Uno de los indicadores importantes en los países socialmente más desarrollados —y no sólo económicamente— es el acceso de sus comunidades a las iniciativas culturales.
Para estas naciones el acceso a la cultura tiene directa relación con el bienestar de su población, ya que fortalece la comunicación y relación entre los ciudadanos. En esos países, la cultura representa no sólo una oportunidad de disfrute estético y formal asociada a una elite intelectual o social, sino que también es el espacio donde confluyen las tribus de todo orden, independientemente de su origen o condición social.
Lo “cultural” no son solo las expresiones creativas y tradicionales de una comunidad; lo cultural también tiene directa relación con las grandes problemáticas que las mismas sociedades se plantean, y con la manera en cómo sus propios integrantes se informan, educan y debaten sobre estas disyuntivas sociales que atañen a todos y no sólo a un grupo determinado. En síntesis, lo cultural es toda aquella expresión y acción positiva o creativa que genera impacto en el tiempo, en una sociedad o nación.
Dicho esto, no deja de llamarnos la atención que algunos medios de comunicación locales adscriban las iniciativas culturales a los panoramas de mera entretención y el “tiempo libre”, o que algunos centros culturales insistan en talleres e iniciativas más bien asistencialistas, con clases de bordado, danza, pintura, e inclusive de poesía y fotografía, para que la gente “aproveche el tiempo”. ¿No estamos acaso entregando un mensaje equívoco, de la verdadera importancia que debe tener el acceso a la cultura en nuestra vida cotidiana? Porque actividades de “tiempo libre” serían igual a: “aprovéchelas, pero sólo si tienes tiempo…”. Al respecto, concluyamos esta columna reproduciendo la frase reciente de una escritora española: “La cultura no es una actividad del tiempo libre; es lo que nos hace libres todo el tiempo”.