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EDICIÓN | Junio 2016

La Reina de Saba

Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D. Profesor en la Universidad de Chile Director China & India Intelligence Reports smcarrasco@vtr.net
La Reina de Saba

La reina de Saba y su espumosa riqueza bien pudo ser una fantasía, una invención de tiempos de tristeza, pero necesaria para alimentar la esperanza y dar aliento para perseverar.

Saba, ó Šəḇā, es el nombre árabe del legendario reino yemenita que se menciona en las escrituras hebreas, en la Biblia, y también en el Corán. Pudo haber existido una soberana que reinó en Saba, sobre el pueblo sabeo (as- Saba’iyūn), cuyo nombre en lengua etíope fue Makeba. Mas, nada, ninguna prueba hay acerca de una relación entre esa reina Makeba y el rey Salomón. La imagen de Makeba de Saba arribando a Jerusalén, encabezando una columna de dromedarios cargados de riquezas, parece más invención que verdad.

La existencia del rico y ostentoso reino de Saba es controversial. Hasta hoy, no hay suficiente evidencia arqueológica que respalde las menciones que se hacen en algunos escritos e inscripciones. Dos respetados especialistas en Historia del Próximo Oriente, Israel Finkelstein y Neil Silberman, señalan que el reino sabeo es bastante reciente. Por lo que relacionar a Saba con Salomón es un anacronismo e intento judío de prestigiar su pasado. De paso menciono que si se desea tener una idea completa y panorámica del tema, recomiendo el libro-catálogo del Museo Británico Queen of Sheba: Treasures from Ancient Yemen, editado por el curador John Simpson, con trescientos artículos e ilustraciones que cubren todo ángulo de conocimiento sobre el reino de los sabeos.

Recientes hallazgos de aldeas costeras en Etiopía y la constancia de intenso tráfico comercial marítimo que alcanzaba incluso la India, podrían indicar otra cosa. Tanto el así llamado Cuerno de África, como la fértil franja del Yemen, pudieron ser desde tiempos remotos una sola zona de gran prosperidad y proverbial abundancia. Por eso es que Yemen se conoció también como la “Arabia feliz”. Buen clima, suficiente pluviosidad, humedad y excelentes suelos, permitieron una generosa agricultura y la concentración de gente incentivó y dinamizó toda actividad económica. La región llegó a ser un área de acopio e intercambio de mercancías exóticas de origen africano, más, el incienso y la mirra producidos en el Yemen, hicieron de la zona la base de partida para caravanas que se dispersaban en todas direcciones.

La Palestina fue un destino secundario, aunque no menor. El tiempo entretejió leyendas, mitos y realidades, quedando todo en un solo corpus de fábulas tradicionales esparcidas a través del sistema de comunicaciones de la Antigüedad: las caravanas. El comercio caravanero fue la nervadura vital que transmitió fuerza y aires nuevos en una escenografía de aridez monótona y vacía. Entre los arenales, en cada verde oasis, existieron reinos que convivieron entre sí, a pesar de las diferencias culturales y diversidad en los niveles de desarrollo. Por ejemplo, en plena época del Egipto faraónico nuevo (1.500 - 1.000 a.C.), Yemen ya tenía una población numerosa que enviaba productos a las ciudades egipcias. El ir y venir de las caravanas, era el modo de transmitir novedades, avances técnicos y conocimientos. Las caravanas que cruzaban el desierto o bordeaban el Mar Rojo, trasladaban ideas y creencias; también descubrimientos que remecieron la esencia del comercio, como el uso de monedas. Las monedas Negociar con monedas era ajeno al ser árabe; era frío, duro e impersonal. La economía monetaria favoreció la acumulación desmedida y el desarrollo del poder político y a la larga derrumbó los reinos del Yemen que por siglos compitieron y vivieron del comercio de las especias, de la mirra y el incienso. Saba; quizás el más importante, Ḥaḑramawt, Awsān, Qatabān, Ma’īn, e Himyar, decayeron o se fusionaron en uno solo para subsistir. Saba, bajo la dinastía Himayarita y desde su capital Ma’rib, duró varios siglos más, hasta que se hundió en el olvido. Entre tanto, al norte el imperio romano, netamente centralizado y monetario, se derramó sobre la Arabia y la hizo tributar para sí. Más tarde, el imperio persa de los sasánidas hizo lo mismo; después el Islam, no obstante su mística y fascinante seducción, se sostuvo con recaudaciones de impuestos y el estrujamiento de cada región.

Siempre ha habido fabulosas reinas que financian proyectos pomposos y viajan a saludar a reyes lejanos. De todas las leyendas, una de las más hermosas es la de la acaudalada y exuberante reina de Saba. El problema es cuando alguien más real, pero sin ser reina ni tener suficientes monedas, las prodiga como si el mundo se fuera a acabar.

Para más información, escribir a smcarrasco@vtr.net

 

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