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EDICIÓN | Junio 2016

Un viaje al pasado

Restaurante Frida
Un viaje al pasado

Muebles antiguos, algunos restaurados, otros tal y como el tiempo los ha dejado, teteras y pocillos enlozados, colecciones de cucharas de plata, de tazas de té, de cajas de lata, entre un sinfín de objetos con una historia detrás, son los que destacan dentro de un ambiente moderno, de pisos y muros negros, blancos y rojos en este restaurante de Machalí, en Rancagua.

Por María José Pescador D. / fotografía Danny Bolívar U.

Entrar a Frida es entrar al pasado, pero un pasado que se funde a la perfección con el presente, con lo moderno, lo vanguardista. Lo primero que destaca es su doble altura, un espacio que pareciera pequeño, pero por cómo están organizados los distintos ambientes pareciera ser muy amplio.

El responsable de la decoración del lugar, uno de los pocos ambientados en un estilo entre kitsch y vintage, es uno de sus dueños: Rodrigo Garay, un rancagüino de toda la vida, quien a raíz de sus viajes y principalmente estadías en Estados Unidos, Cuba y Argentina, además de sus estudios en arquitectura y arte, ha sabido darle un toque único y especial a este restaurante del cual es propietario junto con su hermana.

Frida es el nombre del local que tiene diez años de vida, y es el nombre que Rodrigo eligió simplemente porque es un fanático de la artista. El colorido y lo que representa esta tremenda mujer lo identifica. El restaurante –que ofrece platos y tablas que recorren una gastronomía desde la chilena, hasta la asiática– ha estado en tres lugares distintos, pero es este último, ubicado en el Boulevard Nogales y en donde acaba de cumplir un año, el que más le ha gustado por el espacio y la amplitud.

¿El estilo de decoración que te identifica?
Me gusta mucho lo kitsch, lo provenzal, la restauración de muebles, mezclar lo antiguo con lo moderno, tener esa estética. Me gusta que cada rincón tenga un toque tipo escenografía teatral. La decoración es algo que viene en mí desde chico, es sin duda una pasión.

¿Por qué te gustó este local?
Por su estructura muy moderna, que era entretenido mezclarla con muebles antiguos y una iluminación especial.

¿Qué tuviste que remodelar en cuanto a infraestructura?
El piso por ejemplo: de un lado quise poner baldosas blancas y negras instaladas cada una en forma diagonal. La gente comete el error de ponerlas como si fueran un juego de ajedrez, y ese no es el patrón, ya que al ponerlas de forma cuadrada se pierde la perspectiva... La idea es que el piso no pase desapercibido. Al fondo sólo usé baldosas negras para crear otro ambiente. Hay una pared blanca que está elevada y tiene un marco maravilloso hecho por un artesano de la cárcel de Rancagua y adentro le puse una foto de Mata Hari. Las demás paredes las pinté de un morado oscuro, atrás de la barra son rojas y el techo es negro.

ESCENOGRAFÍA TEATRAL

Dentro del Frida hay cuatro comedores y dos livings. El primer comedor es una mesa de madera apoyada en una pared, en donde se instaló un respaldo de cama antiguo de fierro. A un lado, un mueble esquinero con un cuadro con la figura de Gamesh, traído de la India. Al otro lado, un comedor estilo provenzal con sillas, todo pintado en blanco y el tapiz en morado. Junto a este, un pequeño estar en donde destaca un bergere con capitoné de terciopelo café, una mesa triple lateral, un ropero convertido en vitrina con una muñeca de tela que imita a Frida Kahlo, un sillón hecho a partir de una cama cuja de madera, que se recortó y se le puso un cojín tapizado en tela toile de jouy. Al medio, un baúl centenario.

”Me encanta el blanco, o el albayalde. También me gustan las texturas. Juego restaurando algunas cosas, pero otras prefiero dejarlas tal cual. Aquí hay varios objetos que fueron de mi abuela, y esas cuentan una historia que se puede ver: la madera sin barnizar, el tapiz sin renovar… hay cosas que no necesitan modernizarse”.

¿Tu concepto de decoración?
Reutilizar, gastar poco. En el restaurante hay muchas cosas que encontré, literalmente, botadas en la calle, otras enterradas en medio de la nada… En el centro, un comedor para seis personas, heredado de su abuela, sin retoques, las sillas con un tapiz floreado, encima individuales con estética vintage: rojos con lunares blancos y dibujos de mujeres estilo pin up. Más allá otro, el más grande, para ocho personas, con la mesa puesta: platos blancos, sobre individuales dorados, mismo color de los cubiertos traídos desde Tailandia y con detalles de cuernos de bisonte.

Atrás un arrimo art decó, con una estatua de piedra de Buda. La pared que separa la cocina, se forró con un papel oscuro con diseños. En medio, dos marcos antiguos color oro colgados e iluminados con dicroicos. En el suelo una barrica antigua. “Me gustó este papel porque es un poco tornasol y parece tela”.

Atrás de este comedor destaca un ropero sin la puerta de al medio en donde hay colecciones de enlozados, tazas, cajitas, entre otros… A su lado, un mueble vitrina sin vidrios, también con colecciones de distintos objetos; aquí saltan a la vista un juego de cucharas de plata, una máquina de coser de fierro, una pesa de los años sesenta. “Esta estaba enterrada en un tierral en el Olivar, se veía solo un pedazo. Igual que los enlozados que los encontré en un basural en Valparaíso”.

En la esquina, el living más grande del lugar, compuesto por dos sofás y un sillón de tres cuerpos, todos estilo Luis XV, restaurados por Rodrigo, quien pintó la madera blanca y les puso un tapiz de terciopelo color negro. Al medio, una mesa con marquetería; encima, una bandeja de plata con un juego de té de porcelana alemana. Al fondo, una toilette también Luis XV al que le sacó el espejo para poner sobre él objetos decorativos, entre los que destacan dos sifones de colores, una gallina y un pequeño conejo de cerámica en blanco.

A un lado, una lámpara de pie de bronce con colgante de lágrimas de vidrio. En la pared, un apliqué de bronce con lágrimas también de vidrio, instalado de forma que fuera sólo un objeto de decoración, ya que encima se les puso un foco dicroico con el fin de iluminarlo y destacarlo de forma más tenue. En este mismo sector cuelga del techo una lámpara del mismo estilo que las otras dos, comprada en el persa Biobío.

El bar está a la vista y lo hizo con un trupán que pintó negro y trozos de mármol que eran de una antigua escalera de su exlocal, color café. Aquí destacan las paredes rojas, unas barricas instaladas como cuadros, un espejo biselado con un reloj al medio, y repisas con diversas colecciones.

La terraza es más grande que el local por dentro, también tiene comedores antiguos, otros hechos de madera con sillas de cuero rojo para darle modernidad y un espacio con sillones de mimbre blancos más un baúl de su abuelo. Además de muchas plantas, en maceteros de barricas y otros de greda, carteles con la cara de Kalho, telas tensadas como techo y grandes lámparas blancas.

¿El toque especial?
La amplitud. De repente los restaurantes tienen muchas mesas para poder tener más capacidad. Pero a mí me gusta la comodidad, la estética bien definida. Aquí hay espacios en donde perfectamente caben quince personas, pero en dos ambientes distintos que se unen, y son atractivos y placenteros.

 

"Mi concepto es reutilizar, gastar poco. En el restaurante hay muchas cosas que encontré literalmente botadas en la calle, otras enterradas en medio de la nada…”.

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