Es interesante todo el proceso que conlleva hacer un desfile. Los recuerdos de los primeros tienen ese dejo romántico, sobre todo en la interrelación que tengo con las modelos, escogidas al ojo, ese que no me haabandonado nunca y que me permite ver el allure de una mujer.
Todas piensan que hay que ser perfectas y estoy segura que muchas “imperfectas” son las que logran lucir y sacarle brillo a una tenida. Se tiene que dar la comunicación entre modelo, prenda y espectador. Es el hilo invisible.
El backstage es un temazo, es la cara oculta del desfile. La adrenalina esta al máximo, la ansiedad y la energía están en su punto álgido. Hay risas y preocupación, revisión de zapatos y prendas, pruebas de última hora, cierres atascados, peinados que se desarman, zapatos que no calzan. Todo está pasando ahí, en esos espacios sin glamur ni comodidades, estrechos, pero con un denominador común: que nadie está indiferente a lo que viene, a la tan temida pasarela, porque ahí se da lo mejor de sí.
Personalmente mi gran sello es tener modelos adultas, son verdaderamente un éxito, las espectadoras se ven reflejadas en edad y talla con ellas, son mis más grandes modelos, que interpretan y transmiten lo que siempre ha sido mi pensamiento: la no discriminación ni por edad ni por talla.
He participado en desfiles glamorosos y sencillos que no cuentan con la tan temida pasarela, pero sí tengo que destacar en cualquiera de los dos, el trabajo en conjunto de maquilladores y estilistas que se convierten en grandes amigos, estupendos colaboradores, que ayudan cuando hay egos desatados y algunos toques envidiosos, pero en general todo se convierte en un solo gran equipo.
Y debo destacar lo que me produce ver una persona común y corriente, chicas de jeans y zapatillas o mujeres adultas, convertirse en grandes modelos, con otra mirada y postura dando el primer paso para enfrentar la gran seducción de la pasarela.
¡HASTA LA PRÓXIMA!