Líder del mítico grupo ochentero Upa, ha construido una carrera en el mundo del vino como director de uno de los concursos de cata más importante del mundo. Sin contradicciones, este hombre es un universo en sí mismo: artista, ejecutivo y creativo. Todo en uno. Pura antipoesía, como la que aprendió del que un día fue su suegro: Nicanor Parra.
Por Mónica Stipicic H. fotografía Andrea Barceló A. / Agradecimientos Club 50.
Con cincuenta y tres años realmente bien conservados, Pablo Ugarte sigue teniendo alma de rockero. Vestido de negro, sin ni una sola cana, chaqueta ondera y mochila al hombro, la esencia del vocalista de Upa sigue intacta.
Y no se trata sólo de una cuestión de actitud. Hay un estilo de vida, una trayectoria y una carrera que ha durado treinta años y que lo tiene compatibilizando sus tiempos entre el vino y las salas de grabación. Porque para él “la música es una enfermedad que sólo se agrava con los años”.
¿Pero cómo se encuentran estos dos mundos en una sola persona? Hay que hacer un poco de historia. Desde siempre, Pablo buscó actividades paralelas a la música, por un lado para ganar plata, pero también por una necesidad de ampliar sus horizontes. Fue así como llegó a trabajar al centro de esquí Valle Nevado, donde se hizo cargo de las Relaciones Públicas hasta que el recinto fue vendido a capitales extranjeros. Cuando eso ocurrió lo invitaron a formar parte de una Wine Agency, donde trabajó aportando creatividad, contactos y comunicaciones. Después de eso cursó un diplomado en vino en la Universidad Católica que hoy lo tiene convertido en catador y jurado internacional.
¿Sientes que ser artista te conecta mejor con el tema del vino?
Absolutamente, porque cuando cruzas la frontera para llegar a otra área te ves obligado a desarrollar un pensamiento horizontal, que te permitemirar el tablero desde arriba y no centrarse en la jugada. Cuando uno sólo ve la jugada se pierde las oportunidades que pasan por el lado. La vida me dio ciertos talentos que son aplicables a otras cosas; la creatividad no es patrimonio de la música y las mismas premisas que utilizas cuando haces una canción se pueden aplicar a un desarrollo cultural, con un acercamiento que seguramente será muy distinto al de un ingeniero. En el siglo XXI, el músico que no es ingeniero se complica, pero eso también le pasa al ingeniero que no es músico. Y esto último es más difícil de encontrar, porque se trata de habilidades blandas menos accesibles.
¿Haber sido músico en los ochenta también te ha servido para buscar siempre una vuelta a las cosas?
Al contrario de muchas otras actividades, en la música el gran motor es la emoción y la pasión. Si no te emocionas, vas a soltarlo rápidamente. En los ochenta queríamos tocar y escuchar nuestras canciones en la radio. No nos importaba nada más. Era una locura hacer música, y lo sigue siendo. Cuando decides ser músico en Chile haces un voto de pobreza. Cuando lo haces en dictadura, además es un voto de subversión. Y si más encima saliste de un colegio pagado, eres un revolucionario. Son muchas las barreras y vienen de todos lados.
¿Crees que si hubieras podido vivir de la música habrías llegado al vino?
Creo que estaría internado en la misma clínica que Amy Winehouse… (se ríe). No lo sé, creo que sí, pero es muy difícil hacer ficción de uno mismo. Para mí la música es una enfermedad que se agrava con el tiempo, pero no es lo único que tengo en la cabeza, he hecho otras cosas y me encanta haberlas podido hacer. Me gusta no haber sido lo suficientemente famoso y así poder conocer y ver otras opciones.
Lo de “tan” famoso resulta bastante cuestionable. La mayoría de la gente que lo ve se da vuelta a mirarlo. Hay algo en su cara que suena, hay algo en su actitud que habla de un artista. Y un artista que sigue tocando y cantando. Acaba de terminar un ciclo con Upa, uno en que decidió retirarse de la agrupación definitivamente, “porque no me veo cantando Cuando vuelvas a los setenta años”, dice.
Hoy su referente musical se llama Los Otros, en que tres músicos combinan elementos más contemporáneos, de electro pop, que pretenden abarcar desde el folclor a la electrónica, pasando por el rock y la música clásica. Ya tienen varios temas grabados y pretenden en poco tiempo más tener algunos singles sonando en Spotify.
Para seguir siendo rockero te ves bastante bien…
Es una mezcla entre genética y evasión sistemática de la rutina. Trato de vivir sanamente, me muevo en bicicleta, tomo vino como antioxidante y… dejé las drogas a tiempo… jajajaja.
LA MEDALLA Y LA CULTURA
Cata’Dor es el concurso de vinos de mayor tradición y trayectoria en Chile y probablemente en Latinoamérica. Creado en 1995, es un torneo nacional con jurados internacionales, que el 2015 tuvo quinientas muestras de ciento dieciséis viñas y treinta y dos jurados de once países. Entrega premios en la categoría de vinos, espumantes y pisco, es decir, de todos aquellos productos derivados de la uva.
