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EDICIÓN | Julio 2016

Mohenjo daro

Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D. Profesor en la Universidad de Chile Director China & India Intelligence Reports smcarrasco@vtr.net
Mohenjo daro

India, indiscutible potencia del siglo XXI, se enorgullece de su pasado y en su historia funda su fuerza (shakti). El 15 de Agosto, cuando India celebre el 69 aniversario de su independencia, el estudio cinematográfico UTV estrenará su super producción Mohenjodaro, protagonizada por las superestrellas de Bolliwood, Hrithik Roshan y Pooja Hegde, será un regalo extraordinario para ese quinto de la Humanidad, y para todos los amantes de la literatura, el arte, y la filosofía de la India.

Esplendorosa Mohenjo-daro, magnífica. Cuando la encontraron y comenzaron a despejarla, dependiendo de la nacionalidad de los arqueólogos exclamaban: “¡Es la Londres del neolítico!, ¡No, es la Nueva York del neolítico!” y así. Construida de modo súbito hace seis mil años como si hubiese sido pensada con planos y maquetas en otro lugar, y luego ejecutada con admirable visión urbanística, Mohenjo-daro, fue una ciudad del futuro. Se planificó desde las zonas altas del Beluchistán. Allá vivía la población que después habitó no sólo Mohenjo-daro, sino que todo el amplio Valle del río Indo. Esos son los ancestros de los habitantes de la India actual. Ya habían vivido esparcidos por todo el Norte de la India antes del año 5.000 a.C., pero se habían replegado a los valles altos, donde permanecieron varios siglos, capeando el cataclismo climático que sucedió entre el 5.000 y 4.500 a.C., cosa recordada en muchas culturas como “El Diluvio”. Ya repuestos del horror por las aguas, medrosos de la furia de la naturaleza, la comunidad que levantó Mohenjo-daro dio muestras de un nivel de organización social que supera aún la ficción. Mohenjo-daro fue imaginada con máxima inteligencia, y demuestra un nivel de desarrollo técnico que raya en lo fantástico.

La ciudad fue hecha en altura; con ese fin se removió y aplanó un cerro hasta crear una gran meseta de cuarenta metros de alto, suficiente para estar a salvo de las crecidas del río Indo (todo indica que por generaciones se observó cuál era la cota máxima del agua en cada crecida, hasta determinar la altura necesaria). Al construir la ciudad sobre el montículo, se cuidó de dejar en las bases un elaborado e intrincado sistema de drenaje de aguas servidas, una especie de “cloaca máxima”. Y esas aguas negras eran tratadas en un ingenioso sistema de piscinas de purificación con plantas acuáticas. Sólo cuando estaban limpias se devolvían al río. Ya las aguas se habían enojado con el mundo. Entonces, por motivo alguno se podía irritar la paciencia de las divinidades; en especial a las diosas que fluyen desde las montañas. Por favor, nótese que en India, hasta hoy, los ríos son femeninos. Literalmente, cada “agua de río” es un flujo vivo, serpenteante, con personalidad y nombre preciso: la río Indo, la Ganges, la Godavari, etc.

Mohenjo-daro, construida íntegramente con ladrillos cocidos, todos iguales, con el mismo peso y medida, hechos en alguna fábrica municipal, se mantuvo inalterada, permanentemente restaurada, por dos milenios. La enorme población dispersa en el campo concurría a esa, u otras dos o tres ciudades semejantes, a ofrecer sus bienes en intercambio, a abastecerse de productos diversos, a entregar parte de su producción en el contexto de un refinado sistema de protección y asistencias mutuas que arbitraba la urbe. Sistema de donaciones y de contra-donaciones que era la exitosa economía premonetaria que aseguró la vida individual y comunitaria. Mohenjo-daro no ofrecía protección militar. Daba algo mucho mejor. Tenía poder sobre la Naturaleza, (shakti/shakta) o potencia que irradia desde el alma colectiva (Atman). Ya en esa época se hacía Yoga, y la ciudad era —diríamos—un gigantesco monasterio, donde residía la elite respetada y escuchada con reverencia.

Mohenjo-daro fue una de las ciudades de la todavía misteriosa “Civilización del Indo”, que ejerció su influencia sobre toda el Asia. La gente del Indo tuvo intercambio con la recientemente descubierta y apenas estudiada Civilización del Caspio (Bactrian Civilization) que ya he mencionado en otros artículos.

Leo por estos días que Chile se ufana de ser un miembro importante de las alianzas que suceden en las orillas del Océano Pacífico. Sería bueno y muy conveniente saber tanto como se pueda de lo mencionado; porque en los orígenes están las claves. El que conoce los principios, maneja los finales.

Para más información, escribir a smcarrasco@vtr.net

 

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