Una noche sin luna contempló la vía láctea por primera vez y tomó conciencia de nuestro lugar en el universo y de todo el misterio que había por descubrir. Y en eso ha estado por más de cuarenta años. Hoy, desde la Academia de Ciencias, nos invita a todos a mirar las estrellas.
Por María Jesús Sáinz N. / fotografía Andrea Barceló A
El Instituto de Chile está en pleno barrio Bellas Artes en Santiago. Es una hermosa casona de arquitectura neoclásica, que cobija a las diferentes academias, entre ellas, la de ciencias, hoy presidida por la astrónoma María Teresa Ruiz.
En sus muros cuelgan los retratos de todos quienes la han precedido en el cargo. Solo hombres. Nunca antes una mujer había estado en este puesto. María Teresa es la primera, como también lo fue cuando hizo su doctorado de astrofísica en la Universidad de Princeton o cuando obtuvo el Premio Nacional de Ciencias Exactas, en 1997, del que hasta ahora es la única galardonada.
En su despacho, desde donde se ha propuesto la ambiciosa tarea de acercar la astronomía a la gente, dice que esto fue algo que nunca se planteó y de lo que muchas veces se enteró a posteriori.
¿No le llamó la atención ser la única mujer?
No me daba cuenta. Ya en la escuela de ingeniería de la Universidad de Chile, donde estudié, éramos muy poquitas. Yo venía del liceo 7 de niñas de Providencia, y fue una novedad descubrir que prácticamente todos mis compañeros eran hombres, pero nada más. Creo que había en mí un convencimiento muy profundo de lo que solía decirme mi abuela: “no dejes que nunca te digan que no puedes hacer algo por ser mujer”.
Delia Teresa Matthews, su abuela materna, con quien vivió desde los catorce años, se convirtió en el personaje fuerte de su infancia y adolescencia. Dice que todavía, cuanto tiene un problema, piensa en ella. “Era muy liberada y poco entendida en esta sociedad, porque no tenía muchos prejuicios, a diferencia de mi mamá, que era su hija, y para la cual el ‘qué dirán’ y ‘lo que hay que hacer’ eran muy importantes.
¿Y eso cómo la marcó?
Siempre sentí que ella me quería sin ninguna restricción, ni siquiera la de la lógica. Yo era la mejor, simplemente, aunque no fuera cierto. Obviamente que sabía que mis padres me querían mucho, pero tenía la sensación de que lo hacían en la medida que yo me portara bien, mientras que con mi abuela sentía que la tenía a mi lado pasara lo que pasara. Y eso me dio la valentía y la fuerza para decir ‘esto es lo que quiero en la vida’.
UN LUGAR EN EL FIRMAMENTO
Mientras fue la niña adorada y consentida de su abuela, no sospechaba que pasaría una vida mirando al cielo. Cuando salió del colegio su primera elección fue ingeniería química, motivada por tres razones: un juego de experimentos para niños, un libro del bioquímico Linus Pauling y el ejemplo del papá de una amiga, que era profesor de ingeniería y cuyo oficio le parecía fascinante.
Un verano en que debía realizar una práctica, decepcionada por la opción más popular que consistía en pasar todo un mes en un subterráneo mal ventilado trabajando en un torno junto a cientos de estudiantes, se inscribió en un taller de astronomía. Para su suerte, le tocó visitar el observatorio Tololo, que en ese entonces estaba nuevo. Y ahí, intentando encontrar una constelación, de pronto tomó conciencia. “Sentí que la vía láctea se me caía en la cabeza, que las estrellas me envolvían y entonces vi que ese era el universo y que nosotros éramos un pequeño planeta, que estábamos paraditos ahí y que ese era nuestro lugar”.
¿Y eso no la abrumó?
No. Siempre fui copuchenta. ¡Eso fue lo que me llevó a la ciencia! De niña siempre hacía preguntas y eso que estaba viendo era puro misterio. Una maravilla que finalmente te ayuda a poner en contexto las cosas que a veces nos abruman.
¿Cuál es ese contexto?
Que somos habitantes del universo. Somos los seres más evolucionados de los que tengamos noticia hasta ahora, porque creo que hay otros por ahí. Somos lo más raro y lo más sofisticado que ha fabricado el universo. Somos producto de la evolución desde hace 13 mil 700 millones de años, que partió con el Big Bang y donde se fueron fabricando los elementos en el corazón de las estrellas. Generación tras generación, cada estrella nos fue dejando su herencia y así se formaron todos los elementos de los que estamos hechos.
¿Y eso lo explica todo?
El surgimiento de la vida es un tremendo paso que todavía nadie puede explicarse. No sabemos cómo se pasa de lo inanimado a lo animado, y de ahí a la conciencia.