“Nuestra idea es asociar el vino al patrimonio y la imagen país, en un paragua cultural que fuera identificable por la ciudadanía. Si bien el concurso es cerrado para las empresas que mandan sus muestras para evaluación, tiene una segunda faceta que es la difusión de la historia y la cultura a través de estos vinos premiados hacia la ciudadanía, con el fin de crear una pertenencia con este producto, que está tan arraigado en la historia de Chile, pero del cual sabemos tan poco. Nuestra misión es evaluar y difundir”.
¿Por qué premiar?
El premio no solamente sirve para decir cuál es el mejor, sino que funciona como un focus group para las viñas. Son once expertos que califican tu vino a ciegas y entregan reportes muy completos de nitidez, color, aroma, gusto y persistencia. Puedes ganar medallas de plata, oro o gran oro, pero también puedes saber, por ejemplo, si un jurado asiático te evaluó mejor y dirigir tus exportaciones hacia ese lugar. Y también es muy bueno para el consumidor final, que cuando ve en la góndola una botella con medalla de Cata’Dor sabe que se trata de un producto de calidad, certificado por quienes más saben.
¿Cuál es el modelo de negocios?
Cada viña que quiere mandar un producto para evaluación debe pagar un fee. Eso nos ayuda a financiar el concurso, pero también tenemos muchos auspiciadores, sin los cuales sería imposible llevarlo a cabo. La industria del vino en Chile crece a tasas del ocho por ciento y las exportaciones en un cuatro por ciento, pero las superficies de viñedos plantados —unas ciento veinte mil hectáreas— se mantiene más o menos fijas. Por lo mismo, no es que todos los años existan cantidades de nuevas viñas o productos: el núcleo duro del cluster del vino son unos trece mil quinientos productores de frutas, quinientas bodegas y trescientos cincuenta productores que exportan. Con nuestro diseño de vincularlo a la imagen país y hacer que sea una marca que esté viva los doce meses del año, hemos logrado ir creciendo en el orden de unas cien muestras de un año a otro.
La ceremonia de premiación se realizará el próximo 11 de julio en la Sala Arrau del Teatro Municipal, después de cuatro mañanas de cata y una serie de actividades paralelas, en que los organizadores llevan a los jurados a conocer distintos edificios patrimoniales de Santiago, asisten a conciertos y viajan a regiones a conocer los procesos productivos del vino en nuestro país, desde lo más sofisticado a lo más artesanal.
¿Cuánto sabe el chileno de vinos?
Muy poco… según la baronesa Philippine Rothschild, en el vino los primeros trescientos años son los complicados (se ríe). Es que los procesos culturales no suceden en media hora y nuestro desafío es lograr esa pertenencia desde el punto de vista cultural, no desde el marketing ni el consumo. Un chileno común y corriente no conoce más de dos cepas, hay un espacio enorme para educar, para que la gente se enorgullezca de este producto, lo cuide y ayude en la construcción de su marca. Muchas veces pasa que un extranjero sabe más de nuestro vino que un chileno, porque el setenta por ciento de la producción se exporta. Nosotros queremos darle una vuelta a eso y que el mercado interno sea igualmente importante.
DE LA PARRA
Y si de acervo cultural se trata, Pablo está directamente ligado con la familia más importante de la cultura de nuestro país. Estuvo casado con Colombina Parra, fue yerno de Nicanor y es el padre de su nieto regalón: el Tololo.
“Nicanor es como mi padre intelectual. Tuve la suerte de que es el abuelo de mi hijo, lo que me relaciona con él desde hace veintidós años. Al principio no me quería mucho, porque me veía como el rockero que venía a robarle a su hija, pero después nos hicimos muy amigos, incluso durante años fui su secretario. Lo sigo viendo con bastante periodicidad y siempre me recibe de la misma forma. Me dice: ‘llegó el papá del Tololo’… y yo le respondo ‘así dicen’…”.
¿Sientes que tu relación con Nicanor ha hecho más fuerte tu acercamiento a la cultura?
No necesariamente. Yo también vengo de una familia con mucha historia cultural por el lado materno. Mi tía Marta Cruz Coke, fue directora de la Dibam y tiene una tremenda estatura en ese ámbito, prácticamente como Nicanor. Lo que yo aprendí de Nicanor fue otra cosa: él es la antipoesía; es y habla como escribe, lo que lo transforma en una de las personas más cabales que he conocido en mi vida, porque siempre ha tenido el mismo discurso. Lo que aprendes de él es a vivir en una contradicción que no entra en conflicto, sino que produce vida, que no te entrega los problemas solucionados sino que genera movimiento, sin miedo a mirar las cosas desde la mayor cantidad de ángulos posibles. El mejor ejemplo es su propio aforismo: “YANKEE GO HOME. But please take me with you”.
"Para mí la música es una enfermedad que se agrava con el tiempo, pero no es lo único que tengo en la cabeza, he hecho otras cosas y me encanta haberlas podido hacer. Me gusta no haber sido lo suficientemente famoso y así poder conocer y ver otras opciones”.