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EDICIÓN | Mayo 2016
Santiago no es Chile

Lo que más me emociona del fabuloso Teatro del Lago de Frutillar es la historia de generosidad y entrega que existe detrás de él. Luego del incendio que, en 1996, arrasara el Hotel Frutillar donde se realizaban las semanas musicales de la ciudad, una próspera familia de empresarios extranjeros avecindados en la localidad, decidió construir un teatro en el emplazamiento del desaparecido hotel. El espacio tardó casi doce años en comenzar a funcionar y en su diseño trabajaron, al menos, dos grupos de arquitectos y otros tantos ingenieros.

La gestión que ahí se produce es impresionante. Traen obras de todas partes del mundo, muchas veces de las mejores compañías de cada país. La mayor parte vienen exclusivamente a esta ciudad y se presentan con un aforo agotado ¿Cómo se logra esto? Con el compromiso de toda la gente que ahí trabaja. Personas de la misma ciudad, involucradas con el teatro, muchos de ellos con sus hijos becados para tomar las clases de ballet o instrumentos que allí se imparten. Porque, y he aquí la mejor parte, el cincuenta por ciento de los alumnos son becados.

Con una inversión de veinte millones de dólares, el Teatro del Lago es el espacio para conciertos más grande que se ha construido en Chile en los últimos sesenta años. La sala principal tiene una capacidad similar a la del Teatro Municipal de Santiago, con mil doscientas butacas. A eso se suman un anfiteatro y cinco salas para exposiciones.

¿Cómo sería este país si una mínima parte de los empresarios exitosos replicaran esta iniciativa en todas las regiones? ¿Si tal como la familia Schiess, queriendo devolverle la mano al lugar, invirtiesen una pequeña parte de su fortuna en beneficio de la comunidad?

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