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EDICIÓN | Junio 2016

El pasado a la venta

El Abuelo

Pablo Neruda cliente habitual, dar el palo al gato en medio de la crisis de la Unidad Popular, la visita imaginaria de Pinochet, y los objetos más increíbles que hayan pasado por el negocio. Conversar con Pablo Eltesch, el propietario de la casa de antigüedades más tradicional de Valparaíso, es conocer también la historia del comercio y la sociedad porteña. El Abuelo abre el baúl de sus recuerdos.

Por Marcelo Contreras / fotografía Teresa Lamas G.

Está en Independencia 2071, a pasos del parque Italia, en rigor la plaza donde hace un siglo las familias más acomodadas de la ciudad paseaban los fines de semana en medio de pequeñas lagunas con majestuosos cisnes que más tarde, cuenta la leyenda, fueron robados y devorados cuando el puerto comenzó su debacle económica.

En diagonal al local figura el excolegio de los Padres Franceses donde Pablo Eltesch (73), el dueño de El Abuelo, estudió. Es parte de la zona que Joaquín Edwards Bello, una de las plumas mayores en la historia del periodismo nacional, perpetuó bajo el título de su libro En el viejo Almendral (1943). Ingresar al negocio equivale a una máquina del tiempo, retroceder a los días en que Valparaíso aparecía destacado en mapas del Pacífico sur. Es como un museo de libre acceso donde uno se puede llevar, pagando, por supuesto, los objetos en exposición.

Eltesch enciende un cigarrillo y deja escapar el humo enfundado en sombrero y bufanda como si fuera a interpretar un tango. Sus recuerdos retroceden a los años cincuenta. “Mi familia estaba en el negocio de los hoteles. Entre varios, tuvieron el Garden que todavía existe, el París y el Cecil. Era muy sacrificado. Mi papá tuvo una oferta y vendió. Se compró un salón de té en la avenida Pedro Montt, muy buen negocio porque estaban todos los cines y teatros”. Así, al igual que en Buenos Aires, el público salía de las funciones de trasnoche y pasaba al Venezia, como se llamaba el local. Se ganaba pero los parroquianos partían después de las tres de la madrugada y a las siete el negocio ya estaba abierto. Como el sacrificio no era muy distinto a los hoteles, el salón fue vendido. “Mi padre empezó a ir a remates, lo que hacía cuando tenía los hoteles para alhajarlos. Compraba copas, cuadros, muebles. Y debido a eso se instaló con antigüedades ¿Qué año? El sesenta, en la esquina de Rodríguez con Independencia, a una cuadra de aquí. Por el terremoto del sesenta y cinco lo demolieron. El sesenta y siete mi papá empezó a arrendar la mitad de este local y después compró la propiedad. En esa época tuvimos cosas muy buenas que las comprábamos baratas y las vendíamos baratas. Nos compraban comerciantes de Santiago, y como a mi papá le convenía y no se preocupaba de tratar de sacar el máximo, venían felices”.

¿Qué vendían específicamente?
Muebles, figuras, de todo, pero cosas buenas. En ese tiempo la gente se estaba cambiando a Viña desde esas casas señoriales de los cerros Alegre y Concepción. Le voy a contar un caso. Unas señoras de una casa enorme de tres pisos llamaron a mi papá y le dijeron cuánto ofrece por todo lo que no les servía. Había revistas, palos de golf. Hizo una oferta y le dijeron, ‘mire, si usted se lleva todas las plantas y me manda un encerador que deje impecable, aceptamos la oferta’. Mi papa contrató una persona y se trajo unas cuarenta plantas. Cuando llegó yo le dije ‘pero papá, nada que ver con el negocio’. En tres meses las vendió todas. Me dejó callado.

EL CLIENTE NERUDA

Pablo Eltesch dice que la irrupción de Internet, como en todo orden, sirvió para tener más información sobre el rubro, pero que también distorsionó los valores. “La gente está un poco loca, piden precios irreales. Hay unas monedas del año treinta y tres que me cuesta vender a cien pesos cada una, y yo las he visto en Internet en cinco mil, ocho mil pesos. Un amigo las vio en veinte mil pesos”. Con los años, dice el propietario, encontrar material se ha hecho más difícil porque todo se va a Santiago y por la competencia. “Apareció la (feria de antigüedades) plaza O’Higgins que no pagan casi nada, entiendo que luz y limpieza, y sin IVA”.

Recapitulemos: su padre viene de la hotelería ¿cómo ganó experiencia en este rubro?, ¿dónde empezó a comprar?
Compraba aquí en Valparaíso, a veces en Limache, pero rara vez iba más allá. ¿Por qué? Porque el lugar con más antigüedades finas en todo Chile era Valparaíso. Los extranjeros creían que aquí no había nada, se traían todo y luego se daban cuenta de que aquí había de lo mismo. Ahora, el tipo de clientela es difícil pero le diría, para no exagerar, que Neruda empezó a venir en 1962, unas seis veces al año hasta que murió.

¿Tenía alguna fijación o sus gustos eran amplios?
Era amplio, pero tenía una virtud. Como viajaba mucho, veía lo que se vendía y compraba en Europa. Entonces la gente de acá andaba buscando cosas francesas, de ese tipo, y Neruda no. Compraba postales, cuadros kitsch hechos por cualquier persona y que tenían alguna gracia. Le gustaban las cosas marinas, compraba postales eróticas, no porno, sino mujeres desnudas o semi desnudas. Los juguetes también.

