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EDICIÓN | Junio 2016

Puro ingenio

Rodrigo Villalobos escultor
Puro ingenio

Veletas hechas de escobas, una lámpara de cochayuyo con forma de ballena, cabezas de pescado, raíces de alerce, palas caladas, armaduras con cachos de venado. Sus escult uras son cosa seria. En el las, el juego del equilibrio y la mezcla de mater iales han llamado la atención de va rios. Presente como elemento decorador de casas y restau rantes, y con exposiciones en d iversas latit udes, el sello Villalobos es un referente dentro del circuito artístico.

Por Macarena Ríos R. fotografía Teresa Lamas G.

“ Hola, soy Rodrigo, me acabo de retirar de la Católica hace dos horas y quiero pega, saber si te puedo ser útil en algo, ser tu ayudante para aprender”. Luego de un silencio breve, la respuesta a través del citófono: “Ven mañana a las ocho”.

Así par te la historia de este escultor, pelo indomable, manos en los bolsillos, tres hijos y un curioso bigote, para el que no existe el tiempo cuando trabaja en su taller de calle Echaurren. Su “oasis”, como le gusta llamarlo. “Soy ermitaño. El trabajo del artista es bien solitario. Aunque tengo una gran vida social, estoy todo el día en el taller”.

El día en que decidió retirarse de la carrera de Arte partió derecho al Teatro Municipal de Santiago, preguntó si había un taller de escultura o escenografía y pidió hablar con el encargado.

¿Qué aprendiste?
Aprendí el oficio de tallar. Pero seis meses encerrado en un sótano sin ventanas, haciendo unas escenografías increíbles y construyendo planos en volúmenes, fueron suficientes y me fui a México.

Allá estuvo dos años soplando vidrio con un austríaco. “Se llamaba Daniel Merkel. El tipo era un genio, había sido discípulo de Chihuly (escultor americano especialista en vidrio soplado), venía arrancando de la heroína de Europa, llegó a Veracruz con una casa que había heredado en un contenedor, se enamoró de una puta y se compró una villa en San Miguel de Allende. Ahí aprendí otro oficio, pero no era lo mío.

¿Y qué es lo tuyo?
Jugar con distintos materiales. Incluyo vidrio, madera, fierro, que es la base de todos mis trabajos y lo que más me gusta. Puedo hacer lo que quiera con él: cortarlo, doblarlo, soldarlo, perforarlo, derretirlo, coserlo, es como plasticina”.

EL RECOLECTOR

En el taller de Rodrigo hay de todo. Desde postes antiguos de luz en alerce, una serie completa de patentes de 1984, hasta cristales ópticos encontrados en ferias de antigüedades.

“No soy un reciclador”, se apura en decir, “soy un recolector. Más que un concepto o un trasfondo en mi escultura, hay un placer por descubrir qué es lo que el material me dice”.

Plagado de objetos y rodeado por suculentas y árboles plantados por él mismo, se pasa las horas creando nuevas vidas a materiales en desuso. Así nacen singulares esculturas, llenas de ingenio y creatividad, como las veletas hechas con escoba que volvieron loco al filántropo italiano Luciano Benetton, hace algunos años, cuando vino al país, y que hoy forman parte de una colectiva itinerante de arte latinoamericano por Europa.

¿Qué te gusta de tu trabajo?
Que es lúdico, que se puede tocar, que se puede mover. Y en ese sentido, el público que más me gusta son los niños, por su curiosidad.

¿Cómo te acercas al público?
Doy clases y talleres, monto exposiciones en lugares más marginales y menos elitistas. He hecho simposios en Navidad, Valdivia, Temuco; me interesa que la gente entienda, que mire, que se dé cuenta de los detalles en mis esculturas.

¿Cuál ha sido la escultura más desafiante?
Más que por el tamaño o el peso, las más difíciles han sido cuando he tenido que solucionar problemas de equilibrio. Si bien es el elemento el que le interesa, se pueden ver algunas técnicas de mosaico en sus obras. Con santa paciencia, va cortando cientos de piezas y con ellas va construyendo una piel y creando volúmenes.

¿Cómo parte todo?
Siempre supe que quería soldar, tallar maderas. Siempre fui de hacer cosas. Mi infancia la pasé en Zihuatanejo, una playa mexicana, donde me crié con palitos y ramas, haciendo castillos de arena. Yo creo que el mar y los barcos oxidados antiguos gatillaron, en un principio, mi camino hacia esto. Siempre me gustó encontrarme con fierros oxidados.

¿La mejor hora para crear?
Las mañanas. Me gusta el día, la luz natural. Y amo Valparaíso.

¿Por qué llegas a Valparaíso?
Buenos Aires me cansó. Fui allá siguiendo un amor y terminé quedándome cinco años. En ese tiempo hice varias exposiciones en distintos lugares: Palermo, Santelmo, en el Centro Cultural Recoleta, pero decidí volver porque tenía a mis hijos acá.

¿En qué estás ahora?
Con Carola Arias (dueña del Bazar La Pasión) estamos trabajando en un proyecto que tiene que ver con darle una vuelta a las antigüedades como objeto utilitario de diseño y decoración llevados al extremo: una silla macetero, o un perchero-escultura, por ejemplo. La idea es que sea magnético, que te atrape por ser una pieza única.

¿Se viene luego alguna exposición?
Estamos trabajando en una exposición con mi novia que es vitralista. Quiero hacer esculturas y vidrios volumétricos.

¿Te sientes artista?
Soy escultor. Lo del artista es más complicado, porque existe un ego bien extraño. Yo construyo, siempre he hecho esto, si me cortaran las manos no sabría qué cresta hacer.

¿Tu sueño?
Tener una casa-taller en el campo-playa y trabajar.

 

"El fierro es la base de todos mis trabajos y lo que más me gusta. Puedo hacer lo que quiera con él: cortarlo, doblarlo, soldarlo, perforarlo, derretirlo, coserlo, es como plasticina”.

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