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EDICIÓN | Junio 2016

Pasillos perdidos

Por Montserrat Salvat, coordinadora Escuela Pedagogía de Educación Media en Historia y Geografía, Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad San Sebastián.
Pasillos perdidos

Las galerías comerciales de Providencia dieron conectividad peatonal y trajeron lo más llamativo del comercio en los años setenta extensión de la ciudad y creación de otros núcleos urbanos, se han reinventado como el paraíso de los libreros, de las reparaciones de ropa y de los centros de depilación. Con menos furor, pero fiel clientela.

En el siglo XXI acudimos al mall. Queremos fácil, limpio, bonito, todo en un mismo lugar, desde colchones hasta sillines de bicicleta, pasando por celulares, consolas de juego, calzado y moda; con estacionamiento, aire acondicionado a la temperatura perfecta, patio de comidas, cafés, heladerías, restoranes y hasta teatro y parque de entretenciones.

En el sector de galerías comerciales de la comuna de Providencia uno sube y baja a pie, con esos pisos de goma negra con pequeños estoperoles o derechamente cemento. Entre Tobalaba y Miguel Claro nos encontramos con Galería la Pérgola. Francisco de Aguirre, Puerta del Sol, Oriente, Los Jardines, Galería Torres de Tajamar, Galería Véneto, entre otras.

En su minuto fueron el paseo peatonal obligado para dar con las cosas importadas y finas, de un país más aislado y pequeño de lo que es ahora. Cumplían el propósito comercial, pero también eran una buena idea para dar conectividad entre distintas arterias sin rodear la cuadra completa, a la vez que daba uso público al primer piso de los edificios que fueron poblando la principal avenida.

En la actualidad, el olor a cera depilatoria y spray para el pelo se confunde con las apetitosas preparaciones del almuerzo. Ensalada, pan, plato de fondo, jugo y postre por milagrosos mil ochocientos pesos o dos completos a luquita. Precios de otra era. Servicios con historia. Letreros de neón verde, lila y rojo anuncian los nombres de dos estilistas, un listado de precio que detalla los servicios de confección, overlock, zurcido y cierre de modistas y sastres; técnicos expertos reparan calculadoras, televisores o aspiradoras; Ovidio, Plutarco, Graham Green o Ibsen, los bestsellers policiales, los romances entre vampiros y adolescentes y las explicaciones sobre nuestro modelo social repletan las vitrinas de librerías de títulos usados, que hacen salivar la glotonería lectora de tantos.

Los vendedores no son jóvenes que chatean mientras te atienden, ocupados con su activa vida virtual. ¡No, no! Es una señora que lleva treinta y cinco años vendiendo, midiendo y recomendando ropa a sus clientas. Ojo clínico, trato directo y servicio personalizado…

Muchos locales se encuentran disponibles para arriendo. Otros tantos se han reinventado y son un buen lugar para productos de nicho, como el calzado especial para diabéticos, con material que protege de heridas el pie tan delicado de quienes lo padecen; o uniformes y batas para profesionales de la salud; alimentación saludable, semillas, leches, mayonesa, para celiacos o veganos; gastronomía india, thai, colombiana; vinilos, casetes de música, fragancias alternativas, objetos coleccionables de comic, lencería sensual. El protagonismo monopólico del celular también se hace presente, con accesorios y carcasas.

Y para quien busca encanto perdido y diseño, las tiendas de regalos y decoración nos muestran en sus vitrinas los infaltables monjes calvos de largas barbas en porcelana china, campanas, cucharitas, lámparas Tiffany, ángeles, torteros de cristal, alcuzas de vidrio tallado, decantadores, bandejas de plaqué, teteras y lecheros, frutas de porcelana. Maestros relojeros aún quedan, algo de filatelia y numismática también. La cronista —que es bien catete, mirona y caminadora— ya no ve estudios fotográficos, donde las señoras y señoritas iban a retratarse en color o en blanco y negro para el anuario del colegio o para la foto de pasaporte y carnet.

 

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