¿Regateaba mucho?
No. Compraba algo, se iba a Europa, lo pagaba y lo dejaba guardado aquí mismo. Nunca hubo un problema con él.

¿Traía más clientes?
Mire, poco. Le gustaba andar solo. Una vez sí nos trajo un cliente muy bueno, Flavian Lewin, un ingeniero que creó la Enap. Sara Vial, que nos ha hecho tanta publicidad en sus libros, nunca vino con Neruda.

¿Qué otras figuras han visitado El Abuelo?
Carlos Altamirano estuvo hasta en la casa de mi papá. José Donoso varias veces. Recuerdo que coleccionaba opalinas, que es un vidrio de color muy bonito. Enrique Lafourcade, nada que ver con lo que se veía en televisión, lo más simpático y siempre muy bien acompañado. Frei Montalva siendo ex presidente algo me compró, y después que murió venía su señora con la viuda de Tomic. También la mamá de los Piñera, lo más simpática que se pueda imaginar, ya había muerto el marido.

¿Y Pinochet?
Nunca. Salió en el diario una vez que un sábado en la tarde vino a ver a los curas del colegio porque él estudio aquí y que había pasado. Pero resulta que un periodista, sin venir para acá ni nada, sabía que nosotros abríamos el sábado en la tarde, pero nosotros nos aburrimos de hacerlo porque nos robaban y no vendíamos nada. Así que el periodista inventó la visita. No así la esposa y una hija.

¿Y Allende?
No, para nada.

A RÍO REVUELTO

A propósito de Salvador Allende, los mejores años del negocio fueron bajo su gobierno, toda una paradoja cuando el comercio fue uno de los mayores adversarios de la Unidad Popular. Pablo Eltesch, no sin antes advertir que “nosotros no éramos allendistas”, lo explica. “La gente no se atrevía a comprar propiedades porque se las podían quitar. No había en qué invertir, entonces ¿qué pasó? Los precios de las cosas antiguas, buenas estoy hablando, empezaron a subir. Uno compraba un cuadro que valía, por decir, cien mil pesos, pagaba cincuenta y después, averiguando, ya valía trescientos mil porque todo el mundo quería invertir en antigüedades. Un departamento promedio en Valparaíso ese tiempo valía lo mismo que un Fiat 600 o una citroneta, lo que era ridículo”.

Cuando usted toma el negocio, ¿se hacía asesorar para comprar?
No. Mi papá compraba y vendía a su gusto. Se podía equivocar y no investigaba. Si tal cosa le costó diez y le ofrecían veinte, la vendía. Cuando yo empecé ya había libros de antigüedades, después apareció internet para ubicarse en ciertos valores.

¿Cuáles son los objetos más valiosos que han pasado por El Abuelo?
Un rifle Winchester de 1866. La caja donde se hace el mecanismo era de bronce y todo grabado con una pelea entre hombres y tigres. Lo vendimos en quinientos dólares a un comerciante en plena UP. Ese rifle debe costar treinta, cuarenta mil dólares. Tuvimos unos cristales Gallé y costaban una millonada. Estaban un año y no se vendían al tiro. Ahora usted pega una llamada y dice que tiene un Gallé y llegan veinte (compradores). Tuvimos vitrinas de salón Berni Martin, preciosas.

¿Le piden asesorías?
Sí, pero no lo hago y cuando sucede es gratis, les doy una idea. Con las tasaciones he tenido problemas. Me piden opinión de diez cosas y al final es una casa llena de cosas.

¿Y corren falsificaciones?
Está lleno. Los chinos están haciendo las monedas chilenas más escasas y también de otros países. Además falsifican billetes. Pablo Eltesch reserva una última historia con Pablo Neruda, cuando el poeta ya estaba enfermo de cáncer en 1973. Aunque las fuerzas del premio Nobel menguaban, el gusto por las antigüedades persistía. Su última obsesión fue un curioso molinillo de café típico de viejo almacén que El Abuelo tenía solo en exhibición. “Mi papá dijo que lo iba a dejar como símbolo del negocio. Llegó Neruda y le pidió que se lo vendiera, hasta que llegó una amiga de él que compartía casa en La Sebastiana, la (escultora) María Martner, esposa del doctor Velasco, y le dijo a mi papá ‘dele el último gusto a su tocayo, véndale el molinillo’. Mi papá quedó impactado, se estaba muriendo. En la tarde, entre cuatro, subimos el molinillo a un station y partimos a Isla Negra. Lo dejamos ahí, estaba el cuidador que era una persona de mucha confianza de Neruda. Le preguntamos si estaba y dijo que no. Al día siguiente Neruda no se podía siquiera bajar del auto, pero le traía el cheque a mi papá, muy apenado porque efectivamente estaba en su casa y quería mostrársela”. Hoy ese molinillo es uno de los objetos más vistosos en la propiedad de Pablo Neruda en Isla Negra.

 

"Mi papá compraba y vendía a su gusto. Se podía equivocar y no investigaba. Si tal cosa le costó diez y le ofrecían veinte, la vendía. Cuando yo empecé ya había libros de antigüedades, después apareció internet para ubicarse en ciertos valores”.

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