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EDICIÓN | Mayo 2016

Nexo redondo

Por Montserrat Salvat, coordinadora Escuela Pedagogía de Educación Media en Historia y Geografía, Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad San Sebastián.
Nexo redondo

Venta de volantines, cancha de baby o área verde entre tanto gris, la rotonda da nombre e identidad a distintos barrios santiaguinos, aunque como solución vial está cuestionada, intervenida y en algunos casos ya forma parte de la memoria.

Una buena solución para ordenar el tráfico de automóviles, la rotonda. Óvalo o glorieta, como se le conoce en otros países, es funcional, porque permite conectar varias calles principales, propicia el paso ordenado de los vehículos y que la disminución de velocidad sea paulatina a medida que se acerca a la intersección.

Estas plazoletas hicieron su aparición en Francia, hacia 1870, y desde allí se reprodujeron en otros países de Europa y América. Famosísima la glorieta parisina Charles de Gaulle, que en su centro exhibe el Arco del Triunfo: doce calles desembocan en ella; Columbus Circle en Manhattan, y otra en honor del navegante, en Barcelona. Todas visitas y fotos obligadas cuando se anda de turista por esos lares.

En Santiago, una de las más antiguas corresponde a la actual Plaza Baquedano, construida hacia 1929. Divide en dos a la ciudad, según la costumbre colectiva: “más arriba de Plaza Italia. Más abajo de Plaza Italia”. (Italia y no Baquedano, porque originalmente dicho óvalo llevaba sobre sí al monumento donado por el gobierno italiano dedicado al Genio de la Libertad que hoy se ubica al costado norte, hacia el río, y no al victorioso general). Es punto de encuentro ante la épica nacional, desde el rescate de los treinta y tres mineros hasta las victorias futbolísticas.

Otras tantas proliferaron en la década del sesenta, cuando se decidió ordenar la ciudad a través del Plan Regulador Intercomunal que, entre otras cosas, dividió al territorio en una zona urbana y otra suburbana, a la vez que asignaba usos residenciales, de esparcimiento o industriales. Allí se pensó la existencia de grandes ejes viales, como la circunvalación Américo Vespucio, la carretera Norte Sur y las rotondas de Grecia, Quilín y Vitacura, donde intersecta esta avenida con Kennedy, DagHammarskjöld y Luz. Hoy subsisten unas cuarenta.

Al cabo de treinta años dando vueltas, el conductor la llenó los cuestionamientos. Entre medio la ciudad había crecido, el parque automotor se había multiplicado y ya hubo que “solucionar la solución”. En algunos casos se optó por los semáforos. A otras se les acopló un paso bajo o sobre nivel, como las de Grecia y Atenas. Otras se desnaturalizaron totalmente, cambiando su glorieta redonda por una triangular, como le pasó a Departamental. Otras están a semanas de desaparecer, como la rebautizada Pérez Zujovic en 1972, que comenzó como círculo, luego se desniveló y ahora es un multipaso.

Mención especial es la maniática conducción dentro del círculo: ¿por cuál pista se entra? ¿Por cuál se sale? ¿Será que uno se puede meter de a poco? Cosas que podrían iluminarse leyendo la ley del tránsito o mirando un tutorial de YouTube, en todo caso. Tiene su lógica la circulación por la rotonda.

Aparentemente, funcionan mejor en lugares con poco tráfico vehicular. Las personas de a pie quedan excluidas de la solución, porque varias de ellas no incorporaron ni cruces habilitados ni soleras. Imposible –o suicida– cruzar hacia la hermosa fuente de la Irene Frei o el parque verdoso de la Atenas. Pero la gente, como el río Mapocho, es porfiada y pasa igual. Algunas se activan los fines de semana, como la de Rodrigo de Araya para comercio o partidos de pelota.

Dado que la ciudad es para las personas, independiente de su capacidad de poseer un auto, es esperable que los peatones sean considerados en sus diseños. En China, que sí sabe de tacos, diseñaron una circunferencia peatonal que va elevada sobre unos cinco metros de la rotonda de autos a nivel de suelo. Inaugurada en 2010, a la Lujiazui de Shanghai se accede por ascensores o escaleras mecánicas y el caminante se puede conectar con edificios públicos, comercio, cafés y estaciones de metro. Además de la vista del distrito financiero, el paisajismo de la pérgola va cambiando y la iluminación del propio puente por las noches.

Así dieron un giro a la difícil relación entre conductores, peatones y el espacio público. Estaría bueno que en Santiago también nos pusiéramos creativos.

 

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