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EDICIÓN | Junio 2016

El beso eterno

Por Marcelo Contreras
El beso eterno

Kiss lleva más de cuarenta años de carrera y aparentemente vislumbra el final de su recorrido. El maquillaje, los disfraces y las tinturas pueden disimular las arrugas y las canas de los líderes Gene Simmons (66) —“The Demon”— y Paul Stanley (64) —“Starchild”—, no así otros desgastes que resultan irreversibles, como sucede con la voz. Stanley lo ha dicho. “La gente no se da cuenta de que cantar implica un músculo, tus cuerdas vocales. A medida que envejeces se endurecen. Si hay algún consuelo es ver a todos mis contemporáneos y todos estamos en el mismo barco”.

Sin embargo, Kiss, prácticamente los creadores del merchandising en torno a una banda de rock —incluyendo ataúd y tarjeta de crédito—, tiene en mente una maniobra que no es muy distinta de lo sucedido con venerables figuras locales como Los Huasos Quincheros y Los Jaivas: integrar relevos que tomen sus puestos, dar vida a una nueva alineación, y de ese modo estirar la biografía. “Creo que hay más de una persona que puede ir por ahí y dejar peinada a la gente”, dice Starchild.

La crítica nunca ha respetado mucho a Kiss por asumir el escenario a la manera de un circo, pero los colegas les prestan ropa. Geddy Lee de Rush, antiguos camaradas de ruta con el grupo neoyorquino, cree que “no hay banda más determinada en montar un show espectacular”, mientras que generaciones de músicos de grupos reconocidos como Pantera y Pearl Jam declaran su fanatismo.

Por supuesto, antes de bajar el telón con los líderes originales, se rumorea que Kiss prepara un cierre digno de su leyenda: el retorno del guitarrista Ace Frehley. Una reciente colaboración con Paul Stanley y declaraciones de mutuo cariño después de años de broncas, son asumidas como pistas de un último acto antes de encontrar sustitutos.

 

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