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EDICIÓN | Junio 2016

La Serena, el cobre y su rol estratégico en el Imperio Hispanoamericano I parte

Hernán Cortés Olivares, académico e historiador de la Universidad de La Serena.
La Serena, el cobre y su rol estratégico en el Imperio Hispanoamericano I parte

En 1590, Lima necesita fabricar cincuenta piezas de artillería y eleva súplica al rey para la instalación de una fundición en esta ciudad, reconociendo que el metal más propicio para estas faenas es el cobre-bronce de la Española, Cuba o de Filipinas ¿Qué ocurre, entonces, con nuestro tan afamado cobre de La Serena y Coquimbo?

La integración del Reyno de Chile al Imperio de Carlos V y su hijo Felipe II, es la culminación de la expansión ibérica, iniciada por los Reyes Católicos en 1492 y materializada por Cristóbal Colón y todos los hombres de empresa que creyeron en un destino manifiesto vinculado a la grandeza de Dios, el Rey y su Patria telúrica. Esta magna empresa universal coincide con el proceso político constituyente del Estado Moderno o Monarquía Absoluta, iniciado por Carlos V, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y Rey de España.

La administración del Imperio de ultramar con ausencia del poder real promovió en todos los estamentos que conformaron la nueva sociedad, la codicia desenfrenada, la corrupción sin límites, y abyectos crímenes políticos inducidos por la ambición, sin embargo, siempre terminó por imponerse la obediencia al rey, prevaleciendo los fines originales: expandir el Cristianismo y consolidar la Grandeza de España con el oro y la plata de América, metales disputados por las monarquías europeas. Esta rivalidad económica entre España, Inglaterra, Holanda y Francia contribuye a valorar el cobre, metal estratégico vital para la industria militar para fabricar cañones, mosquetes y arcabuces para defender ciudades y puertos en América, pues la amenaza de los corsarios y piratas, hace imprescindible fabricar también artillería liviana: naranjas, medias naranjas, bersillos, culebrinas para las urcas, naos y galeras.

La transferencia tecnología metalúrgica es de preferencia la de Milán con sus artes mecánicas y químicas. El virrey del Perú, Martín Enríquez, en 1583, trae tres piecezuelas “pues (en Perú) no hay cobre ni quién sepa fundir una pieza ni lo entiende sino es algún artesano que hace campanas y se necesitan de 7 a 8 piezas de 60 quintales arriba”, recomienda que viniese quien supiera fundir el metal o bien traer artillería de las Filipinas. La defensa del Callao depende sólo de veintiséis piezas de artillería y manda fabricar catorce piezas con el cobre que pudiesen encontrar usando para la liga, platos y escudillas de estaño. El virrey afirma que el cobre de Chile no sirve si no se refina mucho y es muy costoso y si hay algún estaño es carísimo sacarlo. En Lima existe solo un fundidor oficial campanero y en Santiago, uno. Los navíos de Nueva España trasladan una que otra pieza de artillería de 80 qq y cañones pedreros de 12 qq; y los mercaderes señalan que no traen artillería porque nadie las compra y pese a que el Rey autorizó el viaje de dos fundidores desde España, no hay disponibles.

En 1590, Lima necesita fabricar cincuenta piezas de artillería y eleva súplica al rey para la instalación de una fundición en Lima, reconociendo que el metal más propicio para estas faenas es el cobre-bronce de la Española, Cuba o de Filipinas. ¿Qué ocurre con nuestro tan afamado Cobre de La Serena y Coquimbo? El virrey Francisco de Toledo, en 1572, señala que es “ruin”, “flaco” y “carente de las propiedades necesarias para fabricar cañones”. La imagen precaria del cobre de Chile se debe a la exportación de artefactos de cobre de pacotilla: candeleros, braseros, baterías de cocina, pailas para fabricar dulces; almirez para moler ajos y semillas, alambiques caseros y pilas bautismales. Esta producción menor era de los herreros y artesanos asentados en las ciudades, haciendas y asientos de minas cuyas fundiciones usan el “cobre nativo o dulce” que es mucho más dúctil y blando, apreciado para usar el martillo. Y en segundo lugar existe un cobre más agrio o duro, más resistente al martillo y más sonoro, destinado universalmente a la fabricación de campanas y piezas de maestranza, es el cobre ligado sino solo con estaño, que viene a ser un bronce natural, conocido como Cobre Campanil de Coquimbo, famoso en el mundo entero, pero en el siglo XVIII y XIX.

 

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