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EDICIÓN | Junio 2016

Ojos en la oscuridad

Por Arturo Gómez M., ex astrofotógrafo del Observatorio Interamericano Cerro Tololo
Ojos en la oscuridad

Algunos, como yo, tenemos miedo a las arañas. Otros, no se pueden subir a un avión o a un ascensor. Hay muchas fobias, algunas inexplicables, como miedo a los gatos o a las grandes concentraciones de personas. Pero el colmo, como diría algún cómico, es el de un astrónomo que le tenga miedo a la oscuridad.

Los observatorios astronómicos, en su gran mayoría, trabajan de noche y cuando la oscuridad es mayor, mejor es el lugar para observar el cielo. Los astrónomos están acostumbrados a caminar de noche entre las cúpulas, acompañados de una linterna que emite una débil luz roja, para no contaminar con luz a los otros telescopios, que están observando lejanas galaxias o casi invisibles nebulosas, ubicadas a miles de años luz de distancia.

Algunos, como yo, tenemos miedo a las arañas. Otros, no se pueden subir a un avión o a un ascensor. Hay muchas fobias, algunas inexplicables, como miedo a los gatos o a las grandes concentraciones de personas. Pero el colmo, como diría algún cómico, es el de un astrónomo que le tenga miedo a la oscuridad.

Afortunadamente, ya no se trabaja al lado del telescopio, bajo la luz de las estrellas, como en el pasado, sino que ahora estamos dentro de una pieza iluminada, lejos del telescopio, porque la imagen que antes veíamos por el ocular, con nuestro ojo, fue cambiada por una cámara de televisión en donde vemos, con mayor definición y exactitud, las estrellas, nebulosas y galaxias.

Recuerdo a una astrónoma, antes que se utilizaran esas cámaras de televisión, que sufría cuando tenía que salir durante la noche, a hacer algunas calibraciones al aire libre. Era normal que muchos de nosotros camináramos entre las cúpulas, para “estirar” las piernas o mirar el hermoso cielo nocturno a simple vista. El problema era cuando esa astrónoma se encontraba, de pronto, con alguien que caminaba silenciosamente entre las cúpulas y sin linterna. El desgarrador grito de la madame se escuchaba a cientos de metros alrededor del observatorio.

Sin embargo, tuvimos una experiencia que no se la damos ni a nuestros peores enemigos. Nos sucedió a tres personas en diferentes fechas, durante noches sin Luna. Uno de ellos bajaba por una escalera, a un laboratorio electrónico a buscar algunas pilas de repuesto, ya que su linterna no iba a durar toda la noche. Hasta ahí todo bien, cuando de pronto, la débil luz de su linterna iluminó dos brillantes ojos en la oscuridad. Quedó, según su relato, paralizado, cuando de repente aparecieron tres pares de ojos, cercanos a los anteriores. En ese momento, no lo pensó más y salió arrancando de vuelta a su cúpula, para no salir más hasta que se hizo de día, al amanecer.

En la segunda ocasión, me sucedió a mí. Iba caminando, sin problemas, entre las cúpulas y con la linterna apagada, ya que el recorrido que estaba haciendo, lo conocía bastante bien. Me llamó la atención un ruido extraño de muchos pasos cortos que me rodeaban. Como que fueran de enanitos caminando alrededor. Saqué la linterna que tenía en mi bolsillo e iluminé el contorno. ¡Oh! ¡¡Mi Dios!! Eran a lo menos unos diez pares de ojos brillantes que me miraban y que se hacían más espectaculares durante esa oscura noche sin Luna.

Afortunadamente, no salí corriendo como mi compañero anterior. Traté de explicarme el porqué de esos seres pequeños, ya que los ojos no llegaban más allá de una altura de unos ochenta centímetros. ¿Enanitos verdes de Marte? ¿Alienígenas?

Al día siguiente comenté en el casino del observatorio mi “encuentro del tercer tipo”. Al indicar yo que había visto unos diez pares de ojos, uno de mis compañeros, que trabajaba como a cien metros de mi cúpula, comentó que esa misma noche y casi a la misma hora, él había visto no diez pares de ojos ¡sino que unos cuarenta o cincuenta pares de ojos!

Allí todos reíamos a carcajadas, ya que, en ese momento, ya conocíamos la respuesta de los misteriosos encuentros. ¿Y qué era entonces? Todos sabemos que estos observatorios están en cerros no poblados y en las cercanías hay muchos campesinos y arrieros.

Lo que habíamos visto esas noches eran grupos de cabras que se habían escapado hacia la cumbre del cerro y que, al día siguiente, los arrieros fueron a buscarlas, porque la puerta del corral se les había quedado, por equivocación, abierta.

Lo único que les puedo decir, es que la primera impresión es muy fuerte y si no tenemos antecedentes, nos puede dar, fácilmente, un patatús.

 

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