¿Es bueno que hayamos evolucionado tanto?
De repente me da rabia y pienso por qué desarrollamos conciencia. Si fuéramos unos animalitos estaríamos felices, daría igual si nos morimos o no, pero tenemos conciencia de lo que somos y de dónde estamos. Pero sí, es fantástico, porque con nuestra inteligencia y nuestra curiosidad hemos sido capaces de explorar todo el universo. Fabricamos esos tremendos ojos, esos enormes telescopios y aprovechamos la luz que nos trae las noticias del universo.
¿Son buenas noticias?
A mí me gusta saber que hay una trascendencia, incluso en la materia. Somos herederos de las estrellas y de todo lo que ha pasado en el universo. Y esta historia no termina aquí. Sigue. Ojalá que los seres humanos no nos aniquilemos, pero incluso en ese caso, espero que haya otros seres en otras partes de universo que sigan esta evolución.
¿Hasta adonde?
Los astrónomos podemos ver el pasado, pero no el futuro. Pero sí sabemos que estamos en una evolución en complejidad. Partió con partículas fundamentales, después átomos, luego moléculas, más tarde las estrellas fabricaron cosas más complejas, finalmente la vida y la vida que evoluciona hasta la conciencia.
¿Qué viene después?
Se me ocurre que esto del internet, el hecho de que podamos estar en línea, todos comunicados, nos va a producir otro nivel de sofisticación de la conciencia en el universo.
¿Cree en el ser humano?
Claro que sí. Soy una enamorada de los seres humanos, porque hacemos cosas fantásticas. A veces hacemos cosas atroces, porque estamos hechos de luces y oscuridad, pero al final somos muchos más parecidos de lo que creemos. El día que venga un habitante de otra estrella a visitarnos, nos va a encontrar a todos iguales. Si hasta soñamos las mismas cosas.
TODOS SUS PLANETAS
A pesar de que sus aportes en el mundo de la astronomía han sido muchos, así como los libros que ha escrito, su descubrimiento más conocido es Kelu. Una enana café, que no es una estrella sino más bien un planeta gigante, a la que ella misma bautizó con ese nombre que, en mapudungun, significa rojo.
“La encontré, aunque no la estaba buscando… siempre digo que ella me hizo señas”, recuerda. Un día, mientras estaban tras la estrella enana blanca más fría que pudiera encontrar, pues eso le daría una idea de la edad de la galaxia, observó un objeto muy débil, al límite de lo que se podía ver. Era rojo, es decir, muy frío. Le llamó la atención y la fue a observar en el telescopio. “Descarté todas las posibilidades de objetos normales que conocíamos. Y resultó ser una enana café”.
¿Qué es una enana café?
Por años existía la pregunta de si podía haber objetos con más masa que Júpiter, que es el planeta más grande que conocemos, pero con menos masa que lo que se requiere para ser una estrella. Y yo descubrí la primera enana café caminando solita cerca de la galaxia.
Tiempo después las observaciones de otros astrónomos determinarían que aquel “súper planeta” (que es como también se les llama) es en realidad una familia de enanas. Dos objetos que giran en torno a otro. Desde entonces le gusta pensar que Kelu es su otra familia en la galaxia.
Pero en este planeta donde posa sus pies, María Teresa también tiene muchos desafíos. Hoy, a la cabeza de la Academia de Ciencias, está empeñada en que el mundo intelectual, incluidas las artes, no sea visto como “un grupo de personajes estrambóticos que no se sabe lo que hacen”.
“Si no hacemos ciencia en Chile no vamos a lograr salir de este modelo económico que de repente nos hace agua, en que dependemos de los productos básicos naturales sin ninguna inteligencia incluida, que es una forma bien arriesgada de basar el desarrollo. Necesitamos tener más innovadores, más gente que esté haciendo desarrollo tecnológico y para eso necesitamos más desarrollo de las ciencias básicas”, explica.
A pesar de la falta de apoyo histórico que han tenido las ciencias y de la crisis institucional que hoy mismo vive el área de la investigación en el país, dice que por estos días "parecen soplar vientos nuevos". En su calidad de presidenta de la Academia recibió la solicitud urgente del Ministerio de Economía para organizar un grupo de expertos que pudiera investigar las causas de la marea roja en la Región de los Lagos. En menos de 24 horas estaban reunidos en Puerto Montt.
¿Marcará esto el comienzo de una relación mas estrecha entre lo "público" y la Academia?
Yo sinceramente espero que así sea, por el bien de Chile.
"Si no hacemos ciencia en Chile no vamos a lograr salir de este modelo económico que de repente nos hace agua, en que dependemos de los productos básicos naturales sin ninguna inteligencia incluida”.