resultar.

¿Y qué pasaba con el entorno? Me imagino que también te presionaban por no hacer las cosas de manera tradicional…
El único que logró entender bien el proceso y acompañarme fue mi marido. A mis hijos quise mantenerlos lo más al margen posible del proceso, pero el tema más jodido fue para mis papás o mis amigos más cercanos, que no me veían avanzar, que me pedían que buscara nuevas opiniones o googleaban otros diagnósticos. Hubo harta presión.

El proceso duró cerca de un año, tiempo durante el cual Pilar tomó conciencia de que, si no se hacía cargo, seguramente iba a terminar infartada en medio de una conferencia. Por lo mismo, redujo algunos de sus compromisos, hizo giras más cortas e intentó dedicar tiempo a su recuperación.

¿Cuándo sentiste que lo habías superado?
No siento que lo tenga superado. Y tampoco quiero sentirlo, porque me conozco, sé que soy tramposa y si me autodeclaro sana, voy a apretar de nuevo el acelerador y en tres años más voy a estar igual o peor.

Lo que te pasó parece ser el reflejo de muchas cosas, ¿cuál es el diagnóstico global? ¡Que estamos cagados! Hay una desconexión brutal entre el cuerpo y nuestros afectos, estamos ciento por ciento centrados hacia afuera, no tenemos espacios para el silencio y hay una ausencia total de preguntas.

No estamos parando para decir qué estoy haciendo...
Ni cómo estoy, ni cómo amanecí ni por qué me duele la cabeza. Al sistema en el que vivimos le conviene que no preguntemos nada, se mantiene en esa ausencia y eso provoca una desconexión con el cuerpo. Hoy, si a mí me duele la cabeza, antes de tomarme el paracetamol voy a dedicar un rato a tratar de entender qué me pasa, si comí, si dormí, si tengo ganas de llorar. A lo mejor me tomo la pastilla
igual, pero con una conciencia completamente distinta. Hoy a mi cuerpo lo cuido como si fuera mi mejor amigo, no le meto toxinas porque sé que es el único que me va acompañar el resto de la vida. Y para que sea mi aliado, necesito cuidarlo en la alimentación, en el sueño, en lavar mi mente y no sólo mi pelo enlas mañanas. Estoy en un proceso de renovación, de eliminar cosas antiguas y de darme un espacio para generarme un cuento nuevo, distinto. Y ese proceso me entusiasma.

PEDIR AYUDA Y AYUDAR

“Hay una dificultad gigante para contactarse con la vulnerabilidad, de mostrarse débil para que el otro tenga el espacio de poder ayudarte. Yo maleduqué durante mucho tiempo a la gente que estaba a mi alrededor. Como que la entrené para que pensara que yo no la necesitaba. Por lo tanto, pedir ayuda fue más jodido, porque tuve que asumir que había mentido, que no era verdad que pudiera hacerlo todo sola”.

¿Qué cambios hiciste en tu rutina?
Aprendí a no levantarme en las mañanas sin decir gracias o sin respirar tres veces profundamente. Quiero empezar a aprender yoga y quiero que mi marido me acompañe en eso, para poder tener más elementos de meditación durante el día. Creo que todo sirve en la medida en que uno tenga claro para qué lo hace. Yo, por ejemplo, dejé de comer azúcar y me di cuenta de que la cantidad de marshmallows que compraba en el supermercado era directamente proporcional a la pena que tenía.

Has recibido muchas críticas por tu trabajo, ¿no te asustó verte aún más expuesta en este libro?
Uno de los síntomas que tuve después de haber escrito el libro fue mucha angustia. Y esa angustia tenía que ver con volver, porque había estado bien retirada y me preocupaba volverme a exponer. Pero no por las críticas, porque desde hace rato tengo claro que las críticas sin rostro no tienen ningún valor.

Darles valor a las cosas en su justa medida…
Sí, absolutamente. De hecho, este último tiempo me ha pasado algo muy heavy, que mucha gente se acerca a pedirme perdón por haber sido prejuiciosos conmigo. Y creo de verdad que la gente que me critica nunca se ha leído un libro ni ha ido a una conferencia. También entendí que le hago bien a la gente que quiere recibir mi trabajo. No soy sabia, ni iluminada, pero soy muy trabajadora, me encanta lo que hago y descubrí que sacar la psicología a las plazas era mi forma de dejar huella en este mundo.

 

Me fui dando cuenta de que tenía una relación muy peleada con mi cuerpo, exigente, donde siempre lo estaba retando: por no ser capaz de levantarse temprano, por tener sueño, por adelgazar o engordar mucho...”.

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